La Hungría de Víktor Orbán ha sido durante años un caso de estudio sobre el potencial (y funesto) futuro de las democracias en el mundo. Su régimen y la transformación del sistema político húngaro durante su largo gobierno han ejemplificado cómo las democracias se enfrentan a nuevas dinámicas que las corroen hasta desvirtuarlas. Es este caso el que dio adjetivo a este tipo de fenómenos políticos, institucionales y jurídicos: democracias “iliberales”. Según Levitsky y Ziblatt, en su libro “Cómo mueren las democracias” Orbán y su partido, el Fidesz llevaron a cabo una política de captura institucional, llenando instituciones como la Fiscalía y las oficinas de auditoría, defensoría del pueblo, estadística y el Tribunal Constitucional, con aliados cercanos. Además de lo anterior, a partir de una supermayoría conquistada en las urnas, Fidesz aprovechó para rediseñar las reglas del juego a su favor: amplió la Corte Constitucional, cambió el modo de designar magistrados y reescribió la Constitución y las leyes electorales. El resultado fue un sistema en el que, como documentan Levitsky y Ziblatt, el partido gobernante pasó de obtener el 53% de los votos en 2010 al 44.5% en 2014, y aun así conservó su mayoría de dos tercios.
De lo anterior se puede desprender que tales estrategias tuvieron consecuencias puntuales. Podríamos resumirlas en la colocación sistemática de perfiles afines al partido gobernante en instituciones diseñadas para ser independientes, incluido el poder judicial; la restricción de la competencia política, que en lo formal sigue existiendo, pero en lo material se traduce en inequidad y condiciones de competencia desiguales; el blindaje del poder a través de nuevas reglas electorales y de representación política; y finalmente, la reducción de las libertades civiles, empezando por las de expresión, hasta la limitación de derechos humanos de minorías como migrantes y de la diversidad sexual.
Ello explica por qué la única posibilidad de derrotar al proyecto encabezado por Orbán no ha sido a través de un “outsider”, sino de un “insider”, es decir, un perfil cercano a la órbita del régimen quien ha logrado vencerlo con la aquiescencia del resto de la oposición, incluida la izquierda.
El modelo impulsado en Hungría promete facilitar la gestión de lo público en democracia, evitando la pluralidad, permitiendo que las decisiones del poder, con cierta base social, se apresuren en su implementación, sin reparar en los riesgos y desafíos que cada política y decisión pública conllevan. Sin embargo, esa promesa de eficacia y eficiencia, en la que los equilibrios y contrapesos políticos y burocráticos son desmantelados, termina siempre por mostrar su debilidad a la hora de evitar el abuso del poder, en beneficio de quienes lo detentan. Así lo demuestran los casos en los que se han instalado regímenes similares a los de Orbán: la desigualdad, la corrupción y la violación sistémica de los derechos humanos se vuelven herramientas para crear, incrementar y consolidar fortunas que no se explican sin su cercanía al poder. Lo que es conocido como “el capitalismo de cuates”, que termina por atrofiar la economía y con ello las posibilidades de bienestar de la población en general pero particularmente de los grupos más vulnerables.
Aún es pronto, muy pronto, para saber qué pasará en Hungría luego del triunfo de la oposición, pero es posible celebrar una buena noticia: las democracias liberales y los regímenes iliberales tienen la misma puerta de entrada y salida: las elecciones.
@CarlosETorres_



