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martes, 29 noviembre, 2022
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Rusia y sus calumniadores de hoy y siempre

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Por: ATANACIO CAMPOS MIRAMONTES •

Hay acontecimientos históricos que no se logran comprender sino a la distancia. Más aún cuando se analizan a través del prisma de una intensa campaña propagandista de Occidente. Eso les sucede a los expertos en todo cuando profieren sus anatemas en relación con la Operación Especial que lanzó en Ucrania el Presidente de Rusia, Vladimir V. Putin.

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Así, los “líderes de opinión” no ven más allá de los clichés y estereotipos  que predominan en los medios occidentales, que es donde abrevan sus peroratas. Caen en el garlito de demonizar a Putin, acusándolo de totalitario, dejando de lado el análisis del proceso y las posiciones, tanto de Rusia como de Occidente, que llevaron la situación a un callejón sin salida.

La mayoría de los análisis omite maniqueamente  la cadena de acontecimientos que han preocupado sobremanera a Rusia,  que han puesto en entredicho la seguridad internacional en los últimos treinta años; el deplorable papel de Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, en la destrucción de Irak, Yugoslavia, Siria, Libia, Ucrania… pero también la denuncia unilateral por parte de EEUU de importantes tratados de la seguridad estratégica, la revisión descarada no sólo de los resultados de la Segunda Guerra Mundial, sino de la historia y sus protagonistas, la tolerancia y aliento de grupos neo nazistas, cada vez más beligerantes, en Europa; así como la continua expansión de la OTAN hasta las fronteras mismas de Rusia, desplegando tropas y armamento ofensivo. En sus textos acusatorios a Rusia, los analistas, no se abordan categorías centrales, que ha puesto en la mesa la diplomacia rusa, como lo es la seguridad internacional compartida e indivisible de los países.

Después de años de plantear sus legítimas preocupaciones por la continua expansión de la OTAN, y de varios meses de intensos esfuerzos diplomáticos de Rusia por obtener garantías a su seguridad, la respuesta de Occidente no sólo fue desdeñarlas con soberbia, sino que incrementaron las amenazas y,  en palabras del mismo Putin, “escupieron una y otra vez en sus planteamientos y preocupaciones”.  La situación creada, o trampa de Occidente si se prefiere, es tal que si el estadista ruso no responde con medidas difíciles y sumamente dolorosas, el costo de no hacerlo se multiplicaría con creces. En una palabra: a la Rusia de Putin no le dejaron otra opción. El mayor costo lo pagarán Ucrania, Rusia y la misma Europa (con incremento de del precio de los energéticos y oleadas de migrantes y desplazados, por sólo mencionar dos). ¿Pero quién, sino el verdadero estadista, debe personificar la preocupación por la seguridad y viabilidad de su pueblo y su patria?

Quiero dejar claro que no comparto del todo la ideología de Putin (férreo defensor del modelo económico liberal y sus promotores políticos en Rusia), ni mucho menos su visión de la historia rusa, en particular del periodo soviético. Lo que reconozco en Putin es una figura de Estadista y Patriota (con mayúsculas).

Y como habrá que esperar a que se despeje el polvo, y se desvanezca la estridencia de los acólitos incondicionales de Occidente, para ver claramente las causas y profundas consecuencias de la guerra en Ucrania, les comparto la oda que Aleksandr Pushkin, considerado el padre de la poesía rusa, que escribió en una situación muy parecida hace casi 200 años.

En efecto, los eventos de 1830, relacionados con el levantamiento en Polonia, agitaron no sólo a Europa, sino también a Rusia. En el siglo XIX, la redistribución territorial fue especialmente aguda, y el gobierno ruso intervino en el conflicto en gestación. Este hecho, por supuesto, provocó la condena entre los europeos y se reflejó en la obra de muchos poetas,  Pushkin entre ellos.

Indignado por las críticas infundadas, en 1831 publicó su oda A los Calumniadores de Rusia, en la que expresaba su posición no sólo ante el levantamiento polaco, sino también ante la reacción de Occidente ante los intentos de los pueblos eslavos por encontrar un lenguaje común.  A quienes acusaban a Rusia de expansión, Pushkin respondía: «Dejadnos en paz: esta es una disputa entre los eslavos». El poeta fue un patriota de su país y un buen conocedor de su historia: creía, con razón, que Rusia y Polonia deberían unirse, particularmente cuando existía el Gran Ducado de Lituania, que incluía tierras tanto rusas como polacas, siendo tan poderoso que inspiraba miedo en toda Europa.

Naturalmente que ni Alemania, ni Francia, ni, además, Inglaterra querían volver a estar al margen de esos acontecimientos: la sola insinuación de la unificación de Polonia y Rusia causó pánico entre los políticos de estos países. El poeta aconseja a los europeos que no interfieran: «Durante mucho tiempo, estas tribus han estado enemistadas entre sí». Y si bien no se arriesga a juzgar a favor de quién se resuelva la controversia, sabiendo que los políticos europeos tendrán muchos adeptos en la propia Rusia, Pushkin es consciente de que el poderío de Rusia y su posible avance hacia Occidente están obligando a una Europa bien alimentada y próspera a erigir montañas de mentiras contra un país que hace poco se enfrentó al ejército de Napoleón y trajo la ansiada libertad a muchos estados.

Ciertamente, Pushkin no desea una nueva guerra, pero no descarta que, si Europa trata de defender sus intereses en el territorio de Polonia, los soldados rusos defiendan a sus hermanos eslavos.

A los calumniadores de Rusia

¿Por qué os preocupáis, libertinos populares*?
¿Por qué amenazan a Rusia con una maldición?
¿Qué les enoja? ¿Los disturbios en Lituania?
Dejadnos en paz: es una disputa entre eslavos,
Una disputa familiar y antigua, ya sopesada por el destino,
Una cuestión que no resolverás.

Durante mucho tiempo
Estas tribus han estado enemistadas;
Más de una vez les calló una tempestad
Ya de su lado, luego del nuestro.
¿Quién puede resistir en una disputa desigual:
El pedante liaj**, o el ross fiel?
¿Se congregarán los arroyos eslavos en el mar ruso?
¿Acaso se acabará ese mar? Esa es la cuestión.

Dejadnos: no habéis descifrado
Estas espadas sangrientas***;
Esta disputa familiar les es ajena,
No la comprenden;
El Kremlin y Praga**** están desolados
En vano los seduce de la batalla,
El arrojo iracundo-
Y nos odiáis…

¿Por qué nos odiáis? Responded:
¿Será porque sobre las ruinas de Moscú en llamas,
No reconocimos la voluntad insolente de
Aquel***** bajo el cual temblabais?
¿Será porque arrojamos al abismo
El ídolo que pesa sobre vuestros reinos
Y con nuestra sangre redimimos
la libertad, el honor y la paz de Europa ?..

Ustedes son temibles de palabra,
¡Pruébenlo en los hechos!
¿O el viejo caballero, que muere en su cama,                                                    Ya es incapaz de ensartar su bayoneta de Ismael*****?
¿O la palabra ya es impotente ante el zar ruso?
¿O acaso es nuevo para nosotros discutir con Europa?
¿O acaso el ruso ha perdido la costumbre de las victorias?
¿Acaso somos pocos? De Perm a Taurida,
De las frías rocas finlandesas a la ardiente Cólquida,
Del estremecido Kremlin
A los muros de la China inmóvil,
Con sus relucientes cerdas de acero,
¿Acaso no se levantará la tierra rusa?
Así que, libertinos, enviadnos a sus porfiados hijos,
Hay lugar para ellos en los campos de Rusia,
Entre los ataúdes hechos a su medida.

1831

Aleksandr S. Pushkin

Notas explicativas:

*Libertino popular – miembros de la Cámara de Diputados de Francia – Lafayette, Maugin y otros.

** Los polacos llamaban Liaj a sus antepasados, mientras que los rusos Ross a los suyos.

*** Estas espadas sangrientas son la lucha centenaria de los cosacos ucranianos y el campesinado con la nobleza de Polonia, así como la intervención polaca de 1610-1611, cuando las tropas polacas llegaron  a Moscú y el Kremlin ardió en llamas.

****Praga, un antiguo suburbio de Varsovia en la orilla derecha del Vístula, está asociada con los acontecimientos de 1794, cuando Varsovia fue tomada por el general ruso Aleksandr V.  Suvorov (el generalísimo que cuenta su biografía que nunca perdió una batalla).

*****Es decir, Napoleón.

****Bayoneta de Izmail: la captura de la fortaleza turca Izmail por las tropas de Suvorov en 1790.

 

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