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jueves, 18 agosto, 2022
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De panzazo, pero que pasen

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Por: LEONEL CONTRERAS BETANCOURT •

En días pasados, concretamente el martes de este mes de julio, me desayuné con la noticia de que la “Secretaría de Educación Pública alista un proyecto en el que establece el mandato para que la calificación mínima para este periodo escolar 2021-2022 sea de seis” (Véase Reforma, 22 de julio de 2022). De aprobarse, significa que independientemente del grado de aprendizaje adquirido, ningún alumno reprobaría. ¿Por qué ocurriría esto? Sin duda que por la pandemia y los estragos que ha ocasionado, se me ocurre pensar, sobre todo por el inevitable rezago escolar en términos del aprovechamiento académico.
De aplicarse esta medida, estaríamos siendo testigos de que para el actual gobierno el aprendizaje de los niños y adolescentes medido, evaluado en términos cuantitativos y cualitativos no es una prioridad. Ha pasado a segundo término.
Obviamente que el no reprobar tiene como propósito para las autoridades el que no se repita año, cuando en estricto sentido deberían repetir quienes no acrediten los aprendizajes de los programas de estudio. No sabremos cuál fue la trayectoria académica real de los alumnos.
De nada sirve que la misma SEP haya ordenado que el presente año escolar concluya hasta que finalice el mes de julio. Instrucción que en muchos estados la están tomado como las llamadas a misa: entre que ha aparecido el quinto brote del COVID y el que ya se concluyeron los cursos, reportaron calificaciones los maestros y hasta entregaron ya boletas; la asistencia a clases se ha convertido en un despiporre, una auténtica anarquía donde cada quien hace prácticamente lo que quiere.
Alargar la asistencia a las escuelas y exentar de evaluar a los alumnos pasándolos a todos, confirma que la SEP sigue siendo un monumento a la simulación.
Alargar la asistencia a clases no es una mala propuesta. Menos mala es si siendo los maestros conscientes, solidarios, pero también recompensados; este alargamiento se hubiera sujetado a una planeación nacional con actividades de aprendizaje muy concretas, que buscaran nivelar y recuperar los contenidos que, por la pandemia y las deficiencias de la educación en línea, ocurrieron. Al parecer no fue así.
En el abandono escolar intervienen muchos factores y variantes: desde la falta de infraestructura que se refleja en aulas mal equipadas, falta de laboratorios y canchas deportivas, dotación y mantenimiento de equipos de cómputo, sanitaros destartalados o falta de éstos; maestros desinformados, desactualizados e incapacitados por lo que hace a la teoría y métodos pedagógicos; la deserción y el bajo aprovechamiento que se refleja en un bajo nivel educativo. Este abandono escolar vino a agudizar el rezago escolar, sobre todo en las escuelas públicas que cuanto más pobres económicamente y marginadas geográficamente son, vieron incrementado el abandono con la pandemia. Las clases en línea implicaban redes de conectividad de internet solidas y la organización de la exposición e interacción de los temas de los programas vía virtual, cosa que no sucedió en la mayoría de los planteles. Muchos alumnos si bien les fue, tuvieron como mejor auxiliar didáctico el celular. Este elemental aparato de comunicación les sirvió, para recibir por parte de sus maestros, las instrucciones y los ejercicios que deberían de hacer como tareas, así como la entrega de las evidencias con las que serían evaluados. Ante la falta de claridad por la ausencia de la explicación y asesor que proporcionan las clases presenciales, al no saber que hacer, informes y tareas eran realizadas o dictadas por los padres o tutores. ¿Cuál fue el aprovechamiento entonces de los alumnos? Cumplieron con entregar lo que les pidieron, pero no aprendieron.
Sobre las cifras de los indicadores educativos, de las que siempre hay que desconfiar, según los expertos el abandono-deserción-escolar en los tiempos críticos de la pandemia correspondientes a los ciclos escolares 2021-2022, un millón 300 mil niños y adolescentes abandonaron la escuela a causa de la emergencia sanitaria (cifra publicada por Mexicanos Primero, en Reforma, Ídem.). Por su parte la SEP cuyas cifras oficiales deberían ser las verídicas y objetivas, sostiene que ese abandono-deserción sólo comprendió 500 mil niños y adolescentes (Loc.cit.). ¿A quién creerle?
Para concluir, ni el prolongar la incierta asistencia a las escuelas lo que resta del mes de julio ni el eximir a los alumnos de ser examinados pasando con seis a los más atrasados, aunque sea de panzazo, reducirán el abandono y rezago escolares. Para revertirlos hay que pensar en afrontar la cuestión educativa de una manera distinta de la que se viene haciendo.

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