Es cierto aquello de que, tal como nunca vemos pasar el mismo río dos veces, nunca leemos el mismo libro por segunda vez. Tal como el agua, la temperatura, inclusive el día, la hora y la estación, hacen de ese caudal un río diferente, el contexto, nuestro ánimo, nuestra interpretación y disposición, hacen de un mismo texto, una obra diferente. Tal es el caso, que, vengo a reiterar una recomendación que ya en estas mismas páginas había hecho, con una nueva perspectiva, que se complementa con otra sugerencia. En el primer caso me refiero a Anatomía de un instante del español Javier Cercas, del que, en otoño e invierno de 2022 ya había escrito aquí, refiriéndome a sus lecciones de política en democracia y una revaloración de nuestra transición política. En el segundo caso, aunque también he aprovechado estos días para darle una relectura, es la primera vez que hago una recomendación pública de las memorias del político Francisco Labastida Ochoa, tituladas La duda sistemática. Autobiografía Política. Ambas lecturas, me parece, son una buena fórmula para hacer una revaloración de nuestra historia reciente.
Conocido es que, para muchos de los partícipes y diseñadores de nuestro proceso de transición a la democracia, se tomó de ejemplo la experiencia española suscitada por la muerte del dictador Francisco Franco. En la historia de tal tránsito de un régimen autoritario a una democracia plural y competitiva, la fecha del 23 de febrero de 1981, que Cercas dibuja con magistral talento, explorando, no solo ese instante que da título y sentido a su libro, sino su significado amplio, trasladándose entre períodos para explicarnos cómo se llega al intento de golpe de Estado y cómo, la conciencia de que es tiempo de pasar del país de unos cuantos (aun cuando estos sean mayoría) a una nación de todos, limita tal intento y lo conjura al fracaso. Hay que permitirse valorar la voluntad de quienes pudiendo sostener un régimen en el que no se compartía el poder que ostentaban, decidieron dar un paso al frente, permitiendo y defendiendo el valor de la idea democrática, entendida no solo como un asunto de mayorías, sino como el de la batería de reglas, valores, derechos e instrumentos que dan base al consenso mínimo indispensable en el que no solo las mayorías ganan, sino que las minorías legitiman la oportunidad de ganar algún día.
Esa historia se concibió y durante algunas décadas normó la narrativa política en México. Lo cierto es que, de tanto, sobrecargamos de expectativas lo que solo era un nuevo comienzo, no menor, pero tampoco solución absoluta a todos nuestros problemas. Porque, si bien, las instituciones importan, las personas que las dirigen, operan y forman, son las que permiten que importen, que funcionen y que se valoren. Es en este último aspecto en el que me parece que el testimonio de Labastida, el primer candidato priista en perder la elección presidencial, merece leerse. En él podemos apreciar la transformación del régimen político posrevolucionario, desde el cénit de su poder, hasta su agotamiento. Reiteradamente se refuerza la advertencia de la acumulación de responsabilidades y poder que, hasta hoy (quizá incluso más), tiene quien ocupa la Presidencia de la República.
Pero también se puede entender cómo fue que se requirió de la voluntad de los actores políticos en ese fin de ciclo (y de siglo) para dar paso a una nueva etapa en la democratización del país. Desde el reconocimiento de la pluralidad, aun antes de 1977 y la reforma de Reyes Heroles, hasta la paulatina pero ininterrumpida, derrota en las urnas del antes partido político hegemónico. Y en esas voluntades la de Francisco Labastida tiene aún un pobre reconocimiento, cuando, sin chistar más que en la hora y por respeto a sus seguidores, reconoció públicamente su derrota, y con ella, la del fin de un periodo de 71 años en nuestra historia.
Esa actitud cívica sin precedentes permitió una alternancia que, como sabemos, quedó a deber no por su origen, sino por la falta de voluntad política de quien la encabezó para corresponder con la conciencia de haber sido depositario de un mensaje democrático histórico, para desmantelar costumbres y consolidar un régimen que, más allá de los límites del derecho, prevalecieran los valores del consenso que, a su vez, le permitieron dirigir al país.
Volvamos, entonces, a la analogía del río: ni Cercas ni Labastida nos invitan a la misma corriente que dejamos atrás; nos entregan, en la reflexión, la certeza de que, si bien la voluntad no basta para transformar la realidad, es inherente a toda pretensión y objetivo, sean de la envergadura o alcance que sean; y, en este orden de ideas, de que la democracia no es un estado permanente, sino una tarea que se renueva (o se pierde) con la voluntad y el coraje de cada generación
@CarlosETorres_



