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El presagio

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Por: JUAN ANTONIO VALTIERRA RUVALCABA •

El toro josco se brincó las trancas de maderos casi apolillados. No se volvió a saber de él.

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Desde entonces y como un presagio maligno muchos sucesos se fueron sumando en esas comunidades.

Cuándo se iba a imaginar que al contar que había visto una vaca con otro fierro en el corral de su tío, Juan desataría un odio sin freno hacia él. A su familia siempre la respetaron, aún a pesar de que su mujer e hijos estaban solos.

Francisco, el primo Pancho, urdió robarse un par de vacas de Salvador Torres. A esta persona se le conocía con el mote de “nalgotas”, además de poseer buen ganado. Y cómo no lo tenerlo si su potrero donde apacentaba su ganado y que sumaban 200 cabezas, entre toros y vacas, se ubicaba en las orillas de un manantial que ni en tiempos de secas dejaba de brotar agua.

Su propiedad formaba parte de la comunidad conocida como La Consa por los lugareños. En realidad se llamaba La Concepción.

Salvador era un hombre trabajador que madrugaba; ejemplar por su manera honesta de convivir y tratar asuntos de negocios con la gente.

Pancho era el hijo 6 de una familia de ocho sumando a los dos padres.

Era dicharachero y dado al ocio y la disipación. No labraba la tierra como los demás hijos de por allá. El simplemente quería vivir la vida sin compromisos y tener dinero para gastar y traer buenas garras para las fiestas.

La Consa estaba formada por diez familias. Sus casas bien alineadas, pintadas con cal o simplemente enjarradas con mezcla. El color blanco de la cal -decían los viejos de esas comunidades- servía para repeler el calor que proyectaba el sol. Así, las casas hechas de adobe grueso mantendrían una buena temperatura para sus moradores.

La calma se alteró desde hace meses por el toro aquel que se brincó las trancas del potrero y no se supo más. Nadie sospechó de nadie. No había razón. El abigeato no era costumbre en esa zona. No había rateros. Todos se sabían serios y trabajadores.

Torres solo se santiguó e hizo una señal igual en el aire como bendiciendo al animal perdido. El suponía que quién lo haya encontrado, si de verdad se brincó y no lo regresó, pues quizá tendría más hambre que su familia.

La madrugada fiestera de Pancho le permitió en retorno a su casa pasar como a diez metros del corral de Salvador Torres, percatarse entre mareos del alcohol, del ganado bien comido que ahí rumiaba el pasto esmeralda del lugar.

Maldecía lo que los demás tenían de más y también rumiaba la ocasión para diezmar el ganado ajeno. Se alejó refunfuñando entre dientes que volvería por algunas de esas reses. La noche lo camuflaba.

Días después, Pancho volvió a las inmediaciones del potrero aquel. Hacía un sol débil de diciembre. Miraba y miraba hacia adentro mientras se rascaba la cabeza entre el sombrero. Su caballo tomaba agua en el ojito que ahí había.

Algo decidió. Tomó las riendas del caballo y dio un salto por el lado derecho a su montura. Horquetadole dio con la cuarta a su jamelgo para alejarse del lugar.

Una noche en complicidad de su hermano Asunción y su cuñado Herculano, dieron el golpe. Sólo que el frío no les permitió más que romper las gruesas maderas apolilladas de la puerta del corral y arreando sólo pudieron sacar dos vacas bien gordas.

Para una ya tenían dueño. La llevó Herculano hasta San Pablo y allá la vendieron. A la otra la metió en el corralito de su papá.

Su primo Juan que por ahí pasaba un día que venía del cerro de las burras miró dentro un animal muy bien alimentado y la curiosidad le hizo asomarse. Notó que el fierro que traía la vaca eran una ese y una te estilizadas sobre el cuadril izquierdo.

Sólo movió la cabeza en señal negativa y se fue a su casa.

En una ocasión de visita en El Tejuján, Salvador Torres se encontró a Juan y éste le comentó que se le hizo raro ver un animal con la misma marca de fierro que la de él, en propiedad de su tío.

-Se me hace raro eso, pero luego me daré una vuelta, quién quita y don Ramón me dé razón…ya pasaron diez días de eso-. Dijo Salvador.

-Pos no más ha le encargo que no diga que yo le dije, respondió Juan al tiempo que se despedía.
Al día siguiente, Torres visitó San Luis, comunidad cercana al cerro del chivo. Tras circunloquios con don Ramón, pronto llegó a la pregunta sobre una vaca que vieron en su corral.

-Pos al menos que te haya dicho Juanillo, mi sobrino…porque el otro día lo vi fisgando mis animales…si seguro él fue-, decía molesto el sexagenario hombre.

-No, de verdad nadie me dijo nada. Vengo solo como corazonada ultima para ver qué jais con mi ganado. No se moleste, don Ramón…mire, ahí la dejamos, no quiero enemistarme con usted. ¡Sólo vine porque sí y ya!, repuso ligeramente alterado Salvador.

Juan fue invitado por sus primos Asunción y Francisco a la coliadera de San Pablo. Llegó desde temprano para comer y tomar unos tragos con sus primos y otros amigos que allí encontró. Le ofrecieron que si se le hacía de noche allá, no faltaría dónde quedarse.

Ya ebrios en conversación para ver quién era mejor charro montando caballos, Juan y Pancho se hicieron de palabrotas y mentadas de madre para abajo y para arriba.

Como ninguno aceptaba o reconocía al otro como el mejor charro, un ranchero medio pendenciero les propuso que lo decidieran a guantadas y que al que le saliera sangre primero ese era el mejor montador de caballos.

Dicen que Juan era bueno para las trompadas e iba ganándole a su primo Pancho, pero que al ver esto Asunción se metió y entre los dos golpearon hasta que se cansaron al otro.

Entre la tierra suelta y pisada por desandar de los lugareños, Juan fue martirizado a pedradas. Unos testigos dijeron que fue Pancho el que le arrojó una piedra grande sobre la cabeza y le decía entre carcajadas ahogadas: “para que te acuerdes de las vacas que nos robamos, cabrón rajón!

El cuerpo de Juan ahí quedó inmóvil. Eran las cinco de la madrugada. El frío provocó que el herido mortal levantara y caminara a pasos ciegos pues los párpados de los ojos los tenía inflamados y no veía. Sin horizonte se metió en una nopalera, de donde salió solo con la ayuda de una señora que lo encontró revolcado, tumefacto y quejumbroso como un moretón.

-¿Usted es Juan…pos qué anda haciendo por acá, cristiano del señor? Mire cómo anda, ¿qué le pasó? Y lo llevó a rastras hasta la troja donde guardaban maíz y algunos trebejos. Lo acostó encima de unos costales de ixtle y ahí lo dejó mientras le habló a su esposo.

Juan no podía hablar. Balbuceaba algo entre sangre que fluía mejor que palabras.

Al verle, el señor le reconoció y le trajo agua tibia para que se lavara la cara y el cuerpo.

El propietario de la casa donde se quedó lo alimentó y le dieron unas pastillas de mejoral que tenían para el dolor. Le aplicaron unas cataplasmas para disminuir el dolor y bajar lo inflamado del rostro. Ahí se quedó todo el día y ya pardeando el día pudo abrir los ojos y ver que ahí estaba su caballo amarrado como lo había dejado.

Pidió lo apoyara al caminar para llegar hasta su caballo. Lo ayudaron a subir al potro y emprendió camino a su casa. El corcel sabía la ruta de regreso, pues entre ladeos e incomodidades por los dolores, Juan sólo atinaba a arriarlo con leves pataleos.

Azoro y asombro causó a su familia. La esposa adivinó y le adelantó que seguramente lo habían golpeado pues al desnudarlo descubrió que traía mordidas de humano en la espalda y manos. El negaba y aseguraba lo había tirado el caballo.

Dos días duró en su casa y no mejoraba. Todas noches quéjese y quéjese. Sin poder dormir él y su esposa que lo cuidaba. Hasta que ella decidió llevarlo a la ciudad.

Se fueron una madruga en un burro matalote. Lo ensilló su hijo el más grande. Se fueron a tomar el camión a San Marcos.

En la ciudad, lo ayudó su primo Pablo y lo metió al hospital de la compañía donde lo operó el doctor De Alba. Una intervención quirúrgica en la cabeza para sacarle unos coágulos que le detectaron con unas radiografías. Duró dos semanas de convalecencia en la ciudad. Uno de esos días que estaba en recuperación luego de la operación, su esposa tuvo que salir a visitar a una hermana.

Esta ausencia la aprovechó don Ramón para entrar a hurtadillas y sacar la firma de desistimiento de cargos contra sus hijos Francisco y Asunción a quienes Socorro -por consejo de Elvira- había acusado ante las autoridades de intento de asesinato. ■

*Comunicador.

[email protected]

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