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miércoles, 29 junio, 2022
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Oriente y Occidente (primera parte)

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Por: Boaventura De Sousa Santos •

Al igual que ocurre con los puntos cardinales norte y sur, Oriente y Occidente son mucho más que orientaciones geoposicionales; son dispositivos culturales, conceptos, metáforas, que expresan imágenes positivas o negativas, que solo pueden entenderse en el espejo una de la otra. Las imágenes positivas implican ideas de superioridad, originalidad, fascinación, armonía, civilización, belleza y grandeza; mientras que las imágenes negativas evocan lo contrario de estos calificativos. Las imágenes se basan en binarismos, pero a veces combinan ideas contradictorias, como por ejemplo la fascinación y el horror. La construcción de las imágenes depende siempre del punto de partida, oriental u occidental, de quien las proyecta. La longevidad de la contraposición entre Occidente y Oriente en la cultura y en las relaciones internacionales es tal que se ha convertido en un arquetipo, una especie de inconsciente colectivo junguiano que aflora en la conciencia de múltiples formas, siempre que las circunstancias lo permitan. Tal vez estemos entrando en el período en que este arquetipo volverá a aflorar; por ello, la relación Occidente-Oriente merece ser revisada.

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Las relaciones entre Oriente y Occidente se remontan a más de 4.000 años. Están muy presentes en la Antigüedad griega, en la Biblia, en las Cruzadas. Los flujos de bienes y personas caracterizaron estas relaciones durante muchos siglos en el espacio-tempo que más nos interesa, Eurasia, esa inmensa masa de tierra situada entre el Cabo de la Roca y el extremo sureste de la península de Malasia. 92 países, con Rusia y Turquía divididas entre una parte europea y otra asiática. Los viajes portugueses por vía marítima a la India y luego a China y Japón, al mismo tiempo que alteraron los circuitos comerciales, permitieron una enorme expansión de los conocimientos. Las Conversaciones sobre los simples, las drogas y las sustancias medicinales de la India, de Garcia de Orta, editado en Goa en 1563, es un ejemplo notable de esta expansión. En los siglos siguientes, el interconocimiento se profundizó y, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, dominó la curiosidad y, a veces, la admiración recíproca. Durante todo este tiempo, las mejores telas, porcelanas y otros utensilios venían de China y de la India. Hasta principios del siglo XIX, China era la gran potencia comercial. En el siglo XIX, todo comenzó a cambiar en el lado europeo. Desde la Revolución industrial (década de 1830) hasta la Conferencia de Berlín (1884-85), que procedió al reparto de África por las potencias europeas, Europa (entonces equivalente a Occidente) confirmaba a escala global su poder político, económico y militar. En sus clases de historia, Hegel es el primero en teorizar esta superioridad como expresión de la progresión del espíritu de la historia, de Oriente a Occidente. Sería en Occidente donde culminaría esta progresión, simbolizada en el Estado prusiano. Dice Hegel: «La historia mundial viaja de Oriente a Occidente; por eso, Europa es el fin absoluto de la historia, tal como Asia es el comienzo». Es en este mismo período que la cultura griega se separa de sus raíces africanas y asiáticas (Alejandría, Persia) para servir como fundamento puro y exclusivo de la excepcionalidad europea. Esta lectura sigue siendo dominante hoy en día, pero ha sido cada vez más cuestionada.

En este texto me refiero solo a dos revisiones influyentes, ambas hechas en el lado occidental. Muchas otras se han hecho en el lado oriental y, además, están disponibles en idiomas accesibles. La primera revisión es de Edward Said en su obra Orientalismo, publicada en 1978. Said analiza la forma en que los occidentales han ido caracterizando a Oriente, destacando las diferencias, concibiéndolo como un otro tan diferente como negativamente evaluado. Said no se propone caracterizar a Oriente, sino la forma en que este ha sido caracterizado o imaginado por la cultura y la política occidentales. Analiza fundamentalmente el mundo árabe y muestra cómo la caracterización siempre ha estado al servicio del colonialismo europeo. Los orientales son concebidos como bárbaros, primitivos, violentos, despóticos, fanáticos y culturalmente estancados. Su único camino de redención o civilización es adoptar las ideas progresistas de Occidente. Said muestra cómo esta narrativa dice más sobre los occidentales que sobre los orientales. Por ejemplo, la obsesión con la forma en que se trata a las mujeres en Oriente es reveladora de las obsesiones occidentales a este respecto. En tiempos recientes, algunos lectores de Said han tratado de reconstruir la imagen de Occidente que surge de la preocupación por resaltar todo aquello a lo que se contrapone. Desde mi punto de vista, el mérito de Said es mostrarnos que a lo largo de la historia se han creado estereotipos sobre el otro, en este caso el «oriental» o el «árabe», y que estos estereotipos fueron utilizados para justificar la invasión, la colonización y la dominación política. Influenciado por la concepción del poder-saber de Foucault, Said muestra que la cultura a menudo ha funcionado como justificación del imperialismo. Por ejemplo, la narrativa de la homogeneización y demonización del otro islámico es deconstruida por Said, al mostrar la enorme diversidad interna del islam.

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