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Por: JUAN FERNANDO LECHUGA RAMOS •

De La Catrina y su ‘polaca’,

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los huesos de la flaca

eran afelpados y puntiagudos,

con soles en las puntas

y espadas furibundas en las patas.

Bajo su calandria,

iba vendiendo a la patria,

subastando el petróleo,

para llenarse de lombrices la panza.

A los maestros correteaba

con sangrientos dientes,

escupiendo meteoros

y evaluando sus liendres.

Y a los delincuentes,

con pan y vino,

asistiendo a sus fiestas como mimos o arlequines.

Va eructando billetes,

con la luna de sorbete

y un gusano en la frente,

regalando seguros para aguantar el ayuno.

Va gravando las lágrimas de los niños,

las pulgas del perro.

El infierno es más caro,

que una botella en el cielo.

Bailando la ‘polaca’,

con su ejército de ranas,

va sudando lingotes y ríos de magma,

que mañana serán peces en su estropajo de plata.

Las televisoras unidas,

con su fusil de rosas,

para cantar las buenas noticias,

mientras los cadáveres se amorfan.

Y reforma tras reforma,

La Catrina se puebla

de beduinos con harapos,

de violadas por la bandera.

La política y su traductor

va recibiendo en la mañana

los chillidos de las ratas,

como fiel despertador.

Empieza su día las 5 de la mañana,

para no dejar ni una casa sin censar;

con el pretexto de el cólera,

las manos nos van a lavar.

Nos dejará sin sueños,

sin saliva,

sin espinillas por reventar.

La política y sus pecados

han dejado sin muertos el pabellón.

Todos caminan entrelazados

o lamen las cruces del panteón.

El salario mínimo nos alcanza

para limpiarnos las heces con sor juanas,

y condonar los impuestos de Waltmart y Soriana.

La política y la muerte

son un puente inevitable,

donde zombis y dementes

van adquiriendo la virtud de la injusticia,

la eternidad de los gatos,

y la felonía de Judas.

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