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Sobre el libro Memorias del Foro Barrios de indios en Zacatecas

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Por: Dr. José Enciso Contreras •

La Gualdra 714 / Libros / Historia

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Hacia 1992 tuve ocasión de entrevistar a Peter Bakewell, sin duda el historiador insignia del Zacatecas en los siglos XVI y XVII. Para terminar la conversación le pregunté, respecto de su libro Minería y sociedad en el México colonial, qué tema se le había quedado en el tintero y le gustaría estudiar más adelante. Me sorprendió su respuesta. No lo pensó demasiado para decirme que se quedó con las ganas de estudiar los pueblos de indios del entorno de la ciudad de Zacatecas. 

No le pregunté más sobre el asunto, pero supuse que para el historiador algo muy importante se encontraba entre los caseríos diferenciados de indios que llegaban en cuadrillas más o menos numerosas a Zacatecas durante las primeras décadas de su existencia. En aquellos tiempos, arribaban numerosos grupos de indios procedentes del centro y occidente de la Nueva España, del sur de la Nueva Galicia, de diversas regiones de habla náhuatl, caxcana o tarasca, por mencionar las lenguas más frecuentes; venían motivados tanto por la necesidad de obtener un ingreso como por la picazón de la curiosidad intercultural. En los primeros años, digamos las décadas de 1550 y 1560, las ordenanzas vigentes, las de Buen tratamiento de los naturales, hechas por Hernán Martínez de la Marcha, nos hacen pensar que la mayoría de los moradores locales eran precisamente indios, pese a que les estaba prohibido hacer pueblos en este lejano, creciente y bullanguero real de minas.

Legalmente lo suyo era llegar, contratarse por un tiempo en las minas y haciendas de beneficio, y regresar luego a sus pueblos justo al término de su contrato. Una especie de comes y te vas, y a otra cosa mariposa, dijo el clásico de Guanajuato. Mientras estaban en Zacatecas el tiempo parecía pasar más deprisa para ellos y para ellas, porque muy frecuentemente las cuadrillas se hacían acompañar de indias que les dieran de comer, entre otras cosas. Los recién llegados conocían aquí en breve lapso cosas que les intrigaban, que a veces incluso les asustaban, pero definitivamente les gustaban, y que no conocerían en sus lugares de origen así pasaran muchos pero muchos años. Los viajes ilustran incluso a los naboríos.

Pongamos por caso el dinero, rara y novedosa mercadería, que a su vez les abría las puertas hacia otras experiencias, asaz gozosas, del consumo en el real de minas, como la carne de res y cerdo —¡qué rico!—, vísceras de ovino y bovino, leche, quesos, las prendas textiles, la ropa, adornos e imágenes… pero sobre todo el vino de Castilla, que aunque a precios muy alzados, corría por la barranca inundando las barrigas de los sedientos operarios, alterándoles el ánimo y removiéndoles las ideas, desinhibiéndolos y poniéndolos ocasionalmente en muy difíciles situaciones. ¿Que estaba prohibido beberlo? Pues también es cierto, y tal vez por eso era más rico. ¿Acaso no estaba también prohibido el amancebamiento? No en balde la primera ordenanza de las dadas por el oidor Francisco Gómez de Mendiola en 1568, era la estricta prohibición de que los indios vivieran arrejuntados en Zacatecas con indias que no eran sus esposas, las que por cierto se habían quedado muy lejos, allá en el Valle de México o Michoacán, como señoras de su casa.

La gula solía campear entre aquellas comunidades flotantes de trabajadores indios. Golosinas, chácharas, cachivaches y ropa eran llevados a las bocaminas por los vendedores ambulantes en persona, que los pescaban ahí precisamente con dinero en la bolsa, endeudándolos; por eso se prohibían ese tipo de ventas. 

Baltasar de Bañuelos, patricio de la joven población, solía promover la gula sin quererlo cuando enviaba a sus cuadrillas de operarios a sacrificar reses en el rastro de Zacatecas, para el consumo de sus propios trabajadores, sencillamente porque los empleados del obligado de las carnicerías no se daban abasto para matar tanto cabrón animal como se necesitaba para satisfacer el proverbial apetito de los mineros. El pago para los indios voluntarios de Bañuelos se les daba en especie, con las vísceras del animal, las que dieron origen a delicias zacatecanas como la pepena y el menudo, platillos mineros donde los haya.

Había pues muchas razones para querer quedarse. La minería era dura, muy ingrata y peligrosa, eso que ni qué, no estamos diciendo lo contrario… pero la integración de los indios a la sociedad de mercado era atractiva y magnética, aunque tuvieran que ir a misa y soportar sermones a veces inentendibles sobre dioses importados. No podíamos decir lo mismo de los negros que se quedaban relativamente igual que como los iban trayendo, porque los esclavos siempre fueron digamos que anti económicos; no compraban, no consumían mercantilmente y por eso su destino estuvo siempre sellado en cualquier capitalismo grande o chiquito. 

Si las primeras ordenanzas obligaban a los indios a regresar lo más rápido posible a sus pueblos de origen con sus mujeres, suegras, tributos a molestos tlatoanis, al trabajo agrícola y a las faenas colectivas de oquis; otra fuerza invisible, social, los compelía a quedarse: las relaciones de mercado, el de su fuerza de trabajo pagado en metálico y el de un sinfín de mercaderías que llegaban a la barranca incluso desde el otro lado del mar. Por si fuera poco, las grandes y terribles epidemias de cocolistle y matlazáhuatl estaban reduciendo dramáticamente la población de naturales. Cada vez había menos indios y menos aún los dispuestos a trabajar. Su fuerza de trabajo costaba más porque era escasa. Los patrones se sonsacaban entre sí a los trabajadores, muy a su pesar actualizaron pepena y tequio para que los naboríos aspiraran a ganar más dinero y quisieran quedarse definitivamente.

¿Quién iba a querer regresar al pueblo de origen, lleno de pestes, carencias, de cargas tradicionales? Las condiciones históricas estaban dadas para el origen de los pueblos de indios de la Zacatecas colonial, y fue así que surgieron. Llegaron para quedarse. 

Pero nada es sencillo socialmente hablando. El exceso de bebida siempre fue una lata para la autoridad española. Un problema pero de los gordos. La nueva religión tenía aspectos curiosos, como el descanso hebdomadario y las muy recurrentes fiestas religiosas de pueblos y barrios. Es decir, frecuentemente se contaba con todo un día para la beberecua, tomar hasta azotarse, hasta agarrarse a pedradas y a garrotazo limpio, a veces hasta la muerte, con los vecinos tlaxcaltecas que ya les caían regordos desde tiempos prehispánicos, y estaban pero que muy bien correspondidos por aquéllos. Ya desde los comienzos del siglo XVII, un problema radicaba en que los pueblos y barrios de naturales habían quedado relativamente cerca, así que se desataron y después se organizaron batallas campales urbanas y dominicales… se llamaron pedreas o guerreas, por parte de los españoles que incluso algunos solían apostar por los diferentes bandos beligerantes de docenas de indios enardecidos. Los indios llamaban a aquel sangriento deporte ҫaҫemes o ҫaҫemines.

Entiendo que el origen de los pueblos de indios aledaños a Zacatecas fue así de conflictivo y que mantuvieron esa dinámica por muchas pero muchas décadas. Las contradicciones entre ellos siempre afloraban detrás de la apariencia de tranquilidad sometida que quería alcanzar los españoles. Mas en los registros criminales de los archivos abundan las evidencias de sus complejas convivencias.

Todo esto que acabo de decir no implica que en medio de tanto ajetreo intercultural e interétnico —o quizá debido a ello— aquellos pueblos de indios no hayan dejado su indeleble marca en nuestra ciudad y cultura urbana. En los interesantes trabajos contenidos en este libro que tengo el honor de presentarles se advierten diversos enfoques al respecto. Lo valioso del conjunto de aportaciones lo constituyen las maneras en que podemos percibir desde el presente lo que el pasado nos envía como señales, y lo que es más interesante aún: la forma en que queremos asimilar ese legado a nuestra realidad contemporánea.

Veo que se va cimentando la idealización de ese pasado para adaptarlo optimistamente a nuestra actualidad. El turismo novedoso y bienintencionado —por lo mismo con mucho porvenir— rescata lo más vistoso de los pretéritos pueblos de indios. Lo folk se va reclasificando para el goce de lugareños y visitantes, de ahí la tendencia a la reconstrucción idílica del pasado desde el presente. O lo que es lo mismo, sucumbir a la tentación de evocar el cómo nos gustaría que hubiese sido el pasado, cual muestra ordenada de vida comunitaria, bajo el amparo de la religión que todo lo santifica con el oropel de las fiestas patronales. Esto se da en principio porque un pasado complejo, mundano y contradictorio, tal vez no venda tan bien como el de la paz de las “calles como espejos”, caminadas por burritos aguamieleros, novenarios con canela y perfumados con “el santo olor de la panadería”. 

Los estudios contenidos en la primera parte de la publicación aciertan al empatar las intenciones de conservación patrimonial intangible con el tangible, preocupación del gobierno que ha derivado en sólidas políticas públicas transexenales, lo que impone una catalogación de barrios y pueblos, festividades, capillas y gastronomía incluidas.

Nuevos avances en el conocimiento del pasado de pueblos entrañables como Tlacuitlapan y sus sujetos, así como el actual barrio de Jesús, de inequívocas evocaciones pulqueras, aguamieleras y de enchiladas picantes. Otro apartado interesante de estas memorias son los estudios sobre los espacios de convivencia religiosa y los ámbitos estrictamente físicos de distribución de los barrios. 

Felicito a los autores y a la Crónica del Estado por la publicación de este texto que viene a enriquecer la biblioteca zacatecana y que contribuye al rescate de nuestro legado urbano. 


Memorias del Foro Barrios de indios en Zacatecas, Crónica del Estado de Zacatecas, 2025.
*Poder Judicial del Estado de Zacatecas.

 

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