“Sólo el amor engendra la maravilla”, nos dice el cantautor cubano Silvio Rodríguez. Y San Agustín nos dirá: “Ama y haz lo que quieras”.
Pasé un buen rato pensando de qué y cómo escribir, luego del miedo que se esparció en Zacatecas y el país a raíz de los hechos violentos que la semana pasada enlutaron no sólo a 10 familias de nuestra entidad, sino a México.
Y creo que el único camino que nos queda es construir la ruta del amor y la justicia, de las que habrá de nacer una nueva sociedad, un hombre y una mujer nuevos en medio del dolor de los más de 160 mil desaparecidos en México y de los cientos de miles de homicidios que nunca debieron ocurrir en las últimas dos décadas y mucho más atrás.
Ernesto Cardenal, como poeta y profeta latinoamericano, lo dijo con claridad:
“El amor a la belleza me llevó al amor a Dios y eso me llevó a la revolución; el evangelio ya lo dice, la liberación de los pobres y oprimidos. Este mundo debe cambiar, está al revés y lo debemos poner al derecho. Los últimos deben de ser los primeros. Esa es la revolución”.
Así pues, la revolución del amor ha de ser el camino, pues es en el amor donde la vida recobra el sentido y la esperanza vivifica.
En medio de este mundo que grita de dolor, ¿cómo no perder la fe?
Pedro Arrupe, quien fuera padre general de los Jesuitas fue un sobreviviente de la bomba atómica que explotó en Hiroshima, dejando una estela inmensa de dolor y muerte en la Segunda Guerra Mundial y de la que la humanidad aún no aprende y las heridas no terminan de supurar.
Arrupe, quien había estudiado medicina en Madrid, siendo novicio en Nagatsuka, a 6 kilómetros de la hora cero, montó un hospital de campaña donde atendió a más de 150 heridos con quemaduras extremas por la radiación; su fe lo volcó a aliviar el dolor del prójimo y oró en acción en medio del horror.
Cristo acompañó a los desheredados de su tiempo, caminó con ellos y ellas, por nosotros padeció en la Cruz para en la entrega del amor auténtico redimirnos en comunidad en el triunfo de la vida sobre la muerte, no exenta de dolor.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos; bienaventurados los que lloran, porque serán consolados; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados; bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
Estas bienaventuranzas, según el jesuita José Antonio Pagola, nos invitan a mirar la vida con compasión acompañada de una promesa: que otro mundo es posible. Y nos dice que quienes hacen suyo este modelo de vida no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno.
Ayer veía de nuevo una de mis películas favoritas, “Los escritores de la libertad”, un grupo de jóvenes de Long Beach, California, que crecieron en un contexto de suma violencia, de odios raciales, a tal punto que el sistema educativo no sólo dejó de creer en ellos, sino que sólo los mantenía en el salón de clases para después regresarlos al mundo que habría de aniquilarlos.
Pero Erin Grewell, maestra de literatura, se inmiscuye en la profundidad del salón 203, donde los jóvenes condenados por las violencias, a través de las letras, reencuentran su sentido con la vida y hacen que su voz se escuche, esa que estaba reprimida en el fondo de sus corazones para renacer y dejar huella, sobre todo después de que leyeron el testimonio de Ana Frank y tras emprender una travesía inusitada. Tras diferentes actividades, llevan a su escuela a Miep Gies, la mujer que la protegió a Ana Frank.
“Usted es mi heroína”, le dice a Miep Gies uno de los jóvenes estudiantes, maravillado ante la presencia de esa mujer buena.
-Yo no soy heroína, sólo hice lo correcto-, le responde al joven al tiempo que insiste en que desde nuestras vidas ordinarias, ya sea como una simple secretaria, como era su caso, o ahí donde te encuentres, puedes convertirte en una pequeña luz de esperanza en medio de la oscuridad.
San Francisco de Asís, en su profunda sabiduría, le pide a Dios: “hazme un instrumento de tu paz… que no busque ser amado, sino amar; que no busque ser comprendido, sino comprender, porque es dando como se recibe, perdonando que se es perdonado”.
Que como sociedad se nos conceda el discernimiento y la fuerza colectiva para juntos construir la ruta del amor, en medio del dolor, pues San Pablo asegura que “ahí donde abunda el pecado, sobreabundará la gracia”.
El papa Francisco enseña que el verdadero amor es concreto, gratuito y cotidiano, centrándose en los hechos antes que en las palabras y en la capacidad de acoger al prójimo sin excluir a nadie.
Que esa sea la ruta que sigamos todas y todos sin distinciones, pues lo único verdaderamente democrático y que nos iguala es precisamente el amor.



