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■ Especialista llama a vigilar el diálogo interno y practicar autocuidado

El violentómetro personal: la clave para identificar agresiones internas

■ La herramienta visibiliza las conductas que dañan la salud mental

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Por: Jaqueline Lares Chávez •

Cuando se habla de violencia, comúnmente se piensa en agresiones físicas, verbales o psicológicas que provienen del exterior. Sin embargo, existe una forma de violencia mucho más silenciosa, constante y normalizada: la que ejercemos hacia nosotros mismos. El violentómetro personal surge como una herramienta fundamental para visibilizar estas conductas internas que, aunque suelen pasar desapercibidas, tienen un impacto profundo en la salud mental y emocional.

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El violentómetro personal permite identificar una escala progresiva de comportamientos, pensamientos y actitudes que van desde señales aparentemente leves (como la autocrítica constante o el pesimismo) hasta manifestaciones graves que ponen en riesgo la vida. Su valor principal radica en mostrar que la violencia no siempre llega de afuera, sino que muchas veces nace del diálogo interno, de cómo nos hablamos, nos juzgamos y nos tratamos cuando estamos en momentos de vulnerabilidad.

La Psicóloga Clínica Lizi Anett Garay Cancino destacó en un diálogo con el medio la importancia de esta herramienta al señalar que es indispensable porque permite visibilizar que la violencia y las agresiones no solo vienen del exterior, sino también de la parte interna, cuando ejercemos estos comportamientos hacia nosotros mismos; es un tema que necesita hablarse. Nombrar estas conductas es el primer paso para dejar de normalizarlas.

Un dato clave que la especialista subrayó es que el cerebro no distingue si un insulto viene de otra persona o de uno mismo. En ambos casos, se activan los mismos circuitos de estrés y miedo. Esto significa que vivir con un diálogo interno negativo, basado en la autocrítica, la culpa o la desvalorización constante, genera un deterioro real en la salud mental. El cuerpo responde como si estuviera siendo atacado, incluso cuando la agresión proviene de nuestros propios pensamientos.

En los primeros niveles del violentómetro aparecen señales como imaginar siempre el peor escenario, tener una visión pesimista del futuro, rechazar elogios, compararse constantemente o minimizar los propios logros. Aunque estas actitudes suelen considerarse normales, en realidad son formas de autoagresión que afectan la autoestima y el bienestar emocional. En niveles intermedios, estas conductas se intensifican y se manifiestan en el aislamiento social, el abandono de actividades placenteras, el descuido de la salud física, la participación en relaciones tóxicas o el permitir malos tratos por parte de otras personas.

El violentómetro personal es útil porque rompe con la idea de que el sufrimiento debe aguantarse. Permite identificar señales de alerta antes de que escalen a problemáticas más graves como trastornos de ansiedad, depresión u otras afectaciones emocionales. Como señaló Garay Cancino, esta herramienta da el permiso de decir: esto me está haciendo daño y debo parar. Reconocerlo no es debilidad, es autocuidado.

La psicóloga además enfatizó que cualquier proceso de cambio implica esfuerzo y tiempo. No se trata de buscar perfección, sino de convertirnos en nuestros propios aliados. Ser más amables con nosotros mismos implica vigilar nuestro lenguaje interno. Una recomendación clara es preguntarnos si no le diríamos esas palabras a alguien que amamos, por qué nos las decimos a nosotros mismos. Aquí entra la honestidad sin crueldad, el reconocer errores sin castigarnos por ellos.

Aceptar nuestra humanidad es clave. No somos robots: equivocarnos, sentir miedo o vulnerabilidad no nos quita valor. Al contrario, reconocer cómo nos sentimos permite preguntarnos qué necesitamos hoy para estar mejor, sin etiquetarnos como débiles. Priorizar el bienestar implica respetar nuestros límites, cuidar el descanso, la alimentación y atender nuestras necesidades emocionales.

Finalmente, según señaló Garay Cancino, el violentómetro personal forma parte de la psicoeducación y nos ayuda a comprender que la violencia no es solo física, sino también mental y emocional. Cuando ejercemos violencia contra nosotros mismos, se crea una división interna entre agresor y víctima. Por ello, la invitación es a practicar la empatía hacia uno mismo, tratarnos con el mismo respeto y cuidado que ofrecemos a los demás.

Visibilizar esta forma de violencia es un acto de conciencia y amor propio. Porque cuidar de la salud mental también es una forma de no violencia.

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