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El Mundial que no debió ser

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

Cuando la FIFA anunció que México, Estados Unidos y Canadá organizarían conjuntamente la Copa del Mundo de 2026, la decisión fue presentada como una celebración de la integración regional. El futbol aparecía como un puente capaz de unir fronteras, economías y culturas. Sin embargo, a unas horas del silbatazo inicial, la realidad parece haber alcanzado a la narrativa oficial.

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Pocas veces una Copa del Mundo había llegado tan cargada de tensiones políticas, diplomáticas y sociales. Lo que debía ser una fiesta global se ha convertido en un espejo de las contradicciones de nuestro tiempo.

Desde el principio existían razones para la prudencia. México aceptó formar parte de una candidatura trinacional en medio de un contexto complejo para la relación con Estados Unidos. La apuesta suponía estabilidad política, coope

ración regional y una visión compartida de futuro. Los años posteriores demostraron que esos supuestos eran mucho más frágiles de lo que parecían.

La irrupción nuevamente de Donald Trump en el centro de la política estadounidense ha transformado el escenario. Sus constantes referencias a México desde una lógica de confrontación, sus amenazas de medidas unilaterales y la utilización del tema de seguridad como herramienta política han terminado por contaminar inevitablemente el ambiente de una Copa del Mundo que pretendía simbolizar cooperación y entendimiento.

A ello se suman conflictos internacionales que han terminado alcanzando al torneo. Las controversias relacionadas con delegaciones provenientes de regiones en conflicto, las restricciones impuestas a determinados participantes y las decisiones que han despertado cuestionamientos sobre trato desigual reflejan una realidad incómoda: la geopolítica ha entrado de lleno al terreno de juego.

Tampoco la FIFA sale bien librada. El organismo que durante años se presentó como defensor de la universalidad del futbol enfrenta cuestionamientos por el elevado costo de los boletos, los mecanismos que favorecen la reventa y las crecientes limitaciones para que amplios sectores de la población puedan seguir los partidos mediante televisión abierta. El Mundial parece cada vez más un producto exclusivo y cada vez menos una celebración popular.

En México, además, el torneo coincide con conflictos internos que inevitablemente adquieren dimensión internacional. Las movilizaciones del magisterio, los desafíos de movilidad en las ciudades sede, los retos logísticos y la permanente discusión sobre seguridad forman parte de una realidad que ningún evento deportivo puede ocultar. Por si fuera poco, las alertas emitidas desde Estados Unidos respecto a determinadas regiones mexicanas terminan alimentando una narrativa negativa precisamente cuando millones de personas tienen los ojos puestos sobre nuestro país.

La paradoja es evidente. El Mundial fue concebido para mostrar una Norteamérica integrada y fuerte. Lo que estamos observando es una región marcada por la desconfianza, las disputas políticas y los intereses nacionales enfrentados. La cancha sigue siendo la misma, pero el contexto ha cambiado radicalmente.

Quizá por eso esta Copa del Mundo deja una pregunta incómoda: ¿fue realmente una buena idea organizar el torneo más importante del planeta en medio de un escenario internacional tan convulso?

Tal vez dentro de algunos años recordemos los goles, las figuras y los campeones. Pero antes de que rodara el balón, este Mundial ya había hecho historia por otra razón: exhibir que ni el deporte más poderoso del planeta puede escapar a las tensiones de una época marcada por la incertidumbre. Lo que debía ser una celebración de la integración terminó convirtiéndose en el retrato de un mundo cada vez más dividido. Y quizá esa sea la verdadera historia del Mundial que no debió ser. 

Jaime Enrique Cortés Acuña.

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