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lunes, 8 agosto, 2022
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Despertar en la IV República: Porfirismo contemporáneo

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Por: JOSÉ AGUSTÍN ORTIZ PINCHETTI •

El recuerdo de Porfirio Díaz, quien gobernó a México entre 1876 y 1911 se ha diluido. Ni siquiera hay quienes reclamen que sus huesos deben venir a descansar junto a su madre en Oaxaca. Sin embargo, su ejemplo político duró mucho más. Los revolucionarios, formados durante su reinado, lo imitaron, a la vez que lo maldecían como dictador. Los constituyentes del 17 leyeron con atención La Constitución y la Dictadura, de Rabasa, porfirista de pura cepa. Después, la sombra de Díaz se extendió y los primeros gobiernos revolucionarios copiaron sus métodos. Esto culminó con el establecimiento de un presidente monarca y un partido único, tan parecidos al régimen de Díaz, que un escritor chocarrero como Daniel Cosío, le llamó a este largo periodo, de 1929 a 2000 o como dicen otros de 1929 a 2018, Doña Porfiria y duró claramente más que el porfiriato.

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El régimen neoporfirista del PRI-gobierno reprodujo cada vez más intensamente la política económica liberal de Porfirio, generando una desigualdad social grave, pero también se le puede atribuir la pacificación y la estabilidad que gozó el país, máxime cuando la fórmula de Lázaro Cárdenas se convirtió en una regla de oro: el presidente sería un monarca que concentraba todos los poderes y con la facultad de designar a su sucesor, pero debía retirarse después de terminar su mandato a la penumbra sabiéndose impune. Esto duró sin que pueda haber duda por lo menos hasta 2000 y luego comenzó a modificarse lenta y dolorosamente.

El partido único se convirtió en una alianza de dos partidos conservadores, pero el presidente conservó sus poderes declinantes hasta terminar en un cambio de régimen en 2018. A partir de entonces se establece otra vez un Ejecutivo fuerte, pero se respetan como nunca las libertades públicas y el juego o los equilibrios entre los poderes, al punto que el Presidente ha perdido numerosas veces juicios importantes y votaciones legislativas significativas.

Cabría preguntarnos hasta qué punto podremos mantener el ideal maderista de la no relección, el sufragio efectivo y un Ejecutivo fuerte al que parece abocarse nuestra historia y hasta qué punto las fuerzas políticas y las instituciones pueden contrapesar al Ejecutivo y darnos una vida democrática. Si así fuera terminaría la influencia porfírica y quizá podríamos darnos el lujo de que los huesos de don Porfirio descansen en Oaxaca y no en Montparnasse, París.

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