En el sorteo del mundial 2026 la FIFA, (así con minúsculas) mostró su peor cara, legitimar a un fascista como Donald Trump, que desprecia las razas humanas y aún así le otorgó el premio FIFA de la paz.
Antes, la FIFA mostró un video en el que presumió a Donald Trump firmando impulsando “la paz” con Benjamín Netanyahu en Palestina, aunque este genocidio israelí solapado por Estados Unidos ante sigue más firme que nunca, a pesar de que ya un buen número de voces de jefes y jefas de Estado en la reciente Asamblea en la ONU se manifestaron contra el genocidio palestino y en favor del reconocimiento de éste como Estado Nación.
“Este es su premio, el premio de la paz acompañado de una hermosa condecoración”, le dijo Gianni Infantino sonriente, feliz feliz, presidente de la FIFA, al presidente Trump al momento en que le entregó su copa de la paz como un trofeo de consolación luego de que Trump no fue condecorado con el premio Nobel de la Paz 2025 como era su deseo.
Pero la FIFA demostró quién es hoy el dueño del balón y le premió en Washington, ahí donde los mismos seguidores del empresario que hoy dirige a una de las naciones más poderosas del mundo tomaron el Capitolio cual vándalos una vez que fue avalado por el Colegio electoral estadounidense el triunfo del demócrata Joe Biden en 2023.
La FIFA condecoró en el teatro del absurdo a un presidente Trump que bombardea lanchas en aguas internacionales de personas de origen latinoamericano asegurando (sin pruebas) que son narcotraficantes.
Trump quiere mostrarse como un pacifista que no es, pues lidera una nación que históricamente ha hecho de la guerra una forma de fortalecer su economía y eliminar a enemigos generalmente “imaginarios” con el afán de apoderarse de la riqueza ajena a costa del sufrimiento de los pueblos como Afganistán, Irak, Panamá Vietnam.
“Distinguimos a individuos que tienen un compromiso inquebrantable para promover la paz y la unidad en el mundo a través de su liderazgo y sus acciones”, le dijo Infantino a Trump.
Apenas el 30 de septiembre ante la cúpula militar de su país, el presidente Trump advirtió en Washington que se encargará de “resucitar el espíritu guerrero de las fuerzas armadas de Estados Unidos que ganó y construyó esta nación”, esa advertencia está lejos de ser una oda a la paz.
A Trump, pese a sus propios orígenes migrantes de padre y madre le acompaña un discurso de odio contra los migrantes mexicanos (especialmente) a quienes reiteradamente ha descalificado llamándolos terroristas o narcotraficantes, desconociendo que su país sin los migrantes, simplemente no podría sobrevivir porque ellas y ellos son la columna vertebral que los sostiene.
Ver cómo la FIFA utilizó el fútbol para promover la imagen del señor de la guerra me hace comparar este acto con el ejemplo de Nelson Mandela, quien con altura de miras y una visión humanista producto de que él vivió en carne propia la barbarie al ser encarcelado injustamente mientras su pueblo en Sudáfrica padecía el Apartheid, echó mano de los valores más altos que encarna el deporte, en su nación el Rugby) para desde ésa nobleza y humanismo rescatar una nación de la supremacía racial e integrarla como una sola en la que no hubiera odio ni divisiones sino unidad por un bien mayor.
“Entonces Mandela comprendió que tenía que conseguir la unión de blancos y negros de forma espontánea y emocional, y vio con claridad que el deporte era una estrategia extraordinaria para lograrlo, hizo posible el milagro”, explica el periodista británico John Carlin en su libro “El factor humano” que narra la hazaña de pacificación de Mandela de la mano del deporte.
En contraparte, vimos un vergonzoso papel de la FIFA que denosta los valores del deporte más popular del mundo que ha transformado a millones de personas que han construido con él un mundo mejor y se le rebaja mundialmente a justificar la actuación un hombre con poder, sí, pero sin legitimación.
“Sufrimos por cada niño que muere, (por la guerra), lloramos por cada madre que pierde a un ser querido”, le dijo Infantino en la escenificación de la teatralidad hipócrita.
Y a pesar de este absurdo mundial, yo confío que el fútbol en el mundial nos entregue historias épicas de superación y nos muestre que como diría Juan Villoro “Dios es redondo” y nos haga partícipes de ser testigos en la cancha de una revolución verdadera que rescate el factor humano, que tanta falta nos hace para volver a nuestros orígenes de una humanidad fraterna, capaz de reconocer sus diferencias y reconstruirse en la sororidad… esa posibilidad es la que habilita el deporte, en esencia.



