“Es un texto inspirador, sugestivo y sugerente, casi poético y místico. Nos ilustra sobre eso que Inés llama ‘el espíritu ruso’. La pregunta que me surge es: ¿cómo explicar las decenas de años en que se impuso y dominó la concepción del marxismo-leninismo y, sobre todo, lo que significó el estalinismo para su pueblo e intelectualidad?”
Pablo, preparando y recopilando textos para una entrevista que me harán en un medio local, encontré tu comentario al texto La Tercera Roma. Tus preguntas —amplias, profundas, incómodas en el mejor sentido— me obligaron a detenerme y a pensar. Aquí va la respuesta.
La Revolución de Octubre triunfa en la Rusia zarista debido a las condiciones de pobreza en que vivían, sobre todo, los campesinos. A diferencia de los demás países europeos, en Rusia el régimen de servidumbre se abolió recién en marzo de 1861. La revolución, sin embargo, no desplazó las creencias religiosas del tejido social. Pese a la destrucción de iglesias, la persecución de clérigos y la presión ideológica del nuevo régimen, la fe persistió en los espacios más íntimos: en las casas, en la memoria familiar, en los rituales susurrados que sobrevivieron discretamente. La religiosidad popular —más profunda que dogmática, más ancestral que doctrinal— resistió como una corriente subterránea que atravesó incluso los momentos más duros del Estado soviético.
En la década de los veinte, el estalinismo afirmó los valores tradicionales de la familia, el trabajo, la disciplina laboral y el compromiso con objetivos que, en muchos casos, eran monumentales. Durante la Gran Guerra Patria, la Iglesia resurgió: se apeló a las creencias religiosas para fortalecer el espíritu patriótico y sostener la resistencia ante la invasión alemana.
Tras la muerte de Stalin ocurrió algo menos conocido: fue en la época de Nikita Jrushchov —no antes— cuando la Iglesia volvió a ser duramente reprimida. Entre 1959 y 1964 se cerraron miles de templos, monasterios y parroquias; se impulsó una campaña militante de ateísmo científico y se restringió la vida religiosa pública. Sin embargo, ni siquiera entonces la fe desapareció: se replegó hacia lo íntimo y lo doméstico, sin quebrarse.
Al mismo tiempo, en la Unión Soviética emergió una forma poderosa de espiritualidad laica, una ética colectiva que no dependía de la religión, pero sí generaba sentido, pertenencia y trascendencia. Se fundamentaba en la fraternidad, la solidaridad y el florecimiento cultural y científico de las repúblicas. Esa espiritualidad —cívica, comunitaria, casi ritual— exaltaba la dignidad del trabajo, el sacrificio por el bien común y la idea de ser parte de un proyecto histórico más grande que uno mismo. En esa energía, profundamente emocional, muchos soviéticos encontraron una forma de elevación interior comparable a la experiencia religiosa: un sentimiento de propósito que no se proclamaba sagrado, pero que funcionaba como tal.
Esa fuerza latente reapareció con notable intensidad tras la caída de la Unión Soviética. La población regresó abiertamente a la liturgia y, con ello, resurgió la observancia de los ayunos ortodoxos, numerosos y rigurosos, como si el colapso del Estado hubiera liberado una espiritualidad contenida durante décadas. El renacimiento religioso de los años noventa no fue solo la recuperación de un rito: fue la reaparición de un orden moral que había acompañado a Rusia desde antes incluso del bautismo de Vladímir en el siglo X.
Tan fuerte es la convicción y el respeto por las tradiciones —al contrario de lo que suele ocurrir en Occidente— que la economía lo refleja sin ambigüedad: durante la Cuaresma disminuyen las ventas de flores, se posponen las bodas y la vida social se retrae. La disciplina religiosa se convierte así en un indicador cultural que atraviesa tanto la vida privada como la actividad económica, mostrando que en Rusia lo espiritual no ocupa un lugar marginal, sino axial.
En este contexto, Putin, profundamente religioso, comprende desde su propia experiencia interior la fuerza que la fe conserva en la sociedad rusa. No se trata solamente de un recurso simbólico que el poder utiliza con habilidad; en su caso, la religiosidad es una convicción íntima que articula su lectura de la historia. Por eso incorporó desde muy temprano la dimensión espiritual a su proyecto político: no como adorno, sino como fundamento.
Su apelación a los valores tradicionales no debe interpretarse como una maniobra coyuntural, sino como la afirmación de que la religiosidad constituye un elemento estructural de la identidad rusa. La continuidad cultural y espiritual del país funciona, en su narrativa, tanto como recurso de legitimidad como horizonte moral desde el cual orientar la acción del Estado. Para él, Rusia no es comprensible únicamente en términos de fronteras o política, sino como una civilización dotada de una misión interna que atraviesa sus épocas.
En este entramado, la figura de Stalin adquiere una relevancia particular. Pocas figuras políticas generan tanta tensión interpretativa: héroe para muchos, tirano para otros, mito para casi todos. Pero lo indudable es que ocupa un lugar central en el imaginario ruso y continúa operando en la memoria colectiva con una fuerza difícil de ignorar.
Para amplios sectores de la sociedad, Stalin sigue siendo un héroe dotado de legitimidad histórica, una figura que roza lo mítico. La clave de esa percepción no reside únicamente en la victoria en la Segunda Guerra Mundial, sino en la conciencia de que bajo su mando se construyó la infraestructura industrial que permitió a la URSS convertirse en una potencia mundial.
Conocía profundamente la cultura rusa. Este aspecto resulta poco comprendido en Occidente, donde con frecuencia predominan las simplificaciones o la demonización automática. Pero su formación, sus lecturas, su relación con el folclor georgiano y ruso y su comprensión de la psicología popular le otorgaron una intuición política singular. Sabía que Rusia —o la URSS, en su expresión estatal— solo podía sostenerse mediante un equilibrio entre modernización acelerada e identidad cultural cohesionante.
Entre los años treinta y la posguerra dirigió la construcción de la industria pesada, la electrificación, la defensa, la educación técnica y, de manera decisiva, el programa nuclear soviético, en el que Beria desempeñó un papel fundamental. Más allá de los juicios morales, Stalin fue el arquitecto del Estado que resistió y venció a la maquinaria nazi y que más tarde se convertiría en el principal contrapeso del orden occidental.
Resulta paradójico, pero revelador, que dos figuras tan distintas —Stalin y Putin— aparezcan unidas por un hilo de continuidad histórica: ambos comprendieron que Rusia no puede gobernarse únicamente desde la administración o la economía. Necesita un relato, una fuerza interior, una coherencia espiritual que trascienda las estructuras del Estado.
Stalin ejerció ese principio desde un Estado oficialmente ateo, aunque manejó con precisión la simbología del sacrificio, la disciplina y la epopeya colectiva. Putin lo hace desde una Rusia que busca recuperar su papel histórico y su potencia, apoyándose en su tradición religiosa y devolviendo a la Iglesia ortodoxa un papel central como guía moral.
Ambos responden, cada uno a su manera, a una misma intuición: Rusia no es un país que pueda reducirse a categorías occidentales. Su historia, su cultura y su identidad se explican por una continuidad espiritual que atraviesa incluso las rupturas políticas más radicales. Y es precisamente esa continuidad —a veces silenciosa, a veces dramática, siempre persistente— la que ha permitido que Rusia, incluso en sus momentos de mayor crisis, no se desdibuje, sino que vuelva a sí misma.
En este marco de continuidad histórica, el gobierno de Gorbachov marca un punto de inflexión. Perestroika, democratización y glásnost se orientaron, de manera consciente, a desmontar la herencia estalinista y, con ella, buena parte del relato que había sostenido la legitimidad del Estado soviético. Gorbachov promovió una narrativa que identificaba en Stalin no solo el origen de la represión —que, sin duda, existió—, sino también la raíz de las deformaciones estructurales de la URSS. Aquella reinterpretación histórica buscaba legitimar una apertura política y económica que debía distanciarse tanto del autoritarismo estalinista como de la rigidez ideológica del brezhnevismo. Los rusos mayoritariamente no le perdonan haber destruido la grandeza de la URSS ni haber desmantelado la identidad de su nación como gran potencia.
Sin embargo, estudios posteriores han mostrado que parte de la represión fue organizada y ejecutada por sectores de la nomenklatura del PCUS —la misma que, décadas después, ocuparía posiciones de poder—, en ocasiones incluso a espaldas de Stalin. La simplificación del pasado servía a la narrativa de reforma: destruir el símbolo para justificar la transformación.
La era Gorbachov introdujo así una ruptura discursiva y moral que contrastaba con la continuidad espiritual que había sostenido a Rusia en el siglo XX. Allí donde Stalin había construido cohesión mediante la disciplina y el sacrificio, y Putin, décadas más tarde, restauraría la grandeza perdida devolviendo estabilidad económica, reconstruyendo el Estado e insertando a Rusia de nuevo como contrapeso frente a Occidente, Gorbachov apostó por la desmitificación del pasado y la apertura al mundo occidental.
Su reforma desencadenó un proceso cuyos resultados —desintegración, crisis económica, pérdida de rumbo— revelaron que la ruptura con la propia tradición puede ser más costosa que su transformación gradual.
Putin, al reconstituir la autoridad del Estado, recuperar sectores estratégicos, elevar el nivel de vida y reivindicar el lugar de Rusia en el tablero internacional, demostró que la continuidad histórica no es un lastre, sino un recurso: la base sobre la cual un país puede volver a erguirse.
Si Gorbachov abrió grietas, Yeltsin derribó los cimientos.
Su ascenso significó no solo la disolución formal de la URSS, sino la destrucción acelerada de las estructuras económicas, políticas y sociales del Estado soviético. Él mismo lo dijo: «Tomen toda la soberanía que puedan manejar», invitando a la fragmentación territorial.
Los años noventa fueron una década de vértigo: privatizaciones súbitas, saqueo de recursos, colapso industrial, caída del nivel de vida, criminalidad, desintegración social. Rusia pasó de ser una superpotencia a una nación empobrecida, caótica y sin rumbo. Donde antes había un horizonte colectivo, quedó solo la supervivencia individual.
Yeltsin no ofreció una nueva narrativa, sino un modelo importado, ajeno a la experiencia rusa. La identidad quedó suspendida, como si un país milenario hubiese olvidado el sonido de su propia voz. Ese vacío —material, moral y espiritual— explica por qué la sociedad buscó desesperadamente un eje de estabilidad cuando Putin llegó al poder.
La historia rusa no es una línea recta ni una sucesión de sistemas políticos: es una respiración profunda que atraviesa imperios, revoluciones, colapsos y renacimientos.
Ni la represión estalinista, ni la ruptura gorbachoviana, ni la devastación yeltsiniana lograron destruir ese núcleo.
Rusia no se sostiene en instituciones: se sostiene en un sentido. En una continuidad interior que no se legisla ni se impone: se hereda.
Ese sentido —esa mezcla de fe, memoria, resistencia y destino— es lo que permite que, tras cada caída, Rusia vuelva a levantarse. No igual, sino más consciente de sí misma.
Rusia no se explica por su poder, sino por su capacidad de recomponerse.
No por su geografía, sino por su alma.
Y por eso, incluso cuando parece perderlo todo, vuelve. Vuelve a su tradición, a su fe, a su historia. Vuelve —siempre— a sí misma.



