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La deshumanización como espectáculo

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Por: Inés Ortiz Villagómez •

Ya no se trata solo de ejercer la violencia, sino de exhibirla y celebrarla públicamente. No solo se asesina: se reivindica la muerte en nombre de la democracia. En ese desplazamiento, lo inaceptable deja de ocultarse y se convierte en norma.
Nunca imaginé que, a mis sesenta y tantos años, sería testigo de un mundo en el que el horror no solo se institucionaliza, sino que se normaliza y se exhibe con absoluta impunidad.

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Hoy las élites dominantes se jactan abiertamente de los asesinatos cometidos en esta guerra contra Irán —como ya ha ocurrido, de forma devastadora, en Gaza y también en el Líbano— en nombre de la democracia.
En el llamado mundo civilizado, no habíamos vivido —creo— una situación en la que el descaro y la ausencia de ética y de humanismo se manifestaran de forma tan brutal.

El problema no es únicamente la violencia en sí misma —que ha acompañado a la historia humana en múltiples formas—, sino la transformación del lenguaje moral que la rodea. Lo que resulta verdaderamente perturbador en el escenario actual es la naturalización de la eliminación de vidas humanas bajo categorías que, históricamente, estaban asociadas a valores universales: democracia, libertad, derechos humanos.

Cuando quienes detentan el poder político y mediático no solo justifican, sino que celebran abiertamente acciones que implican la muerte de civiles —como los ataques a escuelas, espacios deportivos y ciudades enteras, así como la devastación del patrimonio histórico—, se produce una inversión ética radical. El bien deja de ser un principio universal y pasa a convertirse en un instrumento discursivo moldeado según intereses geopolíticos.

Este fenómeno no es nuevo, pero sí ha alcanzado un grado de explicitud pocas veces visto. En otros momentos de la historia contemporánea —Irak, Yugoslavia, Libia— existía al menos un esfuerzo por construir narrativas que encubrieran o atenuaran la violencia. Hoy, en cambio, asistimos a un cinismo desprovisto de pudor: la violencia no se oculta, se exhibe; no se lamenta, se justifica; no se problematiza, se normaliza.

Ahí se manifiesta el signo más claro del deterioro moral: no solo el conflicto en sí mismo, sino la desaparición de límites éticos en su justificación. Además de iniciar una guerra —acto en sí mismo inadmisible, más aún cuando se basa en supuestos o acusaciones no verificadas—, lo verdaderamente grave es la ruptura deliberada de acuerdos para dar paso a un ataque, como si los compromisos no fueran más que instrumentos descartables al servicio del poder.

Pero hay algo aún más grave: hoy se jactan públicamente de los asesinatos de líderes. Ese es el rasgo más perturbador de nuestro tiempo. Antes, al menos, se cuidaban las formas; existía cierta conciencia del límite, incluso en la violencia.

Ahora no. Hoy matar se exhibe en las cámaras y se proclama en los discursos —en boca de presidentes, ministros y portavoces— como un acto de civilización, y la destrucción como una forma legítima de orden. En ese desplazamiento brutal del lenguaje, lo que se erosiona no es solo la política internacional, sino la propia noción de humanidad compartida.

Estamos, en ese sentido, ante una forma de locura colectiva. No una locura entendida como irracionalidad caótica, sino como un proceso más inquietante: la capacidad de una sociedad para aceptar como normal aquello que, en otro tiempo, habría sido considerado inaceptable. Cuando la destrucción y la pérdida de vidas humanas dejan de provocar indignación y comienzan a generar justificación —o incluso aprobación—, lo que se quiebra no es solo el juicio político, sino la sensibilidad moral misma.

El silencio —o la relativización de la violencia y de sus consecuencias— de amplios sectores del mundo que se autodefine como “civilizado” agrava aún más la situación. Ese silencio no es neutro: es un silencio que otorga, que convalida, que se vuelve cómplice. Porque no se trata solo de quién actúa, sino de quién justifica, quién calla y quién termina aceptando lo inaceptable.

Además, aparece una pregunta inevitable: ¿qué estamos dispuestos a legar a las generaciones futuras? Si lo que hoy se normaliza es la deshumanización, si la violencia se convierte en espectáculo y el crimen en discurso, ¿no estaremos heredando un mundo en el que la pérdida de humanidad deje de ser excepción para convertirse en condición? Tal vez ese sea el riesgo más profundo: no solo lo que ocurre ahora, sino aquello que estamos enseñando a aceptar.

Como escribió Forough Farrokhzad, una de las voces más destacadas de la poesía iraní moderna de mediados del siglo XX, autora de Otro nacimiento: «و قلبم / به سردی یک خیابان در زمستان شده است» —“Y mi corazón se ha vuelto frío como una calle en invierno”.

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