Una tradición, la idea de continuidad, el paso mismo de la historia, se comprende por la transmisión de una generación a otra, de un grupo a otro, de ideas, manías, técnicas, problemas solubles e insolubles, utopías y errores. Una lectura de “La estrella el tonto los amantes” (Premia Editora, 1985) o de “Si entra él yo entro” (Ediciones Tierra Adentro, 1981) de José de Jesús Sampedro (1950-2025) indica que entre él y Roberto Cabral del Hoyo (1912-1999) o Amparo Dávila (1928-2020) parece abrirse un abismo, pues no sólo la estructura formal es diferente, también los temas, el ambiente, las expectativas. Sampedro perteneció a una generación que pretendió la radicalidad y la ruptura, que seafilió con ciertas corrientes de los 1960 y 1970. Los otros dos poetas constituyen una otredad irredimible para quienesse identifican con la poesía del autor de “Un (ejemplo) salto de gato pinto” (Joaquín Mortiz, 1976). Por supuesto, la obra de Sampedro se puede colocar en la estela de 1968, junto a la de Oscar Oliva, Eduardo Lizalde, Enrique González Rojo Arthur, José Emilio Pacheco o, mejor, de la de Efraín Huerta. En todos aparece de una u otra manera la crítica al aparato burocrático e ideológico del partido comunista y lo que le reemplazó (Bolívar Echeverría o Enrique Semo). Así que, una primera lectura, ha de revelar el compromiso con otro mundo, otra política y, en definitiva, otras relaciones sociales. Acaso así se debe releer “Acerca de la necesidad táctica de una politización previa” o “Las metáforas de Raymond Chandler”, pues la política “macroscópica” de la apertura propuesta por Jesús Reyes Heroles es, también, un proceso de asimilación, mientras que la “micropolítica” de las relaciones cara a cara (en la alcoba o el callejón, entre la pareja o los policías o Charlie Brown) intenta lo otro: horadar desde su núcleo duro a un sistema que cambia para no modificarse. Y cuyo santo y seña es la inmovilidad de su movimiento. Todo eso está muy bien, pues Sampedro fue miembro del partido comunista y, como comentó alguna vez Rogelio Cárdenas, fue de los que sí leyó “Das Kapital”, aunque fuese la versión de Wenceslao Roces (¿Cuál otra para esa edad y geografía?). Sin embargo, hay otras corrientes, más profundas y de aliento aún más largo. Esas que constituyen “otra historia” y que convergen tanto como divergen de la obra del poeta de la calle del Capulín. Bob Dylan y su recorrido costa a costa por Estados Unidos con el autor de “The Howl” junto a él (Allen Ginsberg), o André Bretón (“André Bretón está presente”) y el inmarcesible Tristan Tzara (¿puede uno vindicarse libre sin aludir a Dadá?) pero el énfasis aquí es otro: Richard Brautigan (1935-1984), el “beat” que no lo fue, o quizá a despecho suyo. Esa obra, tan pequeña que se lee como “La estrella el tonto los amantes” o “Si entra él yo entro” es lo más cercano a estas. ¿Su título? “Trout Fishing in America” (1967). Aquí sí todo son coincidencias, o influencias, o la continuidad de Tacoma, Washington en Zacatecas, Zacatecas. Al fin que la pesca de truchas es lo que mejor que nadie puede hacer un gato pinto que se piensa como nutria. Los relatos de Brautigan en la obra citada son breves, una o dos páginas, en los que narra la vida y desventuras de “La pesca de truchas en norteamérica” (título traducido por Federico Campbell), quien es a veces un niño y otras una gasolinera. Muere con las últimas lluvias o aparece como epígrafe en una antología de la Escuela Preparatoria de la Universidad Autónoma de Zacatecas (“Ha estado lloviendo aquí durante dos días y a través de los árboles el corazón deja de latir”). Pero debió colocar una más reveladora: “Creó su propia “realidad Kool-Aid” y a través de ésta fue capaz de iluminar su camino” (traducción nuestra, no de F. Campbell). Frase cuyo entronque con esta otra es más que evidente: “Literatura y felicidad: escribir es un ejercicio que fija lo comprensible de la vida, del sentido más auténtico y profundo del vivir, de las imágenes perdurables de la memoria y el olvido, de la plenitud”. Escribir parece tan sencillo que incluso Brautigan pudo hacerlo para codificar su soledad e inocencia. Estableció un medio y un fin que, como dos o tres o cuatro…poemas de Sampedro se vuelven fórmulas para atisbar eso que promete la literatura. En su “Introducción al seminario de literatura”, publicación de 1977, se encuentran como grandes teóricos literarios Lucien Goldmann, V. I. Lenin y Francoise Perus. Ya no se leen, ese dicho de Goldmann: “La literatura y la filosofía son, en planos distintos, expresiones de una visión del mundo, y que las visiones del mundo no son hechos individuales, sino sociales” pasa desapercibido, pues la lectura es “terapia grupal” cuyo fin es la integración de los lectores al mundo en el que viven. El pensamiento crítico, como lo “otro” del pensar oficial, pagado por el Estado para los fines del Estado, se desvaneció. José de Jesús Sampedro fue el gran interprete, en vida y obra, de las corrientes disruptivas y subterráneas de los años 1960 y 1970, los demás son ya empleados del neoliberalismo.


