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Los retos de Citla

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

En política, pocas decisiones revelan tanto como los intentos de corrección interna. No por lo que anuncian, sino por lo que exhiben. Y lo que hoy ocurre en Morena es, precisamente, eso: un intento — un poco tardío, pero inevitable— de reconciliarse con su propia narrativa fundacional.

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Porque algo se rompió en el camino.

Entre escándalos evitables, figuras que confundieron representación con protagonismo y una burocracia que terminó por creerse élite, el partido comenzó a desdibujarse. Más que atacado desde fuera, Morena fue erosionado desde dentro.

En ese contexto, la llegada de Citlalli Hernández Mora a la Comisión Nacional de Elecciones no es un simple relevo administrativo. Es un movimiento político con carga simbólica.

Citlalli Hernández no es producto de la coyuntura, ni del cálculo de escritorio. Su trayectoria está atravesada por la militancia de base, por la organización territorial y por una cercanía real con los movimientos sociales que dieron origen al propio Morena. No es menor: en un partido que se institucionalizó a gran velocidad, su perfil representa una memoria viva de lo que fue.

Y, sobre todo, de lo que prometió ser.

Ahí radica su principal fortaleza. No solo en la experiencia acumulada dentro del movimiento, sino en su capacidad para entender el pulso social más allá de la lógica de oficina. En tiempos donde la política suele encerrarse en sí misma, ese tipo de perfiles no abundan.

Pero el desafío que enfrenta no es menor. Es, en muchos sentidos, el más complejo que ha tenido Morena desde su fundación.

Primero, recomponer las alianzas con el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México. No desde la narrativa, sino desde la aritmética electoral. Son acuerdos pragmáticos, no convicciones compartidas. Y en esa lógica, cada decisión cuenta.

Después, lo más delicado: cerrar la puerta sin dinamitar la casa.

Morena no puede seguir siendo un espacio donde todo cabe. La selección de perfiles será, más que nunca, una prueba de carácter. Tener el “ojo clínico” para evitar que se repitan los excesos del pasado reciente no es una consigna, es una obligación política.

A la par, el objetivo es claro: construir la mayoría en la próxima legislatura federal. Sin ella, el proyecto se debilita; con ella, incluso las tensiones internas pueden administrarse.

Citlalli Hernández no llega a un terreno neutral. Llega a un espacio donde el poder ya tiene dueños parciales, donde las lealtades no siempre son transferibles y donde cada decisión implica costos. Más que equilibrar, tendrá que ordenar; más que conciliar, tendrá que definir. Porque entre quienes construyeron el movimiento y quienes hoy lo administran hay algo más que una diferencia de estilo: hay una disputa por el sentido mismo de Morena. Y en esa disputa no hay zonas cómodas, solo márgenes de maniobra.

Las preguntas, inevitablemente, aparecen:

¿Qué hará con el nepotismo que tanto ha golpeado la credibilidad del partido?
¿Cómo gestionará la convivencia entre los distintos bloques internos sin fracturar la estructura?
¿Podrá contener focos de tensión en entidades como Zacatecas y San Luis Potosí?
¿Y tendrá la capacidad de poner límites sin detonar una rebelión silenciosa?

Porque si algo ha quedado claro, es que el mayor riesgo de Morena no está afuera. Esta adentro.

En ese escenario, el relevo también implica un cambio de tono. Menos estridencia, más operación política. Menos imposición, más diálogo. Una ruta que Citlalli Hernández ha sabido transitar incluso en momentos de presión pública, como frente a las embestidas de Ricardo Salinas Pliego, donde la templanza terminó pesando más que el ruido.

Morena busca volver al origen. Pero hacerlo desde el poder implica algo más que voluntad: exige disciplina, método y, sobre todo, coherencia.

Y en esa lógica, hay un elemento que no puede pasarse por alto.

Citlalli Hernández viene de encabezar la recién creada Secretaría de las Mujeres. Su trayectoria, además, ha estado marcada por una agenda clara en favor de la participación política femenina. La pregunta, entonces, no es menor ni decorativa:

¿veremos una apuesta decidida por más mujeres como candidatas a gobiernos estatales?

Si ese giro ocurre, no solo será una señal interna.

Será, también, una redefinición del poder.

Y ahí, Morena volvería al origen… pero por una ruta que no todos están dispuestos a transitar. 

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