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viernes, 1 marzo, 2024
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Silvia Ferrara: La gran invención

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA •

Permítanme iniciar con una breve historia. Se trata de mi madre, momentos antes de fallecer. Yo estaba en la cama, a su lado, tomaba sus manos, no las quería soltar, veía su rostro: ahí estaban, eran los últimos embates de una enfermedad respiratoria que la había hecho sufrir desde hacía meses atrás; ella tenía los ojos cerrados, los labios delgados, temblorosos, sin palabras de por medio, quizás una que otra, suelta, llamaba a mi hermana, me llamaba a mí, cómo recordarlo ahora, pero tomé un librito de oraciones, lo abrí al azar y me puse a leer cualquier cosa como para distraer a mi madre, como para intentar que dejase de pensar en lo que le estaba ocurriendo, y eran oraciones breves sueltas cuya lección te explicaban al final, y seguía leyendo, y su respiración se quebraba, y mi voz también lo hacía y repentinamente mi madre me dijo “¡qué bonito se escucha, ¿verdad!”, y le dije que “sí, sí, mamá, se escucha muy bonito”, y seguí leyendo oración tras oración, hasta que hubo que soltar el librito y… 

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¿Se percatan de la belleza a la que mi madre accedió aun en su lecho de muerte?, es decir, ¿la que alcanzó a descubrir minutos antes de fallecer?, ¿entienden el significado de ese “qué bonito se escucha” pronunciado desde los umbrales de una enfermedad que no le había causado sino dolor y más dolor? Y, claro, hablamos de una belleza cuya arquitectura está relacionada con eso que empleamos todos los días y que en muy pocas ocasiones nos detenemos a reflexionar: nuestro lenguaje. Pero vamos a dejar las cosas claras desde ahora: Silvia Ferrara nos habla del lenguaje que ustedes y yo hablamos y nos entrega un libro que es un manjar para nada erudito, ñoño y anodino, de esos que hacen bien quedándose embodegados en la academia. Así, que no le tengan miedo. Silvia habla de lo mismo que habló mi madre en una de sus últimas expresiones: de la belleza del lenguaje, de nuestro lenguaje. Solo que “La gran invención. Una historia del mundo en nueve inscripciones” (Anagrama, colección Argumentos, 2022) va más allá de las fronteras de la belleza: nos explica por qué existe esa belleza y, lo que es más importante, de dónde proviene esa belleza, ¿no les parece fascinante? Es como si realmente hubiésemos encontrado el camino rumbo al castillo. 

Y Silvia Ferrara es una mujer joven que no se mete en complicaciones lingüísticas ni fonéticas ni metafóricas, aunque les va a señalar como todo lo anterior tiene una relación directa con la historia de la lengua que hablamos, pero, insisto, de manera puntual y sencilla: de una vez tomen una servilleta de la cafetería donde estén leyendo esto o corten un pedacito de papel del periódico y apunten el título del libro y guárdenlo en el pantalón o en la bolsa para que no se les olvide pasar al rato por él a la librería. Ya cuando caiga la tarde y empiecen a leer el libro sigan mi ejemplo y admiren lo mismo que mi madre, Silvia y yo: la belleza que se puede construir con el lenguaje. 

¿Saben algo? Cuando ustedes lleguen a las recetas de Silvia tendrán en la cabeza los distintos orígenes del español y las distintas variaciones en que se pueden formar las palabras. Y se los adelanto de una vez: esto les van a parecer actos de magia antigua mejor que la que pueden encontrar en cualquier serie de Netflix. Si a los changuitos que teclean las series se les ocurriera hacer una de la historia del español, desde sus orígenes, hasta la actualidad, les aseguro que nos daría una de las mejores series mundiales de unas 30 temporadas con más de 60 capítulos y en una de esas y hasta la SEP compraba los derechos (solo es imaginación, recuerden) para pasarla en todas las aulas del país. Pero como los changuitos son tan listos teclean series de narcos, de guerras, de redes sociales, de estrellas de rock, de reinas, o basadas en mediocres libros, y claro que venden y que la gente se topa con ellas en la pantalla y las ve, porque no le han mostrado la historia del español, los viajes de uno a otro continente, lo que tuvo que pasar para que tal palabra llegase hasta nosotros como la conocemos ahora, lo que ocurre una tarde de sábado cuando una madre en agonía escucha una oración y esa perfecta configuración del lenguaje, ese perfecto acomodo de palabras en el sintáctico orden que deben de ir, y que seguramente el que las escribió sabía a la perfección, llevó a la decaída madre a decir “¡qué bonito se escucha!” antes de morir y quizás llevarse la imagen que le dejaron esas palabras como una de sus últimas moradas terrenales, ¿increíble, verdad, amigos?

Durante mucho tiempo nos han vendido la idea de que las grandes ideas son para las universidades, para la gente sabia, culta, calva (aplica para hombres, aunque también hay mujeres), aburrida hasta el hartazgo (aplica para hombres y mujeres), con lentes de fondo de botella, que huele a colonia de Sanborns (aplica para hombres y mujeres), que trae siempre un libro viejo sobaqueado bajo el brazo, que en ocasiones ni han leído, o sus tres periódicos del día, incluida “La Jornada”, que fuma como ferrocarril (y con una tos que se escucha de esquina a esquina), que apenas si sabe vestirse, y que va de allá para acá sintiéndose el muy, muy, porque él o ella lo entiende todo de política, de cultura, de libros y del cosmos, la vida y la muerte, y esa es la idea que nos han vendido: pequeños seres con tufos de superioridad gracias a que les enseñaron el ABC antes de los cinco años, y muchos y muchas creen que “La gran invención. Una historia del mundo en nueve inscripciones” de Silvia Ferrara es única y exclusivamente para ellos, porque solo ellos lo van a entender, porque se trata de un libro difícil, mentira, amigos y amigas, por favor, háganse de él, léanlo y me cuentan si, como mi madre, ustedes también encontraron la belleza del lenguaje: [email protected]

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