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El SPAUAZ en la encrucijada

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

I.- Las ideas. Para Jacques Ranciere (“Disenso” (2019), FCE, México) la “policía”, lo “policíaco” es acerca de un “reparto de lo sensible”. Por “sensible” se remite a lo que se escucha, se ve, se “siente”, y “reparto” significa una serie de decisiones que toma alguien de alguna manera, para establecer quienes, qué grupos o personas tienen la dignidad para ser escuchadas, vistas, en suma “sentidas”. Por su parte, la “política” es el desafío directo a la policía. A esa distribución de dignidades definida en concilios secretos o “extraños” por quienes se arrogan la capacidad de hacerlo porque, en fin, son quienes son. ¿Por qué, en primer lugar, se elige no “ver”, “escuchar”, no considerar a alguien o algo? ¿Por qué, en segundo lugar, estas decisiones no involucran un “modo de vida”? Cuando un grupo, o asociación de grupos excluye a otros lo hace por ciertas razones. En estas se condensa y define una “forma de vida”, un “saber hacer”, una cierta “relación con las cosas”. Quien, o quienes, son excluidos lo son por su manera de ser y hacer, de relacionarse con, debido a una particular estructuración de la realidad que se manifiesta en opiniones que ni siquiera deberían ser escuchadas. Y es por esto que no deben influir ni determinar. Por decisión unilateral de la policía no existen, no deben existir y si por cualquier razón “están ahí”, deben ser evacuados. La política, y esto ya no es Rancieresino Carl Schmitt, surge ahí en ese suelo donde las diferencias ya no son conciliables, porque en su esencia se fundan en un modo de vida. Raciere propone recomponer la idea de “modo de vida” a otro nivel de discusión, con lo que quiere entrar en diálogo con Hanna Arendt y Leo Strauss.

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II.- Nuestro presente. La comisión electoral del SPAUAZ no es resultado de ninguna lógica o espíritu democráticos. Por el contrario, en abierta violación a los principios estatutarios, ese órgano es la última carta de las oligarquías que se reclaman, por herencia estatal o cualquier otra irracionalidad semejante, dueñas de la universidad, para imponer su visión obsoleta del sindicato y la institución educativa. A tal reunión de “notables”, la secretaria general del SPAUAZ la nombró “fuerzas universitarias”, pero resulta mejor “fuerzas extrañas”, pues representan ese punto de quiebre entre la razón democrática y el mero autoritarismo policiaco. ¿Por qué “policíaco”? la pregunta se responde con otra pregunta: ¿quién determinó que esas “fuerzas extrañas”, esos grupos reales o supuestos, son los únicos que deben definir la vida sindical? ¿no está en los estatutos que es la Asamblea General el órgano de discusión y decisión donde esos grupos, si existen, se manifiestan? Resulta claro, para los observadores agudos de la vida sindical, que es la continuación de la política policiaca de quienes detentan la dirigencia del sindicato y definen que son ellos, y no los agremiados, quienes establecen cómo gastar el dinero, nombrar representantes, incluir o excluir del padrón, quién sí y quién no debe estar en tal o cual comisión. Un claro reparto de lo sensible. Amparados en ellos mismos y sus fantasías sueñan con que no hay más nada que eso pactado en la oscuridad. Pero la “política” los rebasa, eso que excluyen no desaparece por voluntad de nadie. Aquello que ignoran no deja de existir y creerse “fuerzas” no los hace tales. La “política” consiste en desafiar, transfigurar, irrumpir y rasgar ese orden imaginario, ese espacio pleno instaurado por grupos vinculados a modos específicos de hacer o de simular que hacen. Ahí donde la policía dice “no”, nosotros decimos “sí”. Es este disenso lo que constituye el “espacio político”. Resultó claro el mismo durante la larga discusión acerca de los estatutos sindicales, que es, de fondo, un desacuerdo acerca de cómo se debe vivir y convivir en el SPAUAZ. Aquellos de mentalidad bajamente policial insistían en “castigar”, “penaliza”, “expulsar”, “vigilar”, “suprimir”, mientras que los libertarios, los portadores de la “política”, preferían abundar en articular la voz de quienes no participan, no votan, no aparecen pero que son el sujeto democrático mismo. Este es el motivo de fondo por lo que esos estatutos ganaron el plebiscito: logran convocar a las bases. En tanto que el proyecto policiaco naufragó por su incoherencia política e intelectual. Aunque persiste como remora contra las auténticas libertades sindicales.

III La crisis. El sindicato está en declive porque se determina bajo la égida de las “fuerzas extrañas” y el supuesto consenso para anular la política. Para execrar esa actividad prefieren denominarla un “conflicto”, y a quienes en este participan “violentos”. Ni lo uno ni lo otro: es el proceso democrático mismo, la intervención de quienes no se quiere que participen. Para la policía el único proyecto sindical es la exclusión. Esto es la decadencia misma del SPAUAZ: perder la vocación democrática y mantenerse como instrumento de grupos. 

IV Conclusión. Perder una vocación no significa que no se pueda recuperar, de la misma manera que simular un consenso no implica que el disenso puede eliminarse. Ante un sindicato endeudado y corrupto, con posibles malos manejos administrativos e ineficiente no queda sino inconformarse, que es la auténtica democracia.

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