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miércoles, 25 mayo, 2022
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La reconstrucción del deshilado tejido social en Zacatecas

Libreta de Reportero

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Por: Antonio Salas •

Corría el año 2000. Como muchos colegas, mis primeras asignaturas fueron la cobertura de operativos policiacos. La Policía de Fresnillo trabajaba constantemente en conjunto con la Dirección de Alcoholes para vigilar el cumplimiento de las licencias, el orden en las comunidades y la zona de tolerancia.

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Pero había algo que me llamaba potencialmente la atención, un fenómeno que se presentaba con frecuencia: era común observar que en las comunidades, fueran madres de familia las que compraban cervezas para sus hijos, en la mayoría de las veces menores de edad.

La principal justificación era que la labor en el campo y la responsabilidad, a su corta edad, de asumir un rol de jefes de familia, era compensada por las mujeres en quien recaía el compromiso de mantener el hogar en pie.

Pero por las noches, principalmente los fines de semana, la mayoría de las detenciones que se realizaban en los operativos, tanto en la zona urbana, como en las comunidades; pero, principalmente en la zona de tolerancia era de menores de edad.

Cuando el juez calificador pedía que se hicieran presentes los padres de los mismos, la mayoría coincidía en que el jefe de familia estaba en Estados Unidos, tras del sueño americano. Por lo que a nivel familiar y social se justificaba la ausencia.

A dos décadas de distancia visualicemos ese núcleo familia: un hogar sin padre, una economía sustentada en las jugosas remesas de la época y una madre de familia, que debía soportar a la distancia el control de la pareja, la responsabilidad de los hijos y su entorno social.

Pero, ¿a qué viene todo esto? En las últimas fechas, de boca del Gobernador del Estado se ha escuchado la frase “Herencia Maldita”. A críticos y detractores, ese par de palabras no les convencen, incluso aseguran: replica el discurso que viene de Palacio Nacional.

Mientras que para quien apoya su movimiento transformador, ese binomio es una indirecta muy directa para hacer alusión a los resultados obtenidos por los gobiernos estatales que del 2004 a la fecha se han presentado.

A la sociedad, a los zacatecanos en su mayoría, cada quien puede ponerle la etiqueta que quiera. Nada le traerá de regreso al hijo migrante que ya no regresó al país, que allá murió o que formó otra familia y se desatendió de la que dejó en el terruño.

Tampoco quitará el estigma social de la mujer sola, que intentó rehacer su vida, pero la responsabilidad de los hijos y el qué dirán, evitó que ocurriera.

Y de los hijos, quien en ese entonces observaron pasivos todo ese panorama, que luego fueron padres y ahora muchos hasta abuelos jóvenes, en ellos ¿quién pensó?

Esta es la base del tejido social, ese del que muchos discursos oficiales han insistido se debe de reconstruir. Pero la problemática que se vive en las comunidades y colonias de todos los municipios del estado, muestran que no ha sido posible. Y mucho empeño no ha habido en ello.

Hace algunos días, platicaba con un buen amigo, psicólogo de profesión, y recordaba que muchos de esos menores luego terminaron enrolados en las filas de la delincuencia organizada. Algunos como vigías, pero otros como vendedores en una de las ventanas de posicionamiento de las drogas: el narcomenudeo.

Más aún, declarada la Guerra contra el Narco, los operativos dejaron de ser discretos para ser completamente públicos, sin importar el día o la hora, era evidente que se operaba de tal manera que la sociedad hablara y fuera ese y sólo ese el tema de conversación.

Y aquí podría describir datos y más datos, de problemas que terminaron reventando y deshilando precisamente ese tejido social: hogares sin jefe de familia, economía soportada en remesas, deserción escolar, violencia intrafamiliar, feminicidios, embarazos en niñas, la lista es larga.

Si viéramos cada problema como una semilla, pronto el panorama se cubriría de una enredadera que no permitiría la llegada de la luz y los nutrientes que se requieren para un cultivo saludable.

Eso mismo pasó en Zacatecas, seguramente usted y yo conocemos más de una historia que cuadre con ese prototipo. Pero de ese modelo, vinieron otros, por ejemplo:

Aquellos donde el padre de familia si regresó, pero ante la falta de oportunidades y en ocasiones obligados por las circunstancias, terminaron como miembros de alguna banda. Con niños que en casa veían armas, droga, golpes y una constante huida de las corporaciones policiacas.

Ciclos sin fin, políticas públicas inútiles para prevenir esas conductas sociales. Por el contrario, desde el mismo choque entre los gobierno federal, estatal y municipal generaba un ambiente de ingobernabilidad que permeaba en todos los niveles y estratos sociales.

Cerca del 2007 y en los años siguientes, tuve la oportunidad de dar seguimiento a los trabajos de la Red PEA Unesco en la entidad. Un puñado de escuelas en toda la entidad eran inscritas y en ellas se buscaba inculcar algo que para entonces se le llamaba Cultura de Paz.

Para lograr esos objetivos, los directivos y docentes participantes debían de aplicar terapias de primeros auxilios psicológicos a las heridas sociales. Algo en muchas ocasiones doloroso y profundamente triste.

Las maestras y maestros conocían de voz de los niños los relatos de lo que ocurría en casa: dibujaban como ellos, sus hermanas o hermanas o sus padres, según fuera el caso, eran violentados. Golpeados, vejados y en casos hasta agredidos sexualmente.

También, muchos menores relataban a los docentes como veían esconder armas o droga ante la llegada de operativos policiacos. Y en el peor de los casos, como sus hermanos mayores que terminaban en dichas actividades, repetían patrones que los adultos realizaban.

Seguro todos vimos niños jugar a ser sicarios, secuestradores o violadores. Sólo repetían los que veían con normalidad en el núcleo que, en teoría, debía cumplir la función de evitar ser expuestos a eso.

¿Y de la prevención del delito? ¿De los programas sociales para replantear el tejido social y la reconstrucción del mismo? Nada.

Recuerdo la anécdota de un niño que relataba como, ante la visita de un hombre a su mamá -quien por cierto no era su padre porque este abandonada el hogar por días- lo echaban fuera de la casa. 

Su inocencia se imponía, hasta el día que durante aquella visita, el papá llegó. Quien visitaba a su esposa era un rango superior en la organización y era mediante esas amenazas, como obligaba a la mujer a estar con él a cambio del bienestar de ella, sus hijos y el esposo.

¿Qué necesidad tiene un niño de vivir esas historias? ¿Cómo las procesa? Pero sobre todo, ¿Dónde estuvo la autoridad, para que, detectado el caso por las maestras, implementar los mecanismos de protección adecuados?

La Herencia Maldita existe. Sin, duda. Es un cúmulo de problemas sociales que allí están, que poco se habla de ellos y que sólo saltan a la vista cuando detonan otros más en efecto dominó.

Por eso, al margen de la etiqueta que se le quiera poner, la gran responsabilidad que tendrá la administración actual es la de encontrar hilo, por hilo y luego iniciar, con punto fino y precisión quirúrgica, las fibras del multicitado tejido social.

Quizá a la implementación de una Mesa por la Paz, también sea necesaria una más que busque la unidad y la resiliencia social. Políticas donde además de la función de los administradores públicos, se ponga en práctica el conocimiento de sociólogos, psicólogos y manejadores de crisis.

Toda crisis es una oportunidad, por lo tanto aquellas que le han dado la bienvenida al nuevo gobierno, también debe de transmutarse en oportunidades para que el quehacer del gobierno, con el esfuerzo que hace la sociedad, se vuelva uno y de resultados.

Pero sobre todo, de ahora si trabajar para evitar que el contexto social se vuelva al tiempo, el abono perfecto para que todos los problemas sociales crezcan sin reparo alguno.

Zacatecas no merece ese tipo de herencias, ni para el gobierno, ni en la base de la pirámide social. La institución más sagrada: la familia.

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