La Gualdra 700 / José Alfredo Jiménez / 100 Años
La escuché por primera en la niñez y la escuché y repetí una y otra vez: Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor. Esta tragedia irrevocable, esa pérdida inmarcesible, me acompañó hasta ahora, forma parte de mi lista de reproducción, que a ciertas horas (inútil mencionarlas) es obligada.
Caí en la noche más profunda cada nueva playlist, otro nuevo inicio; otra vez la misma, ella, la de siempre, la de las noches y el tequila por tomar: “ultimadamente, a mí el amor me aburre; yo me largo”, dijo un soberbio Pedro Infante, justo antes de cantar Ella, con botellas vacías, hermanando con Antonio Badú el momento exacto de la derrota.
Nadie podría sintetizar el asombro de la derrota como él, con la sutil inteligencia emocional, perfecta; me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero; el hombre que se agota, que se agosta; la virilidad quebrada, la mansedumbre, la confesión que lo vence; las cosas del mundo le estaban dadas al tenerlas, pero nunca pensó perder: al igual que para Schopenhauer, para José Alfredo Jiménez la satisfacción o felicidad (de alguna vez haber tenido a “ella”), terminaría en un dolor. Sus canciones, casi todas, reconocen el mundo y lo representan. El ciclo de la vida: comienza y termina llorando.
Sigo caminando con la noche a cuestas. Somos casi uno, la sombra de la resignación, pero del rencor vivo, de la desolación disfrazada de altivez, que se fisura muy pronto: No podía despreciarme, era el último brindis de un bohemio, con una reina; los mariachis callaron, de mi mano sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta, ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito, que aquella noche, perdiera su amor. Había aún un breve gesto de conmiseración, una lástima antes de la caótica despedida.
Las experiencias personales son intransferibles. No hay manera de enseñar a nadie mediante nuestros propios recuerdos o memorias: acaso, podrías recrear una situación, hacer un símil, pero nunca exactamente igual. José Alfredo, a diferencia de esto que digo, sí nos enseñó y nos dio un manual de la tragedia y el amor, de la vida y de la muerte. Aprendimos del desdén y el desamor por él, y cuando nos ocurre de verdad, compartimos el sentimiento atemporal de la caída, del beso no dado, de la emoción rota y pateada, de la mujer de la que “sólo nos queda un clavo fijo en la espalda, y algo tenue y acre, como el aroma que guarda el revés de un guante olvidado”.
Y hay quienes pasamos de Catulo a José Alfredo sin el mayor esfuerzo. Leemos al primero y cantamos al segundo. Lo universal en ambos es el punto de encuentro: el amor, el tiempo y la muerte (claro, y sus contrapartes). José Alfredo es y ha sido y será nuestro amigo, el confidente, y hoy, a un centenario de su nacimiento, valdría pensar en sus cien años de soledad.
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