La Gualdra 714 / Literatura / Premio Cervantes
Para el día 3 de noviembre de 2025, la noticia llegó a México y se propagó con beneplácito por el idioma español como un eco compartido: el narrador y ensayista Gonzalo Celorio (México, 1948) fue reconocido, en España, con el Premio Cervantes. Este galardón lo recibió en una fecha especial, el 23 de abril de 2026, como reconocimiento a su trayectoria en las letras hispánicas y a su inscripción en la tradición mexicana y por seguir invitando a la lectura de un escritor como Cervantes.
El nombre de Celorio se suma a una lista destacada de escritores mexicanos que lo han recibido con anterioridad: Fernando del Paso, con su obra novelística de alto aliento y el filo agudo entre el ensayo de creación y la erudición; Elena Poniatowska, periodista, narradora y ensayista; José Emilio Pacheco, polígrafo y poeta excepcional; Sergio Pitol, narrador brillante y traductor ejemplar; Carlos Fuentes, ante todo novelista, sin dejar de lado su visión amplia de la cultura; y Octavio Paz, quien pidió ser recordado como poeta, aunque fue también un maestro del ensayo y dueño en su escritura de una inteligencia luminosa.
La noticia de este premio para Celorio la recibí como lector de sus ensayos con gusto –como justa–, aunque no sin reservas, como quien celebra y al mismo tiempo recuerda. Años atrás fue designado director del Fondo de Cultura Económica por el entonces gobierno conservador de México, y su paso por esa editorial del Estado mexicano quedó envuelto en versiones de contubernio que nunca terminaron por esclarecerse. Se habló incluso de la posible privatización del FCE, lo que parecía contrariar el legado de Alfonso Reyes, uno de los fundadores de esta editorial mexicana. Sin embargo, como académico en la UNAM y profesor en la Facultad de Letras, Celorio ya destacaba por aquellos años por una veta literaria digna de reconocimiento; hoy, ese reconocimiento se confirma.
Muchos años después, su nombre continúa ligado a la presencia pública: en la actualidad es el director de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero es como escritor donde su presencia se afirma en la tradición hispánica. Hay en su obra una zona particularmente atractiva: la del ensayista en su doble vertiente, entre la recuperación de la memoria y el ejercicio de la crítica literaria y un título condensa esa inclinación: Ensayos de contraconquista.
Vuelvo entonces a sus páginas. No recuerdo con exactitud cuándo tomé por primera vez este libro para su lectura; ahora regreso a él como quien vuelve a una zona de la memoria que no le pertenece del todo. O, mejor dicho, regreso para explorar por sus incursiones en la narrativa cubana y por las reflexiones que de ahí se desprenden. Es dueño de una geografía que, directa o indirectamente, asume como parte de su genealogía literaria. En esa zona, la memoria se vuelve materia narrativa, y la autobiografía, un recurso que ilumina su escritura.
Se ha dicho –y con razón– que su prosa despliega una recreación prodigiosa de la memoria: en ella, el recuerdo no es un simple archivo sino la materia viva de una precisión que transforma en escritura. Sus páginas dedicadas a Alejo Carpentier funcionan como guía hacia lo más notable de su narrativa, sin dejar de lado zonas menos transitadas. Lo mismo ocurre cuando aborda a José Lezama Lima, cuya densidad parece confundirse con la propia idea de Cuba, como si la isla fuese también una propiedad literaria. Está, desde luego, su lectura de Guillermo Cabrera Infante. Hay otra sección –Poligrafía hispanoamericana– donde aparecen Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Pero no menos relevante es la sección Tres poetas mexicanos, donde Celorio se acerca, con juicio crítico y fervor de lector, a la obra poética de Ramón López Velarde, Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer. Ese apartado es, por sí mismo, una invitación a volver a los poemas y a pensar la tradición desde una lectura atenta, incluso polémica. Su crítica es, a la vez, directa y apasionada.
Hay también una sección que no recordaba y algunos párrafos resultan deslumbrantes: El alumno. Hoy día su lectura adquiere una resonancia distinta. Se trata de la memoria de sus maestros: un panorama sensible, íntimo, agradecido. Ahí aparecen figuras como Luis Rius, Sergio Fernández y Rubén Bonifaz Nuño, este último asumido como figura tutelar y resaltar su mirada universal. A su lado, nombres de una contemporaneidad activa: Sandro Cohen, Marco Antonio Campos y Vicente Quirarte, y estos dos últimos con una obra que transita entre la poesía, la traducción y el ensayo y la siguen enriqueciendo.
Así, como ejercicio gozoso del ensayista, con estos atisbos, invoco: es un momento inmejorable para acercarse a la obra de Gonzalo Celorio. Me detengo en estas páginas -gozosas, sí–, no para concluir, sino para permanecer en ella.



