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jueves, 8 diciembre, 2022
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Aeropuerto 1957

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Por: Elena Poniatowska •

A pesar del frío y de una lloviznita helada y persistente, allí está toda la familia. El padre con su sombrero de otate y las manos metidas dentro de su chamarra; la madre con su recién nacido arrebujado en el rebozo y la niña que estira la cabeza para ver mejor.

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–¡Ya se va el avión!

Detrás de los alambrados se extiende el campo de aviación y, en día domingo, los que viven por Balbuena y por la colonia Caracol, donde venden terrenos de a peso el metro, vienen a ver los aviones, pero no los ven del lado del moderno aeropuerto con sus edificios de cristal y de luz, sino desde los alambrados, en la tierra gris, polvosa, que se parece a ellos. Allí permanecen de pie horas enteras mientras un tractor diminuto desplaza al enorme avión que en tierra se vuelve torpe y monstruoso. Esto les da risa: Mira, el chiquito puede más que el grandote. ¿Cómo va a volar el avión, si en el suelo no puede ni con su alma? (Es la fábula eterna del león y el ratoncito).

No sólo los aviones de línea que despegan o aterrizan suscitan la admiración de la familia, también los aviones estancados son un imán. Hay unos de pura plata, que, cuando les da el sol, no puede uno ni verlo de tanto resplandor, y otros que son cadáveres, cuya armazón destartalada es más comprensible para quienes viven también en el abandono. En tierra, los aviones adquieren rostros humanos. Hasta se sientan como nosotros y pierden su calidad de pájaro.

–Papá, y tú y yo ¿por qué no vamos en avión?

La niña, su cabeza, demasiado grande para su cuerpo, levemente inclinada de lado, como fruta pesada extiende los brazos:

–Papá, ¿cómo será el avión por dentro?

Para los que viven sobre el antiguo lago de Texcoco, el mundo de los aviones participa de la brujería y de las supersticiones. Un avión que surge del cielo y se posa en tierra es casi un milagro. Y los pobres están separados del milagro por los alambres de púas que cercan el campo y por los guardianes armados que corren a los muchachitos curiosos: ¡Lárgate, chamaco!, e impiden el paso a todos, menos a los pilotos y a los que trabajan en aviación, los 40 pasajeros felices de ser escogidos que suben por la escalinata y desaparecen por la puertita de aluminio, cargados de portafolios, abrigos de pieles, bolsas de cocodrilo que la sobrecargo uniformada con sus alas de metal sobre el corazón, recoge con una sonrisa. Al cerrar definitivamente la puerta, la asistente echa una última mirada al Peñón de los Baños, donde tantos aviones se han estrellado.

–Papá, ¿y tú y yo por qué no vamos en avión?

–¡Otra vez la burra al trigo! ¡Mira tú, si serás encajosa!

El papá rasca el suelo como becerro y la niña de la cabeza grandota se pesca del rebozo de su madre. ¡Oh, mi niña, mi muchachita, mi palomita con tantos vuelos adentro!

–Papá, ¿las alas nunca se rompen?

Allá abajo, en el suelo de salitre, crece una hierba vieja que todo resiste. Los mirones regresan a su casa levantada sobre una tierra seca, resquebrajada y cubierta de tolvaneras. No hay más que un cable de alta tensión para todo el pueblo y la luz llega a las viviendas por medio de un enjambre de hilos de araña que se ahorcan entre sí. Luego vendrán los inspectores a decirles que ellos se roban la luz.

(Este texto se publicó el 15 de diciembre de 1957 en el Magazine del diario Novedades, cuando aún vivía Alberto Beltrán, y juntos escribimos y dibujamos el libro Todo empezó el domingo).

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