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Por: FRANCISCO JAVIER GONZÁLEZ QUIÑONES •

La Gualdra 698 / Cuento

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La noche avanza y la marea del Océano Pacífico juguetea con la playa. Las fauces del horizonte casi han consumido al día. Soy un náufrago en el tiempo, un náufrago que alienta su memoria con una botella de mezcal. La brisa marina trae tus rojizos susurros y me preguntas si recuerdo el día que nos conocimos. 

Cómo olvidar la primera vez que te vi. Tengo la certeza que fue en el bazar dominical al que yo acudía en busca de aliviar los estragos que me causaba la rutina religiosa. La pesada obligación de ir a misa cada domingo era aligerada por la emoción de encontrar, después de la visita al templo, alguna novedad en ese bazar que se extendía a lo largo de la Calle Nueva y que, incluso, se prolongaba hasta la rinconada de Tacuba, justo en una de las esquinas de la majestuosa Catedral de Zacatecas. 

Ahí, inmerso en esa congregación callejera plena de sonoridades humanas, Cronos destilaba los minutos y los entregaba en copas de tiempo que se disfrutaban con verdadero goce; observando, descubriendo y acariciando toda clase de objetos que invariablemente llevaban al lúdico regateo para poseerlos. 

Esos objetos, muchos de ellos antiguos, reposaban sobre ambas aceras de la calle. Florecían como un arcoíris que acrisolaba la alquimia del gozo. Eran pinturas, cubiertos de plata, artesanías de vidrio y de cerámica, soldaditos de plomo, carritos de madera y de hojalata, juegos de ajedrez, de dominó y de naipes; tapetes, alfombras, floreros, botellas de vino, libros y revistas: Revista Moderna, El Maestro, Revista de Revistas, Selecciones del Reader Digest, Sputnik, LIFE, Sucesos para todos, el Cancionero Picot, TIME, Duda y, discretamente oculta, Playboy

En la portada de esta última revista tu imagen estaba protegida con esmero con una bolsa de plástico de la que pronto te liberé, frotando y deslizando sobre ella mi ansiedad. Una vez liberada y aunque no te lo pedí, tal vez sólo lo pensé, pronto comenzaste a cumplirme algunos deseos. Así te hice mía. Durante meses, al menos en mística compañía, permaneciste conmigo: sonriente, silenciosa y fiel. Hasta que alguien, sin duda contra tu voluntad, te arrebató de mí. 

Cabe la posibilidad que yo haya propiciado tu desaparición. Posiblemente al presumirte, un amigo malintencionado te llevó con él. Para mi fortuna pronto te encontré. Seguías conservando tu sonrisa en completa armonía con tu rostro y tu cuerpo. Ese día de nuestro reencuentro lucías un vaporoso vestido carmesí que me insinuaba indescriptibles placeres. Preámbulos de eróticas delicias agitadas por la imaginación y el deseo, fuerzas vitales frenadas por el lastre del pecado. 

Para entonces te habías desprendido de ese lastre, o al menos lo intentabas. Pero ocasionalmente el rutilante pecado se aferraba como una sanguijuela a tu memoria, encandilando y exprimiendo tus recuerdos infantiles. Recuerdos atizados de plegarias y de temores mezclados con insistentes amenazas familiares, seculares y eclesiásticas. Alguna vez me confesaste que con frecuencia te soñabas desnuda y avasallada dentro de algún atrio religioso que te retenía y exhibía.

Ambos sabíamos que lo nuestro era una especie de ficción, una utopía mística. Por eso nuestros ocasionales encuentros fueron silenciosos y sin aspavientos. Nuestra relación fluyó con la brisa del delirio. Balanceada en los péndulos del tiempo creados por nuestros instantes. Cuando éstos se gastaron con la rutina, tal vez para no causarnos dolor, nos fuimos alejando el uno del otro. La vida continuó y tu creciente fama te atrapó dentro de una frágil burbuja en la que resplandecías como una Afrodita contemporánea.

Nunca pudiste salir de esa deslumbrante burbuja. En la vorágine de la fama te casaste con alguien famoso, pero vacuo. Él no era un Adonis, eso lo sabías y no te importó. Como lectora de Antoine de Saint-Exupéry creías en las palabras del Principito: “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”. Esperanza inútil cuando el amor es cosa de dos. Necesitabas ser amada con dulzura, necesitabas un hombre con quien compartir plenamente tus sueños, no un individuo incapaz de comprenderte, para quien eras sólo un objeto de presunción y motivo de iracundos celos.

Lastimada y decepcionada, pero entusiasmada por las posibilidades que ofrece el mañana, te alejaste del paraíso de la ficción cinematográfica. Con la esperanza de alcanzar uno de tus más preciados sueños, ser una verdadera actriz, emprendiste un vuelo nocturno hacia la ciudad de los rascacielos. Nueva York te recibió con calidez. Tu atormentado espíritu se reconfortó con el whisky y las notas de jazz que acariciaron tu corazón. Abrigada por esa música y animada por los amigos seguiste el paso de tus quimeras. Los frescos vientos del noreste tranquilizaron temporalmente tu angustiada alma. 

Un alma que con renovado ánimo atisbaba la aurora mientras se desvanecía la noche. Tal vez no lo sabías, o quizá preferías ignorarlo, pero te estabas consumiendo entre tu creciente ansiedad. Empujada por la fuerza de esa angustia te hundiste en el mullido pero engañoso diván freudiano. Dejando flotar tu voluntad al antojo y el manipuleo de una oportunista pitonisa. Hipnotizada por esa sacerdotisa, tu melancólica mirada fue una translúcida ventana a tu afligido espíritu y a tus velados sueños. 

Estabas sofocada por la pesada losa de la tristeza, pero en esa desolación seguías buscando tu alma gemela. En tus múltiples intentos por encontrar el amor entregaste tus esperanzas de felicidad a un renombrado escritor. Quien, además de acercarte al judaísmo y de compartirte con Ives Montand, te expuso a la escudriñadora mirada de Edgar Hoover, extendida y ampliada por los agentes del FBI. Agentes que camuflados como reporteros, invitados, o turistas, dieron cuenta de tu itinerario y encuentros públicos y privados durante tu viaje a México. Buscando, en cada una de tus actividades profesionales y personales, los nexos y evidencias que te ligaran al comunismo. 

Para qué tanta intriga, si lo único que buscabas con tu viaje a México era un bálsamo para tu zozobra. La misma razón te llevó nuevamente a Nueva York. Cómo olvidar ese sábado 19 de mayo de 1962. Cuando despampanante apareciste frente a la multitud que se congregó en el viejo estadio Madison Square Garden, para cantarle a tu ilusión en turno, JFK, la tradicional canción de cumpleaños que alteraste para alentarlo a recorrer el camino hacia ti. Lo cual, por tu mala fortuna en el amor, no sucedió. Lo que sí sucedió, semanas después, prefiero olvidarlo.

Prefiero recordarte, al igual que la maravillosa Ella Fitzgerald y el singular Stephen Hawking te evocaban, como una mujer llena de vida y de sueños. Dejar de pensar en ti es imposible, esta noche tu silueta acariciada por la luna se pasea ante mis ojos. Aunque la escena es efímera me seduce. Abrigada con un confortable suéter deambulas sobre la playa y al mirarme, mientras la brisa aletea tus susurros carmesí, te desnudas para sumergirte en el regazo del Océano Pacífico y en el laberinto de mi memoria.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_698

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