Retorno a la Ítaca sanmarqueña.
Los dos años transcurridos en tierras laguneras se fueron rápido. En septiembre de 1971, el grupo que había emigrado para conservar la beca regresó a su casa para iniciar la etapa profesional que los formaría como maestros o profesores de escuela primaria. Los Ulises se reencontraban con su Ítaca. Al retornar el cauce original se vio enriquecido por un afluente más grande, bronco e impetuoso. Era la vertiente tamaulipeca a la que también se sumaron compañeros provenientes de Huichapan, Hidalgo y un grupo de cuatreros duranguenses, más un lagunero que habían estado en Santa y cuyo destino lógico debió ser Aguilera. Para entonces, al agregarse los de nuevo ingreso que obtuvieron su lugar al quedar entre los cientos que hicieron examen de selección provenientes en su mayoría de Aguascalientes, éstos se sumarían como una vertiente más al río sanmarqueño. La tercera a la algunos llaman “abierta”.
Conformado así él caudaloso río, el universo de sus integrantes serían distribuidos en tres grupos. La Generación 75 comprende del 1° de septiembre de 1975 al 15 de junio de 1975.
Formación.
Al iniciar el año escolar 71-72 la gran sorpresa fue encontrarnos con los tamaulipecos llegados de Tamatán. Su arribo resultó un choque cultural, sobre todo. Se caracterizaban por su orgulloso y exacerbado regionalismo, su carácter franco y directo y su forma desenfadada de relacionarse y comunicarse contrastaba con el resto de los compañeros. Expresiones como cuñao para dirigirse con los demás, uta, con madres para magnificar algo, caliente a lo que llamábamos machetero sinónimo de estudioso, tatema por dobletero, ¡noombre! Para negar o poner algo en duda, rebane para referirse al relajo, carnal o hermano que equivalía a compañero; o garnachas como nombrar a las tostadas … fueron algunos de los modismos que el resto desconocíamos.
Como todas las demás generaciones, la 75 la integraron sujetos singulares, hijos de campesinos y obreros que al interactuar conformamos un macro grupo diverso y plural. También como las otras, nuestra Generación la conformaron estudiantes de excelencia si partimos del hecho que la inmensa mayoría ingresamos a la institución ganándonos una beca por medio de un examen de selección mediante concurso entre centenares de aspirantes.
Los de la G 75 somos hijos o hermanos menores según se le quiere ver de la Generación del 68. Inauguramos una nueva era en la que la represión y el autoritarismo del régimen de un partido dejó su impronta. Este clima antidemocrático de una disciplina extrema y rigurosa se hizo presente también en las Nórmale rurales. San Marcos no sería la excepción.
Ya integrada la Generación con las vertientes: la original que retornaba de Santa Teresa, la Tamaulipeca y la de nuevo ingreso o “abierta”, la etapa profesional la iniciamos fungiendo como director el oriundo de Viudas, hoy Villa Juárez, Gilberto Lozano Montañez. Éste había ganado el reconocimiento como buen maestro al impartir sus clases, pero ya siendo director, acatando las directrices de la SEP y la política del régimen echeverrista lo conocimos como un tipo autoritario, déspota y celoso de imponer vía el Reglamento interno una disciplina férrea propia de los cuarteles. Lozano Montañez como estudiante se había formado con Santos Valdés y había abrevado la filosofía y la mística del normalismo rural, mismos que aplicaba con un rigor extremo.
Los alumnos no teníamos otra alternativa que someternos a la dictadura del “inchao” hasta que apareció Alcacio, San Alcacio le llamaron algunos, pues fue en plenos honores a la bandera quien lo denunció de haberlo agredido físicamente y llamó a que nos fuéramos a la huelga pidiendo su destitución.
Expulsado el “inchao”, los siguientes dos años fueron de liberación y relajamiento relativos.
Disciplina, trabajo, estudio, práctica del deporte o a alguna manifestación cultural y el bulling fueron nuestras divisas rectoras.
También nos caracterizó el principio de emulación que no es otra cosa que buscar imitar lo que hacía el compañero y tratar de hacerlo mejor y generar un clima competitivo entre los grupos, este fue un rasgo fue un rasgo distintivo de la vida cotidiana sanmarqueña: imitar y superar las acciones de los demás en un sentido favorable. Esto se hizo notorio sobre todo en los viernes socioculturales.
Nuestra cotidianidad transcurría entre asistir a clases, tomar los alimentos en el comedor (no había toque más agradable a los sentidos que el de “Rancho” ejecutado por el corneta de turno), practicar deportes o reunirse en grupitos a platicar Así transcurrían los “obsesivos días circulares”.
Había días más agradables como cuando acudíamos al cine a Loreto, ir a ver a las novias o asistir a los bailes a Cañada. También estar atentos a la hora en que llegaba la valija con las cartas para aquellos afortunados que las recibían máxime si los remitentes eran los familiares y dentro del sobre venía un giro postal con cierta cantidad de dinero. Alegría diferente era cuando las cartas procedían de una amiga o de la novia en turno.
Las asambleas estudiantiles son a constante en la vida de la Normales Rurales. Se convocan para tomar acuerdos sobre diferentes asuntos o actividades. Lo mismo irse a una huelga para apoyar a otras Normales hermanas, pedir aumento de las raciones o del “pre” que por lo general se gastaba en las graduaciones y nunca lo veíamos ni disfrutábamos; que correr a un maestro. Todo esto hacia que nuestra convivencia estuviera marcada por una vida comunitaria.
Dejando de lado un sinnúmero de detalles, así transcurrió grosso modo nuestra estancia en los cuatro años en los que nos formamos como profesores rurales. (Continuará…)



