La Gualdra 697 / Personajes de la cultura
A la cofradía de Chihuahua y de Romero de Terreros.
A Ane, Monse, Perla, Xime, Ollin, Jaime, Chava y a Juan.
Me resulta increíble hablar sobre la vida y obra de un amigo entrañable que ya no está entre nosotros. Los que nos dedicamos a escribir, a investigar, al periodismo, solemos hablar sobre personajes de la cultura y del arte que, en muchas ocasiones, han muerto ya hace muchos años. Pero, qué extraño es tener que escribir o decir algunas palabras sobre alguien que todavía hace algunas semanas estaba entre nosotros, alguien que todavía vimos hace unos meses y con quien pudimos intercambiar palabras, ideas y sentimientos.
Al pensarlo, a veces las palabras no salen, las frases se ahogan porque se aprietan con el sentimiento de vacío y dolor ante su partida física. ¿Cómo sintetizar lo que vivimos todos y todas al lado de Hueman?, ¿cómo resumir su experiencia vital y laboral en pocos minutos, pocas líneas? Es imposible. Sólo el paso del tiempo y el ejercicio de la memoria nos traerán de vuelta y de manera reconfigurada ese conocimiento y esas experiencias a su lado.
Por ello, sólo quiero compartirles “unas cuantas pinceladas”, “unas cuántas tomas fotográficas de la memoria”, idea ésta que quizá le gustaría más a Huemanzin. Cuando ingresé a trabajar al Canal 22, en abril de 2008, me sorprendió ver a Hueman por primera vez en los pasillos de la redacción. De muchas maneras ya lo admiraba desde antes, pues desde que yo era adolescente lo veía en la televisión en la cobertura que hacía del Festival Cervantino o en las entrevistas que realizaba a todo tipo de artistas de las más variadas disciplinas.
Al principio me dio pena hablarle, su voz imponente me lo impedía, diría que también su físico. Yo, que por aquel tiempo rayaba los 25 años, casi recién egresado de la facultad, tenía aires y sueños guajiros de convertirme en un escritor, me las daba de muy sabiondo, de haber leído mucho, aunque la verdad sólo había devorado una veintena de libros. Pero esas ganas de comernos el mundo y de querer saberlo todo fue lo que curiosamente atrajo poco a poco a Hueman cada vez más hacia la redacción de la entonces Agencia de Noticias 22, lugar en el que laborábamos, y en donde se fue quedando más segundos, más minutos, más horas para compartir con nosotros -los entonces jóvenes redactores y reporteros de la Agencia del Canal 22- sus inquietudes, sus experiencias, sus aventuras y sus conocimientos.
Lo escuchábamos absortos, a veces en silencio, yo lo veía y me preguntaba, ¿será cierto todo lo que está diciendo este hombre?, ¿ha viajado tanto, ha leído y conocido a tanta gente?, ¿no me estará chorenado? Porque parecía, y creo que muchos lo pueden constatar, que Hueman, para esos años dos miles cuando tenía treintantantos años de edad, ya había vivido dos vidas enteras. ¿Y saben?, creo que eso es cierto. Huemanzin vivió dos vidas en una sola, porque cuando muchos apenas estábamos saliendo de la adolescencia y no dejábamos de ser niños aún, Just Kids, diría Patti Smith, él ya era un hombre no sé si plenamente maduro, pero sí sabio.
Y es que al pasar el tiempo, en la convivencia diaria, hicimos al lado de Hueman muchas niñerías, porque aún encerrado en su seriedad, Hueman se divertía de muchas formas, bromeaba como un chamaquito, un pequeño diablillo que le encantaba hacernos enojar; Hueman el chingaquedito que no cejaba hasta que llegáramos al encabronamiento y quizá esa parte sea la que más extrañaré de él, porque sus apretones disfrazados de abrazos sí eran para molestar, pero sobre todo eran para centrarnos en tierra de alguna forma… nos abrazaba para que aterrizáramos en el presente y para que dejáramos de imaginar escenarios catastróficos que no existían. Me abrazaba con un: “Ya… pinche Marcos, reacciona…”.
Esos fueron los abrazos de Huemanzin, fórmulas para vivir y gozar la vida en el presente constante. No quisiera idealizar tanto al amigo que sobrepasó por mucho al colega periodista, pero tampoco quiero perder el tono subjetivo y de ensoñación artística y literaria que siempre tuvieron nuestros diálogos. Por ejemplo, cuando estaba enojado por algo arrancaba la plática contando alguna saga nórdica o algún episodio de la Iliada, o recordaba algún cuadro del expresionismo europeo, El grito, De Munch; cuando estaba melancólico pasaba a hablar de música, de Leonard Cohen o de Astor Piazzolla, o cuando estaba eufórico comenzaba a hablar de Pink Floyd, David Bowie, o sobre algún hallazgo documental que había hecho o sobre alguna nueva banda del rock o del pop que había descubierto. Esto podría parecer muy simbólico, y lo es… porque así era Hueman, un personaje que se comunicaba con símbolos, con guiños, con un solo gesto que, en muchas ocasiones, mi profunda ignorancia ante su sabiduría no me permitía comprender del todo.
Me recuerdo al lado de él en las mesas de redacción, tanto en el Canal 22, como en el Festival Cervantino y en la Feria del Libro de Guadalajara, intentando empatizar conmigo al hablar sobre los temas que él sabía que me gustaban: la literatura mexicana y latinoamericana, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y los escritores liberales del siglo XIX, Altamirano, Riva Palacio y Ramírez, los muralistas, la pintura y la arquitectura barroca mexicana y los movimientos sociales de izquierda del siglo XX en América Latina. En el último mensaje que me mandó, Hueman me dijo “Sé que el barroco que te gusta no es el mismo que me gusta a mí -a mí me gusta el europeo y a ti el americano- pero sé que coincidimos en eso”. Es decir, sé que, aunque admirábamos cosas diferentes, ambos sabíamos que las veíamos con la misma lupa, la del ensueño, el goce, la expresión dramática y la creación humana.

En el intercambio de signos y de símbolos él y yo teníamos un juego: si el encontraba a un caballo en una escultura o pintura le tomaba una foto y me lo mandaba -porque sabía que me gusta coleccionar figurillas de caballos-; y si yo encontraba alguna imagen de Alexander von Humbolt o de Goethe –eeejote como él decía- le tomaba una foto y se la enviaba, le decía: “te mando un Humboldt de la buena suerte, amigo”. Y es que un día le dije que él, Huemanzin, tenía toda la pinta, la energía o el impulso vital de un artista romántico, por esa fascinación por vivir gozando o gozar viviendo como lo dijo Goethe en el Fausto: ese entender el presente con todos los sentidos, presente con el amor del conocimiento del pasado, la historia, y el aliento para construir el futuro.
Con este impulso fáustico, romántico, Huemanzin emprendió varias empresas personales y profesionales porque él sabía que la sociedad, su círculo cercano, necesitaban un cambio para consolidarse en una colectividad más justa, y sabía que ese motor podía venir no sólo de las artes sino de la cultura.
En una fotografía más que quiero describir al respecto gira en torno a la empresa que emprendió en el año 2015, al lado de muchos de nosotros, colegas de Canal 22, en el movimiento de #Canal22SinCensura, con el afán de transformar a la televisión pública mexicana, para hacerla más plural, más abierta y con mayor amplitud. Quiero decir que esta empresa, y esto lo digo a título personal, hasta donde pude percibir por lo que él me contó, tuvo costos para él, pues después de este movimiento contra la censura a Hueman lo fueron desplazando poco a poco, le fueron alargando los tiempos de cobro de su salario mensual, y le aplicaron un discreto castigo que el periodista cultural no se merecía, por lo que creo que hay una deuda pendiente, al respecto, con Huemanzin Rodríguez.
Quiero acabar contándoles una anécdota que me ocurrió en la semana. Una noche soñé con él, y lo oí tan nítidamente que pude entender lo que me decía sobre varios temas. Eso me hace imaginar a Huemanzin como una máquina de pensamiento que arroja respuestas sobre diversos temas desde una particular forma de ser. Hueman como un faro no sólo de conocimientos sino para entender la vida y la cultura con profundidad, goce y seriedad, pero también con deseo y pasión, para transitar sin miedos y con convicciones.
Porque en muchas ocasiones me preguntaba, si Hueman estuviera en mi lugar en tal o cual situación, ¿qué haría él? Y al responderme casi siempre he tenido una respuesta. Este es el reflejo de la guía moral que fue y es este personaje misterioso, silencioso, escurridizo, enigmático, pero a la vez cariñoso, empático y amoroso que fue Huemanzin Iyolocuauhtli Rodríguez.
Y si es cierto lo que dijo Borges en Historia de la Eternidad, haciendo alusión a la idea del eterno retorno de Nietzsche, de que, si es que el tiempo es eterno y el espacio infinito para que todos los átomos y partículas del universo puedan hacer su reacción para hacer surgir universos, galaxias, planetas y la vida, y si después de esto todo volverá a implosionar y después a eclosionar para volver a empezar de nuevo, entonces querido amigo, nos encontraremos todos y todas otra vez en algún otro momento de la existencia. ¡Hasta pronto! ¡Y buen viaje, Major Tom!
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