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Los quince días de llanto del venerable maestro de las ranas

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Por: JAVIER ACOSTA •

La Gualdra 719 / XV Aniversario de La Gualdra

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Cuentan que hace no mucho tiempo, en el reino de las montañas de neblina, más allá del río amarillo, vivía un viejo maestro en una ermita que levantó junto a un estanque sagrado. Unos decían que había nacido mudo, otros que desde muy joven había hecho votos de silencio. Como nadie acudía a recibir sus enseñanzas, estaba siempre desocupado, pensando en la manera de compartir su sabiduría, pero no se le ocurría nada. En sus últimos días decidió instruir a las ranas del estanque. Como no hablaba, optó por enseñarles con bailes que improvisaba desde el amanecer hasta entrada la noche. Las ranas croaban, queriendo acompañar con su música las intrincadas lecciones; pero el maestro detenía su baile cuando empezaban a cantar, hasta que aprendieron a guardar silencio y, no sin dificultad, a imitar los pasos. Quienes las vieron juran que las ranas eran inigualables al danzar los estilos antiguos.

En cuanto aprendieron, optó por quedarse quieto frente a ellas. No les fue fácil, pero las ranas aprendieron la quietud y el silencio. Un día el maestro vació el estanque, pues quería revelarles el origen secreto de su baile. Las ranas, que se secaban bajo el sol, le preguntaron, como preguntan las ranas, ¿Maestro, por qué vaciaste nuestra escuela? No contestó, como era de esperarse. Las ranas veneraban al maestro, pero tuvieron que irse a buscar otro estanque, pues temían resecarse y morir. Ese día por la noche apareció la luna y al no encontrar su reflejo, sintió que le faltaba la acostumbrada comprobación de su existencia. ¿Por qué vaciaste mi espejo?, le preguntó con el idioma de la luna.

 

Javier Acosta
Javier Acosta


El maestro tampoco contestó, como era de esperarse, y se sentó a llorar por quince días con sus noches, arrepentido de su error. Luego murió; pero el estanque se llenó con el llanto y las ranas volvieron, croaron y bailaron –y la luna sonrió. Nada, sino la docta danza que aún intentan imitar los más virtuosos actores de la ópera imperial, demuestra que todo esto, en efecto, sucedió.  

*Poeta. Nació entre yerba rodadora y remolinos de tierra colorada, en Villa González Ortega, Zacatecas. Escribe, da clases y baila (eventualmente).  

 

 

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