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Las mañaneras y el espejismo de comunicar poder

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

La transformación política iniciada en 2018 no modificó únicamente la correlación de fuerzas en México; también cambió la manera de ejercer el poder frente a la opinión pública. Por primera vez en la historia contemporánea del país, la comunicación dejó de ser un instrumento complementario del gobierno para convertirse en uno de sus principales espacios de ejercicio político. Las conferencias matutinas dejaron de ser un recurso extraordinario para convertirse en el escenario cotidiano donde se definía buena parte de la agenda nacional.

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Durante décadas, el sistema político mexicano acostumbró a los ciudadanos a un esquema donde la comunicación gubernamental era esporádica, cuidadosamente administrada y, casi siempre, reactiva. Una conferencia de prensa solía interpretarse como la respuesta a una crisis; el silencio, en cambio, formaba parte del ejercicio ordinario del poder. Con Andrés Manuel López Obrador esa lógica se transformó radicalmente. Cada mañana, el gobierno fijaba los temas de conversación, respondía cuestionamientos, interpretaba los acontecimientos nacionales y proponía una narrativa sobre la realidad del país.

Más allá de las simpatías o críticas que este modelo genera, representa un fenómeno político digno de análisis. Pocas veces un jefe de Estado había decidido exponerse diariamente al escrutinio público durante todo un sexenio. No se trataba únicamente de informar, sino de disputar todos los días la construcción de la agenda pública y el significado de los acontecimientos nacionales.

Sin embargo, el éxito de ese esquema no descansaba únicamente en la frecuencia de las conferencias. Ese detalle suele pasar inadvertido. Muchos observaron el formato, pero pocos repararon en aquello que realmente lo sostenía: la existencia de un liderazgo con capacidad para dotar de sentido político a la comunicación cotidiana. López Obrador llegó a ese ejercicio con un proyecto de nación construido durante décadas, una identidad ideológica claramente reconocible y una interpretación propia sobre prácticamente cada uno de los grandes temas nacionales. La conferencia era el vehículo; el contenido provenía de una convicción política previamente consolidada.

La llegada de Claudia Sheinbaum confirmó que los estilos de liderazgo no son intercambiables. Su formación, su trayectoria y su manera de administrar el poder marcaron un contraste evidente con su antecesor, recordándonos que los proyectos políticos pueden compartir objetivos sin reproducir necesariamente las mismas formas de conducción. Esa diferencia explica por qué cada liderazgo termina construyendo sus propios mecanismos de legitimidad.

El problema aparece cuando otros actores políticos intentan copiar únicamente la forma. Gobernadores, alcaldes y funcionarios han multiplicado conferencias, transmisiones en vivo y ejercicios permanentes de comunicación creyendo que la exposición cotidiana genera automáticamente legitimidad. Confunden el instrumento con el liderazgo, la visibilidad con la autoridad y la presencia mediática con la capacidad de gobernar.

La comunicación política jamás sustituye al gobierno. Ninguna conferencia de prensa resuelve un problema de seguridad, mejora los servicios públicos o genera crecimiento económico. La palabra adquiere valor únicamente cuando está respaldada por resultados. De lo contrario, la sobreexposición termina produciendo el efecto contrario: exhibe la ausencia de proyecto, evidencia el desconocimiento de los problemas cotidianos y hace visibles las limitaciones de quienes buscan administrar la imagen antes que la realidad.

Hace más de un siglo, Max Weber advertía que ninguna forma de dominación puede sostenerse únicamente mediante procedimientos; requiere una fuente de legitimidad reconocida por quienes son gobernados. El liderazgo carismático encuentra precisamente ahí su fortaleza. Su autoridad no reside exclusivamente en el cargo que ocupa, sino en la confianza que logra despertar. Por ello, intentar reproducir sus mecanismos externos sin contar con esa legitimidad suele conducir a una paradoja: cuanto más se comunica el gobernante, más visibles se vuelven sus limitaciones.

Quizá la mayor enseñanza que deja este episodio de la política mexicana sea que el liderazgo no se hereda mediante manuales de comunicación ni mediante conferencias diarias. Las formas pueden copiarse; la legitimidad no. El poder puede delegarse, pero la autoridad política debe construirse todos los días frente a los ciudadanos. Cuando esa diferencia se olvida, la comunicación deja de fortalecer al gobierno y termina convirtiéndose en el espejo que refleja todas sus debilidades.

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