La Gualdra 717 / Cine / Festival de Cannes 2026
[En la sección Una cierta mirada, en Cannes]
Siempre soy tu animal materno es el segundo largometraje de la realizadora franco-costarricense Valentina Maurel, presentado en la sección Una cierta mirada. La película teje una multitud de conexiones con su filme anterior, Tengo sueños eléctricos, que fue ampliamente premiada en el festival de Locarno, hasta aparecer como una especie de variación de la primera.
Idas y vueltas
Elsa, la protagonista, regresa a Costa Rica tras sus estudios universitarios en Bélgica. En la primera secuencia, la voz over de su novio europeo lee la carta de despedida temporal que él le escribió. La termina con la descripción del efecto que le produce la inmersión en un país que dice sentir suyo, cuando se sumerge en “la bocanada de aire caliente” de San José.
Una parte de esa bocanada la recibe también el espectador de la anterior Tengo sueños eléctricos, al reencontrarse con la capital costarricense, pero también con un mundo ficcional cuyas coordenadas reconoce. Se intuye también una continuidad, quizás autobiográfica, con el viaje de ida y vuelta a Bélgica como un eco de la doble nacionalidad de la propia realizadora.
El juego de espejos ficcional, más allá de la inclusión en un espacio urbano a la vez acogedor y amenazante, pasa también por el reencuentro con alguno de los actores de la cinta anterior, que retoman los mismos roles, como la protagonista (interpretada por Daniela Marín Navarro) y su padre (Reinaldo Amien). Tengo sueños eléctricos esbozaba un retrato tenso y hasta físicamente violento de la relación entre la hija adolescente y su padre, que basculaba entre la dulzura de la poesía y la brutalidad de una personalidad enajenada.
De madres e hijas
En Siempre soy tu animal materno esta relación se muestra más apaciguada, dejando de lado las chispas edípicas que prendían el incendio emocional. Aquí, el conflicto se desplaza hacia las mujeres de la familia, esculpiendo un triángulo entre la protagonista, su hermana y su madre, de manera más contenida pero igualmente tensa.
En su centro se plantea la posibilidad de la emancipación de una sexualidad femenina más reprimida de lo que puede sugerir un otrora escandaloso poemario escrito por la madre, una evocación gráfica de su despertar sexual como adolescente, mientras que la hermana ha dejado los estudios para encerrarse en la casa familiar con unos pandilleros y dar rienda suelta a su creencia en lo sobrenatural.
La secuencia inicial, marcada por la utilización del free jazz en una ciudad que embarra el deambular de la protagonista, se detiene en las paredes de la casa familiar marcadas por una pintada acusatoria, “puta”, inversión de las que celebraban inocentemente el amor del filme anterior. Señala la estigmatización de un país sumido en contradicciones, entre una celebración liberal de la sexualidad y una moral de la imposibilidad del amor fuera del matrimonio.
Para superar esta contradicción, cada una de las protagonistas intenta encontrar un espacio propio construyendo sus propias mitologías, ya sea en la superstición, la racionalidad o la poesía. La cámara encierra a los personajes y a los cuerpos, de la misma manera que la hermana dispone líneas de sal en el suelo para evitar que los espíritus, propensos a la violación, posean a los cuerpos más allá de su propia voluntad.
Siempre soy tu animal materno plantea la difícil emancipación del deseo femenino, añadiendo una capa cultural, las tensiones entre países vecinos (Costa Rica y Nicaragua) y la superioridad de un modo de vida europeo, que acaba siendo un callejón sin salida como el resto.



