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Década obsesiva. Comentarios sobre el reciente libro del Amigo Abel

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Por: JOSÉ ENCISO CONTRERAS •

La Gualdra 709 / Libros / Crónica

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[Nuestra década obsesiva. Navegación en dos tiempos, de Abel García Guízar]

  1. ¿Quién no conoce al Amigo Abel? 

Ciertamente es difícil no conocerlo en una ciudad que no deja de ser pequeña porque así se sigue empeñando en serlo. Ciudad de la que la Universidad Autónoma de Zacatecas se ha convertido en una especie de alma mater et plus ultra, por lo que casi en automático, el Amigo es parte de su inventario y mobiliario urbano y cultural. Cuántos alumnos habrán pasado por su cátedra, cuántos lectores habrán pasado por sus páginas, cuántas las audiencias que lo habrán oído cantar su particular versión de El Asalto Chido. Pero más allá de estas condiciones sociales, culturales y hasta educativas, que permiten conocer a nuestro autor de una manera o de otra, habemos gente que terminaríamos conociéndolo inevitablemente. Dicen por ahí que cuando te toca, aunque te quites… 

Pienso que todo comenzó cuando mi padre, joven profesor rural, entró por primera vez para dar clases en un aula de la escuela primaria de Colonia Felipe Ángeles, en el municipio de Villanueva, no bien comenzada la década de 1960. Entre el grupillo de niños chamagosos que ahí se encontraban, casi párvulos, se ubicaba un güerillo de rostro gatuno y ojos verdes llamado Abel García Guízar, que se preparaba para conocer el alfabeto de la mano de aquel flaco de bigotes, que entonces luchaba junto con sus colegas, mi madre incluida, en contra del caciquismo sindical de Valente Lozano.

Ignorante de esto que les acabo de contar, un buen día de 1979 me tocó, siendo estudiante, encabezar una marcha de preparatorianos espinilludos, desde la vieja casona de la calle de Los Gallos hasta la penitenciaría del Estado, ubicada entonces en el centro de la ciudad, por el rumbo del Callejón Ancho. ¡Abel, Abel, qué tiene Abel, que los judiciales no pueden con él! Pero sí que habían podido, porque estaba claro que precisamente por eso estábamos ahí, afuera de la cárcel exigiendo a grito pelón su liberación. Yo la verdad que no lo conocía físicamente, pero algo me decía que eso de andar encerrando a los profesores de la prepa no estaba bien. 

Después que lo conocí en la vida universitaria y en la grilla sindical, me di cuenta que sus opiniones y las nuestras casi nunca coincidían. Tampoco era que debían de coincidir necesariamente, y en realidad no nos interesaba que así fuera, porque como él mismo dice en su libro Nuestra década obsesiva —publicado por la UAZ y el SPAUAZ en 2025, y que ahora comento— eran tiempos obsesivos y felizmente sectarios. Pero una cosa sí les digo… sus intervenciones hacían enojar prácticamente a todo el mundo, comenzando con sus correligionarios. No había asamblea en la que no participara ni asunto que no le interesara.

Cuando coincidimos como profesores en la Facultad de Derecho, él y mi grupo de compinches nos fuimos acercando por las propias circunstancias políticas y académicas, además de los principios, claro está. Los de izquierda realmente escaseaban por aquel entonces, pero más los intransigentes, y a ésos siempre ha pertenecido siempre el Amigo. Caiga quien caiga, sí señor. Fue entonces que, tras la desaparición de la Unión Soviética, asombrosamente descubrí que en política y filosofía coincidíamos prácticamente en todo. 

No puedo dejar de mencionar por nada del mundo que cuando personalmente me las he visto pero de veras canutas, al momento en que la enfermedad pateó a mi puerta, pude constatar que el Amigo era realmente mi amigo. Sentí en la crisis el cariño y estimación de muchas personas a las que estaré agradecido por siempre, entre ellos a nuestro amigo Abel.

Abel García Guízar
Abel García Guízar

 

  1. Muchas cosas caben en 137 páginas

Como el trabajo estaba casi terminado, el Amigo Abel tuvo el detalle a principios del año pasado de proporcionarme una primera versión de este texto, que leí con tanto agrado como interés. Por tratar acerca de un periodo que marcó para siempre las vidas de muchos zacatecanos y numerosos universitarios, leer este testimonio de la lucha por la tierra en los años 70 realmente me cautivó, por lo palpitante de los acontecimientos que aquí se narran y por el estilo propio de nuestro autor. Pocos son los cambios que ha hecho en la versión definitiva, si acaso me percaté de la ampliación de sus primeros apartados, correspondientes, nada más para abrir boca, a las preocupaciones de García Guízar por definir el perfil que tiene este libro, es decir, cómo etiquetarlo, en el buen sentido de la palabra. 

Después de leer con atención sus argumentos, me persuado a pensar que estamos ante una crónica hecha y derecha, es decir, la exposición de hechos vividos. Es un género tan generoso, valga la expresión, que no excluye a otros que le pudieran ser adyacentes. Cohabita alegremente con el ensayo, por ejemplo, y también con el artículo de fondo, la memoria, la poesía y la narrativa, sin que la crónica desmerezca para nada, con al añadido de que permite, y casi exige, el uso de una tinta apasionada, como la usada enfáticamente en esta obra.

También hizo agregados al capítulo “Primer tiempo. Casa Blanca en treinta y dos planos”, relativos, por un lado, a la intención de documentar con elementos teóricos y empíricos la lamentable situación de la sociedad de Zacatecas durante el periodo en cuestión. Y por el otro, a explicar el escenario político e ideológico de los grupos de izquierda que participaron en la creación del Frente Popular de Zacatecas, y las primeras etapas de su andadura.

 

  1. De la Quemada a Casa Blanca

No es posible describir aquí al detalle los particulares enfoques que se exponen en el libro, pero sí quiero dejar constancia de una cosa, que las razones por las cuales el autor decidió abandonar la brigada de La Quemada, del Frente Popular, comandada por el inefable Oso Medina, tuvieron que ver en mucho con el talante de misionero romántico y evangélico-escéptico del Amigo Abel, y también, huelga decirlo, al estilacho bullanguero de los seguidores del Luis Medina. 

Es importante aclarar que por cuestiones de edad nunca fui presente en las muy mentadas invasiones, porque cuando estaban ocurriendo a todo lo largo y ancho del territorio nacional, su servidor era felizmente irresponsable en la Secundaria Federal y los cañonazos ideológicos de los que venimos hablando caían en campos de batalla muy lejanos al mío, pero… siempre hay un pero, da la casualidad de que en septiembre de 1977, tras mi ingreso a la Prepa I —situada tan solo a unos pasos de la referida secundaria— mi primer contacto con la vida política fue a través de esa brigada quemadeña, o lo que quedaba de ella. Mermada y ya bien distanciada del Frente y del licenciado Pérez Cuevas, que los veía por encima del hombro. Así que no entiendo por qué Abel abandonó aquel noble pelotón en que militaban como tropa de a pie el Venao, el Chango Samaniego y, sobre todo, el inefable y nunca bien ponderado El Manix, mi querido compadre; otros más eran Rogelio Cárdenas, José Crescenciano Sánchez y Franciso Javier Dueñas. Conservo excelente amistad con los que están vivos.

 

  1. Entierro en Tizapán el Alto, Jalisco

Otro de los añadidos con que me que he encontrado en esta versión definitiva del libro, es aquel memorable pasaje —garcíamarqueano— donde Abel se encuentra preso, y tras saber que su padre había muerto en el lejano pueblo de Atizapán el Alto, Jalisco, solicita permiso al gobernador Fernando Pámanes para asistir al funeral. Conociendo al general, era difícil pensar que se negaría. Los custodios que acompañan y conducen a Abel lo tratan mal, a mentadas de jefa y llenándolo de amenazas. Mas lo primero que choca es que lo hayan echado en la caja de la camioneta en que viajaban, al parecer sin temor de que se fugara el preso durante el viaje, gesto al que luego corresponde el Amigo guacareándoles adrede las botas a sus guardias por el mareo que le sobrevino. 

Una vez dentro de la cabina, entre preguntas y respuestas, tras una buena y luenga plática rodando sobre la carretera, la locuacidad de nuestro autor se gana el respeto de sus cancerberos que comienzan por abandonar el grosero tuteo y a llamarlo profesor. Me imagino que hasta lo de las botas sucias le perdonaron. Una vez en el panteón de Atizapán, delante del cortejo donde se encontraba doña Juanita Guízar, su madre, el autor pide una pala para enterrar él solo a su progenitor, siendo que dadas sus menguadas condiciones físicas, abandona exhausto el intento más o menos estando a la mitad de lleno el hoyo. Fue entonces que uno de los custodios le dice algo así como, permítame terminar de echar la tierra, profesor. Y así se hizo. 

Este episodio y otros que le son conexos son narrados por el Amigo, y en contexto permiten enfocar los hechos contenidos en el libro al proporcionarles dimensiones humanas no tenidas en cuenta en otras obras similares. El poder de la crónica.

 

  1. Dos cosas sobre Pancho Murillo

Otro agregado del autor al texto definitivo lo ha hecho en el “Segundo tempo, el desalojo”. Por ser la segunda parte del libro, según su sistemática, el autor asigna la importancia necesaria al informe que en su tiempo, como funcionario de la procuraduría de Zacatecas, hiciera el licenciado Francisco Murillo Belmontes sobre la ejecución que él dirigió, de los desalojos campesinos en 1976. Es impresionante cómo de las tres cuartillas de Murillo que abren dicho informe, el Amigo Abel obtenga tanto material de análisis, comenzando desde el título con el que fue publicado en forma de libro —Heredarás el viento— hace ya trece años.

Pancho Murillo, que así se le conocía familiarmente por sus amigos, escribió varios libros, el manual Derecho Fiscal (1983), Si yo fuera diputado, nociones de técnica legislativa (2003), Da comezón la etiqueta (2008) y Heredarás el viento (2013). Con excepción del primero, el resto de los volúmenes me tocó en suerte publicarlos debido a mi actividad como editor, por la que con alguna frecuencia soy solicitado por parte de los abogados de las generaciones anteriores y de la actual. Esa labor me llevó a tener contacto con Pancho, incluso con el antecedente de haber participado ambos en bandos opuestos en la vida política en la escuela de derecho de la UAZ. También me enteré, por cierto, de que entre él y mi padre había amistad de muchos años atrás.

Sinceramente nunca le pregunté por las razones que tenía para querer publicar el informe que nutre el segundo tempo de Nuestra década obsesiva; era un asunto que yo entendía no era de mi incumbencia. Al momento de proponerme el proyecto, el entonces magistrado ya comenzaba la última fase de una enfermedad neurológica degenerativa que paulatinamente terminó por llevárselo de este mundo. En perspectiva, comprendo ahora que él sentía haber sido parte de un proceso sumamente controvertido que tenía que ver directamente con la universidad a la que también amaba, y con la propia imagen que dejaría en ella. Me parece que estaba queriendo decir al foro que finalmente no murió nadie en aquellas refriegas. Que, como ha escrito el mismo Amigo Abel en otro texto, se repartieron algunas cachetadas pero hasta ahí. Otro en sus zapatos, pienso yo, hubiera preferido echar tierra sobre el asunto y a otra cosa mariposa. 

En contraste, Murillo quiso ventilar su actuar en esa coyuntura. Ponerse en manos del escrutinio público, cosa que consiguió como podemos constatar en Nuestra década obsesiva. Recuerdo muy bien que al momento de planear la presentación de su libro postrero, me dijo que invitáramos como comentaristas al licenciado Uriel Márquez Valerio, y a alguien representativo de los tiempos abruptos de las grandes movilizaciones agrarias de los 70. Quería adrenalina, pues. Y entonces pensé ¿y quién no conoce al Amigo Abel? Voz de las más críticas de la época y hasta damnificado de aquellos tiempos, si me permiten la expresión. Aceptó de buen grado. Al paso de pocos años de padecimiento aciago, Pancho se marchó para siempre. 

*Texto leído el 12 de marzo de 2026, durante la presentación del libro Nuestra década obsesiva. Navegación en dos tiempos, de Abel García Guízar, en el Foyer del Teatro Fernando Calderón en Zacatecas. Si está interesado en adquirir el libro, acuda a la Librería Universitaria de la UAZ.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_709

 

 

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