La Gualdra 728 / Libros / Poesía
Por Daniel Téllez
Una definición de poesía para hablar de la poesía y el pasado es la que acuñó el poeta William Wordsworth: “La poesía es el flujo espontáneo de poderosos sentimientos; sus orígenes están en la emoción recordada en la tranquilidad”. Traigo a colación al poeta inglés porque la voz poética de Amaneceres de la angustia, el más reciente libro del poeta mexicoargentino, Eduardo Mosches, reconfigura sus verdades pertinentes en el pasado. Mejor sería decir, poemas frente a lo que ha pasado. O bien para exorcizar el pasado. Así, transitan la melódica voz del poeta los hilos de la memoria que son los hilos de la vida: “Hay momentos / donde el río congelado de los recuerdos / fluye como catarata otoñal / saltan los salmones de la memoria, / nadan como a veces debe ser, contracorriente”.
En Amaneceres de la angustia (Bonilla Artigas Editores, 2025), Mosches nos entrega un espléndido itinerario de la memoria. Su particular modo de asirse a ella le permite reconocerse en la erosión del tiempo sobre su superficie también erosionada. Un tiempo circular, cíclico, para hablarnos de la poesía y el pasado -su pasado-, los poemas y su pasado. Porque en lo que respecta al pasado y a la insondable noche de los tiempos, ya lo señaló Eliot: “Todo poeta comienza con sus propias emociones y con la lucha -que es lo único que constituye su vida- por traducir sus agonías, personales y privadas, en algo universal e impersonal”.
En Los tiempos mezquinos, anterior sinfonía de palabras de Mosches, poderoso canto testimonial del hastío y la nostalgia, la resignificación de las eras se anuncia en un engranaje de palabras “que respiran el olor de la guerra”. Lo cotidiano, lo actual, lo moderno, y la mirada del poeta fragmentan la historia para reconstruir circularmente una sui generis y personalísima visión de la tierra prometida. En la alegoría más crítica, ética, política y social, el poeta Mosches vierte su verdad incómoda por histórica y transversal con el tiempo y sus heridas personales, a rajatabla, en un rosario de palabras numeradas como siglos: “Me duelen las telas del corazón”, asienta. Sus asideros son los mitos, los lugares, la historia, la justicia en su espejo atemporal y asincrónico, la promesa de la inocencia levantada sobre la ruina y las cenizas.
En las páginas de Amaneceres de la angustia, lo pasado no es un sueño, sostiene Mosches en palabras del escritor sueco de origen griego, Theodor Kallifatides. Es la inescrutable noche amarga sin fin de Odyseas Elytis o el fin del mundo que ya ha durado mucho pero que no se acaba, citando a José Emilio Pacheco. El tiempo pasado persiste en el presente. Y en esa placidez que propone el poeta inglés, Mosches traduce la persistencia del tiempo en materia para recuperar el tiempo vivido. La memoria, esa “nube gris empedrada [que] se introduce / con lentitud de navaja cortante / al interior de mis vísceras”, vierte desde esa tranquilidad un sincero rapto de gratitud entre el tremor y la nostalgia, entre el agudo estremecimiento de dolor o el momento de penetración en los misterios de la naturaleza, como un intento poético por remontar lo insondable del tiempo.
Anota el poeta: “La alegría de vivir / se alza quejumbrosa, / ardiendo entre lágrimas / cosechadas en los maizales de la espera, / hay música de fondo, / mientras las piernas trastabillan / por el conato de una fiebre / que asciende desde las rodillas de los otros, / para caer en la vorágine de un pulmón / resoplando con la dificultad / de un elefante jadeante / por la travesía ascendente en la montaña”. ¿De qué otra manera podría recuperar esas emociones sino desde la tranquilidad del recuerdo? En el poema “Bostezo crónico”, remata el poeta: “El tiempo transcurrido se unta en mis huesos, / las hojas del árbol de la vida / van cambiando colores, / abandonan el verde para mutar a otoño existencial, / caen con levedad flotantes / sobre la dificultad del caminar”.
Como en su anterior estación escritural de los tiempos mezquinos, hoy podemos subrayar nuevamente, desde un tiempo bifronte como en el Eclesiastés: es tiempo de dar muerte, y tiempo de dar vida; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de ganar, y tiempo de perder, tiempo de guardar, y tiempo de arrojar. Mientras hay espacio, hay tiempo, sabe el poeta Mosches. Y entre la imposible simetría que ya no es y el tiempo que todavía no es y que, por lo tanto, se asemejan en el no ser, resplandece el enigma. Poesía de enigmas la suya que apuntan hacia el futuro o hacia el mañana; sin embargo, el mañana -es probable- será más desordenado y caótico que hoy, como el día de hoy es más desordenado que el de ayer que se mecía lleno de esperanza y presumía de menos duelo.
Finalmente, como anota Lucía Rivadeneyra en la cuarta de forros de Amaneceres de la angustia, “en la impudicia de querer atrapar momentos y etapas resbaladizas, […] laten versos que nos hacen temblar cuando se descubre la nostalgia del otro”. Las ruinas del cuerpo, la imagen cuarteada ante el espejo, la carne acongojada, las celdas de arrugas, las ciénagas del olvido, la memoria desmemoriada, los ojos “abiertos como ostra sin perla”, los pulmones sin aliento, las calles desiertas, “el vómito de lo vivido”, acechan ahora a la voz poética que en el balance de la vida comparte quizá el libro más confesional de su producción poética. “La miel se dispersa” ahora con el fragor de los años, escribe Eduardo Mosches. “La infancia resquebrajó […] en el amplio tobogán de los años / añejados en el vinagre del olvido”. Convencido estoy que Amaneceres de la angustia es también, en palabras de Borges, la memoria de una espada / y la de un solitario sol poniente / que se dispersa en oro, en sombra, en nada…”.
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