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martes, 29 noviembre, 2022
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1985

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA •

Hay muchas historias, pero yo me quedo con la de mi hermano, a quien admiro y agradezco tantas y tantas lecciones de fortaleza y de vida. Él fue uno de los rescatistas improvisados durante el sismo que azotó a la Ciudad de México en 1985. Yo era pequeño, los recuerdos son borrosos, pero no por eso imprecisos, antes claros, porque fue el 19 de septiembre cuando muchas personas perdieron la vida, la tierra se abrió y los tragó, tal como me tocó verlo desde la ventana del pequeño departamento donde vivíamos, con la protección de mi padre, quien en ningún momento dejó de ver por nosotros.

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Mi hermano salió de casa una vez pasado el terremoto, se juntó con varios de sus amigos de la colonia y se ofrecieron como rescatistas, así, sin más, sin tener ningún tipo de preparación o equipo, en esos momentos todo consistía en empujar las piedras con desesperación, en cargar los ladrillos aunque sangraran las manos, en esforzarse ahí donde aún se escuchaba un leve respiro, sinónimo de que tras tanta muerte había vida, porque eso y no otra cosa hacían los que rescataban a las personas: perseguir la vida en un páramo donde la muerte y la desolación habían hecho de las suyas.

Tenía ocho años y a esa edad no entiendes cómo funciona el mundo, y un suceso como el terremoto me parecía más cercano a una de las tantas aventuras de ciencia ficción de las que entonces leía en revistas, periódicos o veía en películas. Muy pronto sabría que la realidad se impone con paso firme y que cuando el mundo abre sus fauces no sólo lo hace para causar desgracias, sino para afirmar que la solidaridad entre las personas es mayor que sus gobernantes.

Ahora mismo se me aparece la imagen. Mi hermano regresó después de una larga jornada, venía lleno de tierra y polvo, y fue cuando me percaté del olor. Si bien ahora mismo se me aparece la imagen no así los olores, no sé cómo describirlos, pero eran unos olores penetrantes, como de alcantarillas mezclados con otros aromas aún más sucios. No hice ninguna pregunta, no era el momento de hacerlas, no tenía edad para hacerlas.

Pronto me enteré que los olores que despedía mi hermano eran de muerto, de ese instante en que todo ocurre y la muerte llega intempestivamente para arrebatar vidas. Y lo vi llorar. No sé si me entiendan, era el hermano mayor de tres, el fuerte, el mejor jugador de futbol, de basquetbol, de futbol americano, y verlo ahí hecho trizas, derrotado por lo que acababa de acontecer me dejó más de una lección de vida.

No recuerdo cuántos días más tarde ocurrió, pero llegamos en compañía de mi padre y de mi madre a una iglesia de la que ahora tan sólo recuerdo el gran jardín, pues para la mala suerte de mi hermano le había tocado ser chambelán en unos 15 años que pese a la fatalidad de la ciudad no se iban a cancelar.

Entramos, y al salir mi hermano se soltó a llorar aun con mayor fuerza que en la primera ocasión, mi madre y mi padre lo abrazaron y él únicamente repetía que no había podido sacar a más personas, ése era su dolor, esa era su inexplicable culpa, porque, viéndolo de otra manera no había culpables y de encontrarlos habría que atribuirlo a un infeliz fenómeno natural que no sólo deja su furia entre los hombres sino que también les deja más de una lección, como me la dejó a mí: la sociedad se organizó, de mano a mano, de hombro a hombro, y si ya de por sí había bastantes muertos bajo los escombros, muchos rescatistas también perdieron la vida en un fútil intento por rescatar lo que para esos momentos ya era insalvable, carente de vida.

A treinta años del sismo en la Ciudad de México hay quienes hoy en día se burlan de la capacidad que tuvo la sociedad civil para organizarse y ayudar, habría que recordarles que sin esa gente, sin mi hermano, habría sido mucho mayor el número de muertos, supongo que a ellos les causa una gracia siniestra porque su ceguera no les permitió verlo directamente, porque no alcanzaron a ver cómo cientos de personas por primera vez se organizaban sin dirigente y sin interés alguno, por el sólo hecho de salvar vidas, algo ocurrió en ese momento con la sociedad, acaso comprendió que la organización no depende de ningún partido político, y que, si se lo propone, es capaz de dar tremendas volteretas al país, la sociedad se transformó desde ese punto, y no, señores, no le debemos a Carlos Monsiváis el término que impuso en sus mejores crónicas, se lo debemos a los tantos y tantos que salvaron lo que quedaba bajo los escombros, se lo debemos a hombres, como mi hermano, tallados con una madera distinta a la que la podredumbre de la sociedad nos acostumbra. ■

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