Estados Unidos tiene una absurda, casi esquizofrénica obsesión con los movimientos de izquierda. La ha tenido siempre. No importa si se trata de un gobierno electo, de una organización campesina, de un sindicato, de estudiantes manifestándose en las calles o de un presidente que simplemente decide gobernar con independencia. Para Washington, cualquier proyecto que cuestione sus intereses termina convirtiéndose en una amenaza.
No es algo nuevo. Tampoco comenzó con Trump, ni con el narcotráfico, ni con la migración. Es una conducta que se ha repetido durante décadas y que ha marcado buena parte de la historia de América Latina.
México ha sido una de sus principales preocupaciones. Primero fue el territorio. Después el petróleo. Más tarde el comunismo. Luego el narcotráfico. Ahora la migración, el fentanilo y la seguridad nacional. Cambian los argumentos, pero el objetivo permanece intacto: mantener influencia sobre las decisiones estratégicas de México.
La historia no miente. La invasión de 1847 y la pérdida de más de la mitad del territorio nacional marcaron el inicio de una relación profundamente desigual. Más adelante intentaron la ocupación de Veracruz y la expedición militar contra Pancho Villa. Sin embargo, con el paso de los años Estados Unidos entendió que las intervenciones militares directas generaban demasiado costo político. Entonces cambió de estrategia.
Llegaron las agencias de inteligencia
Durante la Guerra Fría, la CIA desarrolló una amplia red de operaciones en América Latina. México no fue la excepción. Los documentos desclasificados revelaron la existencia de la operación LITEMPO, una estructura mediante la cual la agencia mantenía contacto con figuras ubicadas en las más altas esferas del poder mexicano. Entre los nombres que aparecen en esos documentos figuran Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Y es que la izquierda se convirtió en una verdadera obsesión para Estados Unidos.
Resulta curioso que a lo largo del siglo XX Washington conviviera sin mayores problemas con dictaduras militares, gobiernos represivos y regímenes que violaban sistemáticamente los derechos humanos, pero entrara en estado de alarma cuando algún país hablaba de reforma agraria, nacionalización de recursos estratégicos o fortalecimiento del papel del Estado en la economía.
Lo vimos en Guatemala con Jacobo Árbenz. Lo vimos en Chile con Salvador Allende. Lo vimos en Nicaragua, en El Salvador, en Brasil, en Argentina y prácticamente en toda América Latina. La preocupación nunca fue exclusivamente la democracia. La preocupación era quién tomaba las decisiones y a quién beneficiaban esas decisiones.
Por eso resulta ingenuo pensar que la intervención estadounidense pertenece al pasado. Lo que ha cambiado no es la intención, sino los métodos.
Hoy ya no hacen falta marines desembarcando en los puertos. Existen mecanismos mucho más sofisticados. Informes de inteligencia, presión diplomática, sanciones económicas, amenazas arancelarias, filtraciones estratégicas, campañas mediáticas y operaciones de influencia. La caja de herramientas es más amplia y menos visible.
México lo ha experimentado en distintos momentos. Cada vez que un gobierno intenta fortalecer la soberanía energética, limitar la influencia de agencias extranjeras o tomar decisiones que afectan intereses económicos estadounidenses, las presiones aparecen de una u otra forma. Algunas veces son discretas. Otras veces son completamente públicas.
Al final, la verdadera obsesión nunca ha sido el narcotráfico, la migración o el combate al crimen organizado. Esos temas cambian con el tiempo. La constante ha sido otra: evitar que los países de América Latina tomen decisiones fuera de la órbita de Washington.
Porque la injerencia extranjera no siempre llega en barcos de guerra. A veces llega disfrazada de cooperación, de asesoría, de seguridad compartida o de buenas intenciones. Y esas suelen ser las formas más difíciles de identificar.
Por último…
Y dentro de todos los disfraces que Washington ha utilizado para intervenir en México, esta vez parece haber escogido uno bastante desgastado: el de prianista.
Hasta la próxima…



