Xizang. Al aire libre, sobre un escenario de unos 460 metros de ancho y una escenografía inconmensurable conformada por las montañas del Tíbet, se representa durante el verano el espectáculo épico Princesa Wencheng, basado en la ópera tradicional tibetana, declarada en 2009 como Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco.
Cientos de actores, bailarines y cantantes en escena. Masas corales, coreografías monumentales. Más de 50 monjes tibetanos haciendo sonar sus trompetas gigantescas. Impresionante. Atraviesan el escenario decenas de yaks, también llamados buey tártaro o gruñón, ganado lanudo que habita la región del Himalaya. Mientras decenas de hermosos caballos cruzan a todo galope, los borregos pastan.
El espectáculo Princesa Wencheng narra el viaje de esa culta dama hacia el Tíbet, en el que transporta durante más de dos mil kilómetros, a través de desiertos, ríos caudalosos y altas montañas nevadas, un inmenso tesoro: técnicos, médicos, textos agrícolas, granos y lo más importante: una estatua sagrada del Buda Shakyamuni.
Al final de su viaje, desposará al rey tibetano Songtsen Gampo.
En su versión original, esta obra dura siete horas. Se representa en un gigantesco auditorio al aire libre desde 2013 y se ha recortado a dos horas y media, pero no ha disminuido su monumentalidad.
La princesa Wencheng es budista y su llegada marcó un momento decisivo en la expansión del budismo en el Tíbet. Con su esposo, construyeron el templo de Jokhang para albergar la estatua del Buda Shakyamuni. Ella enseñó a los habitantes técnicas avanzadas de agricultura, metalurgia y tejido. Según la tradición, por su bondad y los milagros que se le atribuyen, el pueblo tibetano la consagra de forma mítica como la encarnación de Tara Blanca.
Pasajes sinfónico-vocales, episodios corales, voces solistas imponentes, danzas estilizadas. Estamos frente a un espectáculo grandioso, único en el mundo.
En la ópera tibetana, las máscaras son el elemento visual más importante porque revelan la identidad y la moral de un personaje al instante. Cada color representa un rasgo de la personalidad basado en la simbología budista y el folclor local.
El blanco representa la pureza, la bondad extrema y la sabiduría. El amarillo es el emblema de la sabiduría profunda, la compasión, la divinidad y el crecimiento espiritual; es el color reservado para los budas y los monjes eruditos. Rojo: poder, realeza, valentía. Verde: justicia, éxito y virtudes femeninas; es el color de las reinas, las princesas y deidades benévolas como la Tara Verde. Azul: astucia, coraje, fuerza indomable y ferocidad controlada. Negro: maldad, traición, avaricia y crueldad. Máscara de media cara (blanca y negra): personajes con doble personalidad, mentirosos o traidores que fingen ser buenos.
Originalmente, la ópera tibetana era representada por mujeres, acompañadas por percusiones e instrumentos de aliento tibetanos. Con los años, evolucionó a danzas ejecutadas por mujeres y hombres ataviados con grandes máscaras trapezoidales sobre sus cabezas.
En las noches de este verano, vemos decenas de bailarines con esas máscaras y cientos de actores, músicos, cantantes, bailarines y monjes haciendo sonar sus enormes trompetas tibetanas.
Arriba, las montañas cantan.



