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■ Subrayó la importancia de nombrar claramente al agresor y no a la víctima

Comparte Elena Ríos su testimonio como víctima de la violencia ácida

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Por: Jaqueline Lares Chávez •

En el marco del 25N se llevó a cabo la conferencia “Violencia Ácida”, impartida por María Elena Ríos Ortiz, impulsora de la Ley Malena y reconocida defensora de los derechos de las mujeres. Durante su intervención, Ríos Ortiz compartió un testimonio profundamente íntimo y doloroso, que a la vez se convirtió en una reflexión colectiva sobre la violencia extrema que implica un ataque con sustancias corrosivas. “Busco tanto tiempo justicia, doy mi vida buscando justicia para recuperar mi vida”, expresó, recordando el proceso en el que incluso llegó a olvidar aspectos esenciales de sí misma.

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Ríos Ortiz inició explicando cómo un ataque con ácido no puede compararse con ninguna otra quemadura cotidiana. Relató que, después de ser agredida, sus brazos, cuello y parte de su rostro tuvieron que ser reconstruidos con piel de sus piernas porque las lesiones eran de tercer grado y la piel original “ya no iba a cicatrizar”. Recordó también la crudeza con la que un médico le aseguró a su padre que esas heridas tardaban entre 15 y 20 días en sanar, afirmación que contrastaba dolorosamente con su estado. “Yo me veía los pies y mis brazos, y era tan doloroso tan solo verme, que dije: ¿cómo estará mi cara?” rememoró.

En un punto clave de su conferencia, Ríos Ortiz subrayó la importancia de nombrar claramente al agresor y no a la víctima, porque históricamente los medios exponen los rostros de las mujeres violentadas, pero ocultan los de los responsables. Señaló que, mientras las víctimas cargan con el estigma público, los agresores permanecen en el anonimato, perpetuando la impunidad y reforzando la narrativa que culpabiliza a las mujeres. Para ella, visibilizar al responsable es una forma de reivindicar a quienes han sido atacadas y de evidenciar la violencia estructural que enfrentan.

A partir de su experiencia personal, la activista explicó que los ataques con ácido no son hechos aislados ni nuevos. Detalló que prácticas de violencia extrema hacia las mujeres existen desde tiempos antiguos, y mencionó que incluso en los primeros códigos legales de la humanidad ya se contemplaba la quema de mujeres que no cumplían con los mandatos impuestos sobre su feminidad. El objetivo de esta contextualización histórica, señaló, no era revivir agravios del pasado, sino demostrar que la violencia extrema contra los cuerpos femeninos tiene raíces profundas y estructurales que aún hoy se reproducen.

Ríos Ortiz hizo un contraste entre las prácticas históricas y las realidades contemporáneas, señalando que actualmente las mujeres ocupan cargos públicos y espacios sociales que antes les eran negados. Sin embargo, aclaró que la violencia persiste bajo distintas formas. Subrayó que la lucha feminista no es un rechazo hacia los hombres, sino una exigencia por ejercer derechos históricamente negados y por comprender que equidad e igualdad no significan lo mismo. “No buscamos vengarnos ni odiar”, afirmó, “sino ocupar los espacios y hacer uso de los derechos que nos fueron negados”.

Durante su exposición, compartió casos de mujeres que han sido víctimas de ataques con ácido en distintas regiones del país, quienes al igual que ella siguen sin encontrar justicia. Esto la llevó a reflexionar sobre la violencia que también se reproduce entre mujeres, alimentada por estereotipos de belleza y por la competitividad impuesta desde los medios de comunicación y la cultura. Expuso cómo, desde la apariencia física, muchas veces se reproducen agresiones que se normalizan al punto de ser vistas como parte del día a día. “No basta con agredirnos cada que nos vemos al espejo”, expresó, señalando que los estándares occidentales de belleza han provocado trastornos alimentarios, inseguridades y rechazo hacia la propia identidad.

Ríos Ortiz profundizó en las consecuencias médicas y psicológicas de este tipo de agresiones. Detalló que además de cirugías reconstructivas, las sobrevivientes requieren tratamientos dermatológicos costosos y dolorosos que implican quemar nuevamente la piel mediante láser para mejorar su calidad. A ello se suma la necesidad de atención psicológica y psiquiátrica, la cual sigue siendo estigmatizada. “Da mucha pena porque se ha satanizado la terapia… allá afuera cuando tú vas al psicólogo te dicen ‘estás loca’”, lamentó. Compartió también un episodio reciente de estrés postraumático que la hizo despertar desorientada: “Amanecí asustada, pensando dónde estoy… y tuve que recordar que estoy en la Ciudad de México porque en Oaxaca mi vida corre riesgo”.

La activista denunció además la violencia digital que enfrentan las víctimas, la cual no se limita a ellas, sino que también alcanza a sus familias. Narró cómo un sobrino suyo fue objeto de comentarios humillantes derivados de ataques en redes sociales, lo que afectó gravemente su estado emocional. Ejemplificó con claridad que la violencia digital reproduce estigmas, prejuicios y agresiones que pueden llevar incluso a menores de edad a situaciones de crisis emocional severa.

En un momento significativo de la conferencia, Ríos Ortiz reflexionó sobre la diferencia entre ser víctima y ser sobreviviente. Explicó que la imagen que comúnmente se tiene de una víctima (desvalida, temerosa, vulnerable) proviene de una estructura patriarcal. Para ella, convertirse en sobreviviente implica accionar, denunciar, alzar la voz y exigir justicia, no solo por las mujeres que han sobrevivido, sino por aquellas que han muerto sin que sus casos fueran conocidos. Recordó también que las mujeres sobreviven desde antes de nacer, pues incluso durante el embarazo existe una preferencia social por los varones, lo que constituye un rechazo inicial hacia la vida de muchas niñas.

Finalmente, advirtió sobre el papel de los medios de comunicación y del entretenimiento, especialmente de las telenovelas, en la normalización de la violencia. Señaló que estas narrativas presentan relaciones basadas en control, celos e idealización del sufrimiento femenino, lo que contribuye a perpetuar modelos dañinos. La conferencia concluyó con un llamado firme a reconocer, nombrar y comprender la violencia en todas sus formas, desde sus raíces históricas hasta sus manifestaciones actuales, para poder comenzar a erradicarla.

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