Morir, queridas jotas, es el proceso que enfrentamos todos los días. Desde que nacemos cargamos con la insoportable condena de estar muriendo lento —como canta Moderatto-. Los cascarones que recubren nuestros músculos, huesos y órganos se marchitan poco a poco. A mi generación, aunque se diga que está en plena juventud, ya comienzan a aparecerle canas, arrugas y achaques.
Pero la muerte, siempre al acecho, no llega sólo por el paso natural del tiempo. Hay hechos que adelantan el morir. Hay muchas personas cuya juventud quedó congelada para la posteridad. Pienso en Edson. Pienso en Diego. Su eterna juventud nos recuerda cuán frágil es la vida y, sobre todo, cuán fuerte puede ser la huella que se deja al pasar por ella. Y si en Tinder, Bumble o Grindr ignoran a lxs otrxs por ver el paso del tiempo sobre sus cuerpos, recuerden: sólo son espejo de eso que somos todxs.
La finitud de la vida también se perpetra en el cis-tema. Tengo que morir todas las noches —proclama el título de un libro que se hizo serie—. Y sí, hombrecitas y mujercitos, hay una condena social cuando nos asumimos como gente que ama con sinceridad lo que siente.
Existen personas que deciden hasta dónde llega una vida porque no toleran lo que no comprenden. Cancelan la posibilidad de vivir: en lo político, en lo familiar, en lo religioso, en lo deportivo; en lo escolar, en lo médico, en lo económico. Anulan la vida con la muerte
misma.
Por eso nos convertimos en seres que asumen múltiples vidas. Somos felinos que desafían la muerte en vida. Somos alebrijes que trascienden. Por eso, mis amores, hay que vernos como lo que somos: personas que tienen un pasado para asumirse en su presente. Porque los legados que nos anteceden son para disfrutarlos, amarlos y construirnos hoy.
El lunes pasado (27 de octubre) rendimos un homenaje a Chavita de Alba. Muchxs le conocieron por su jocosidad, su versatilidad majestuosa en el escenario y la forma tan amena de amistarse con la vida. El homenaje, hecho a través de un altar —¡en el patio de rectoría de la UAZ!— , congregó a una comunidad que escucha, enseña y acompaña. Conquistamos un espacio universitario al que tanto le falta para nombrarse inclusivo. Hay un paso irreversible.
El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra Personas LGBT ha reportado la mortal cifra de 38 asesinatos sólo en lo que va de 2025. Quien diga que ya estamos del otro lado del camino, que se reviente la burbuja que le rodea. En 2023 aparece un caso reportado en Zacatecas. Y si se asoman al pasado, más muerte aparece ante nosotrxs. Hacia nosotrxs.
Nuestros cuerpos son ofrenda. No los marchitemos en honor a un cis-tema que nos capitaliza, que nos dice cómo vestirnos, cómo lucir, cómo actuar. Eso también es morir. Hemos normalizado tanto la carnicería de cuerpos exhibidos a cambio de un like, de un tap, de un morbo pasajero. Eso también es morir. Hemos dejado solxs a nuestrxs hermanxs en sus luchas, en sus enfermedades, en sus quebrantos. Eso también es dejar morir
Por eso, acuerpar, abrazar, acomodar implica hacer trinchera. Porque el duelo también es lucha y la memoria, una forma de justicia. Si la muerte nos ronda, que nos encuentre bailando, creando, enseñando, amando. Que los espacios donde antes callábamos hoy sean escenario de orgullo.
Morir, queridas jotas, no es el final: es apenas la excusa para seguir existiendo en todas las formas posibles. En cada altar, en cada marcha, en cada clase, en cada beso que no se esconde. Porque si el cis-tema nos mata, nosotrxs respondemos con vida.



