A sus casi 90 años, Mercedes Yolanda Navia Espinosa habla con la serenidad de quien ha vivido mucho y con la firmeza de quien sabe que su historia dejó huella. Sentada, con la voz pausada pero clara, recordó una vida dedicada a la enfermería, una profesión que, dice, no se elige por casualidad, sino por vocación. El cuerpo ya no responde igual que antes, admitió, incluso espera un aparato auditivo, pero la memoria sigue intacta cuando se trata de repasar los años en los que cuidar a otros fue el centro de su vida. “Desde niña yo decía: cuando sea grande quiero ser enfermera”, contó, como si ese deseo todavía estuviera fresco.
En el marco del Día de la Enfermera y el Enfermero en México, una fecha que invita no sólo a reconocer la labor cotidiana del personal de salud, sino también a mirar hacia atrás y recuperar las historias de quienes abrieron camino cuando la profesión apenas comenzaba a consolidarse, la trayectoria de Yolanda Navia es una de esas historias que explican, desde lo personal, cómo se fue construyendo el sistema de cuidados que hoy sostiene a miles de pacientes en el estado.
Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, y fue ahí donde, siendo apenas una niña, quedó fascinada por aquellas mujeres vestidas de blanco que aplicaban vacunas. No entendía del todo qué hacían, pero sí lo que representaban: limpieza, orden, cercanía con la gente. “Se me hacían tan bonitas”, recordó. En los juegos infantiles, mientras otras niñas jugaban a la familia, ella asumía el papel de enfermera y “vacunaba” muñecas con una simple espina, imitando lo que había visto hacer a las verdaderas profesionales de la salud. Desde entonces, el anhelo no la abandonó.
Su primer sueño, sin embargo, fue ser doctora. Como muchas mujeres de su generación, pronto se enfrentó a las limitaciones económicas y sociales. A los ocho años llegó a Zacatecas, donde vivían su abuela y sus tías, y ahí creció junto a su primo Raymundo Moreno Navia, quien con el tiempo se convertiría en médico neumólogo. “Un gran médico”, dijo con orgullo, aclarando que no lo afirma sólo por el lazo familiar. Ambos compartían la inquietud por la medicina, pero sólo uno pudo estudiar la carrera completa. Para Yolanda, la alternativa fue clara: si no podía ser doctora, sería enfermera.
En esos años, Zacatecas no contaba siquiera con una escuela formal de enfermería. Lejos de desanimarla, esa carencia terminó colocándola en un lugar histórico. Fue parte de la primera generación que impulsó y fundó la carrera en el estado alrededor de 1958. El inicio fue complicado: pocos creían en el proyecto y menos aún estaban dispuestos a inscribirse. “Andábamos por los barrios invitando a las muchachas”, recordó. De más de treinta jóvenes que se entusiasmaron en un inicio, sólo tres comenzaron formalmente la carrera. Al final, únicamente dos lograron concluirla. Ella fue una de ellas.
Antes de consolidarse como estudiante en Zacatecas, Yolanda ya había probado suerte lejos de casa. Una convocatoria publicada en el periódico, que invitaba a jóvenes a ingresar a la Escuela Militar de Enfermeras en la Ciudad de México, le abrió una puerta inesperada. Viajó con incertidumbre, consciente de que competiría con aspirantes de todo el país. “Yo decía: vengo de una secundaria de Ojocaliente, a lo mejor no me quedo”, confesó. Contra todo pronóstico, quedó en el lugar 16 entre decenas de aspirantes. La alegría duró poco: la enfermedad grave de su madre la obligó a regresar a Zacatecas y abandonar esa formación. Fue un golpe duro, pero no definitivo.
El regreso marcó el verdadero inicio de su trayectoria profesional. Con la apertura de la escuela local de enfermería, Yolanda encontró el espacio para desarrollar su vocación. A partir de ahí comenzó una carrera que se extendería por más de treinta años, incluyendo 32 años en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), del cual también fue fundadora en Zacatecas. Sus primeros pasos los dio en el sanatorio de Donato Guerra, un hospital pequeño pero fundamental para la atención en la región. Después trabajó en el Centro de Salud González Ortega y más tarde se incorporó al IMSS.
Su llegada al IMSS coincidió con una etapa de organización y crecimiento. No se trataba sólo de atender pacientes, sino de levantar servicios completos prácticamente desde cero. Con el apoyo del doctor Benjamín Aguilar, entonces director del Seguro Social en la entidad, participó en la organización de quirófanos, salas de expulsión, áreas de medicina interna, pediatría, ginecología y obstetricia. “Empezamos a organizar todo, desde cero”, explicó.
Años más tarde, tras realizar un curso de cuidados intensivos en la Ciudad de México, regresó para crear y organizar la primera Unidad de Cuidados Intensivos del hospital. Para este proyecto clave contó con el respaldo de especialistas como el doctor Manuel Varela, el doctor Emiliano Varela, el doctor Benjamín Aguilar, el doctor Raúl Estrada entre otros, quienes colaboraron en el diseño e implementación de este espacio pionero. En ese momento, el concepto era desconocido para muchos. “Pensaban que era para que la gente fuera a morir allí, y no. Era para que salieran”, aclaró.
Hablar de su trabajo la lleva inevitablemente al lado más humano de la enfermería. Para Yolanda, la mayor satisfacción siempre fue ver a un paciente grave salir caminando del hospital. “Eso es una satisfacción muy grande para uno como enfermera”, dijo. Pero también recuerda los momentos más duros: las pérdidas, el llanto contenido, el cansancio emocional. “Uno llora cuando se le muere un paciente, porque se encariña, se vuelven como de la familia”, confesó. La cercanía diaria hacía imposible no involucrarse.
Nunca idealizó la profesión. Reconoció que una de las partes más difíciles fue convivir con personas que no tenían verdadera vocación. “No trabajamos con muebles, trabajamos con vidas”, sentenció. Para ella, ser enfermera implicaba una responsabilidad total: dejar los problemas personales fuera del hospital y entregarse por completo al cuidado del paciente. El médico podía dar indicaciones y retirarse; la enfermera permanecía ahí, vigilando, alimentando, medicando, observando cada cambio.
Además de su labor clínica, Yolanda tuvo un papel activo en la formación de nuevas generaciones. Fue presidenta de la Asociación de Enfermeras, maestra y madrina de múltiples generaciones. Con el paso del tiempo, muchas de aquellas alumnas siguieron buscándola y llamándola “madrina”. Ella sonríe al contarlo: a veces ya no reconoce los rostros, pero el cariño permanece intacto.
Hoy, a punto de cumplir 90 años, se mueve sola, se baña, se viste, tiende su cama. Su independencia parece una extensión natural de la disciplina y la constancia que marcaron su vida profesional. Mira hacia atrás sin nostalgia amarga, más bien con gratitud. “Bendito sea Dios, salí con la frente en alto”, dijo, convencida de que hizo lo que tenía que hacer.
En el marco del Día de la Enfermera y el Enfermero en México, la historia de Mercedes Yolanda Navia Espinosa recuerda que la enfermería no sólo se ejerce en turnos y guardias, sino también en decisiones de vida, en vocaciones tempranas y en compromisos que duran décadas. Su legado no se mide únicamente en cargos o edificios, sino en cada paciente que salió adelante y en cada enfermera que aprendió, directa o indirectamente, de su ejemplo y del de los médicos que, como ella, creyeron en construir un sistema de salud desde la base: con vocación, colaboración y entrega inquebrantable.



