Cada generación hereda una Marcha del Orgullo distinta. La que hoy recorrerá las calles de Zacatecas también heredó preguntas. En los últimos días, las redes sociales se han inundado de publicaciones sobre una edición que espera reunir a cerca de ocho mil personas. Aunque el mes del orgullo suele asociarse con junio, en Zacatecas la historia ha seguido otro calendario: desde hace veinticuatro años, julio se ha convertido en el mes en que la Marcha del Orgullo toma las calles de la capital. La edición de este año llega precedida por un intenso debate entre colectivos y activistas sobre la autonomía del movimiento y su relación con las instituciones gubernamentales.
Las preguntas sobre el sentido de la Marcha del Orgullo no son nuevas. En México, la organización de las personas homosexuales surgió como respuesta a la persecución, las redadas y la exclusión, y desde entonces la relación entre el movimiento, el Estado y las instituciones ha dado lugar a discusiones recurrentes. Basta volver a leer el título del primer manifiesto del movimiento homosexual mexicano, publicado en 1975: Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco. En esas palabras cabe una época en la que la existencia misma de las personas homosexuales era tratada como un asunto policial. También una pregunta que, con el paso de los años, sigue acompañando al movimiento: ¿cómo debe relacionarse una causa nacida desde la resistencia con el poder? Tal vez nunca exista una respuesta definitiva. Sin embargo, el debate de estos días me llevó a formular otra pregunta que considero todavía más importante: ¿qué comunidad estamos construyendo?
Podríamos pensar que la marcha tiene un mero propósito de visibilización. ¿Y si hiciera algo más que hacernos visibles? La Marcha del Orgullo posee un enorme potencial para construir comunidad. Antes de su realización existen miles de personas con historias distintas que, al compartir el espacio público, se reconocen, descubren que forman parte de algo mayor, conocen otros colectivos, escuchan consignas, encuentran otras expresiones de la diversidad y, por supuesto, también experimentan desacuerdos y afinidades. La comunidad, entonces, no llega terminada a la marcha; también se construye en ella.
Quizá por eso las discusiones que rodean a la marcha merecen leerse con otra profundidad. Durante semanas hemos hablado sobre recorridos, convocatorias, instituciones y organizaciones. Vale la pena detenernos un momento y mirar hacia otro lado. Hemos aprendido a organizar marchas. La pregunta es si también estamos organizando conversaciones. Porque la forma en que discutimos el orgullo también termina diciendo algo sobre la comunidad que estamos construyendo.
Conocí la Marcha del Orgullo cuando era estudiante de preparatoria. Marché junto a mis amistades del área de Humanidades y, por primera vez, sentí que aquello que durante años había vivido en silencio también tenía un lugar en el espacio público. No sabía mucho sobre la historia del movimiento. Sólo sabía que, por unas horas, dejaba de sentirme solo. Con el tiempo llegaron las lecturas, la investigación y el activismo. Comprendí que la marcha nació de una historia de persecución, organización y resistencia. Esa conciencia transformó mi manera de verla. Desde entonces me cuesta pensar el orgullo únicamente como una celebración.
No escribo estas líneas desde la nostalgia ni desde la descalificación. Cada generación vive el orgullo de manera distinta y encuentra en él motivos propios para participar. Quien marcha por primera vez quizá busca el mismo reconocimiento que yo encontré hace algunos años. Quien lleva décadas haciéndolo probablemente carga otras preguntas. La celebración conserva su fuerza cuando recuerda aquello contra lo que un día tuvo que levantarse.
Tal vez la discusión que hoy vivimos en Zacatecas sea menos excepcional de lo que parece. Los movimientos sociales cambian porque las personas cambian. Surgen nuevas demandas, nuevas generaciones y nuevas maneras de entender la diversidad. También cambian las conversaciones. Algunas se amplían; otras se empobrecen. Lo preocupante no son las diferencias; una comunidad siempre las tendrá. Me inquietaría más dejar de hacernos preguntas. Cuando eso ocurre, la memoria comienza a ocupar cada vez menos espacio y los símbolos empiezan a bastarse a sí mismos. Ojalá nunca llegue el día en que recordemos la bandera y olvidemos por qué alguien tuvo que levantarla.
Los rituales también necesitan memoria. Las marchas, las banderas, las consignas y los colores condensan una historia. Esa historia necesita volver a contarse una y otra vez. De otro modo, la costumbre termina ocupando el lugar de la memoria. Y cuando la costumbre sustituye a la memoria, resulta cada vez más difícil explicar por qué hacemos lo que hacemos. Por eso el debate no tendría que asustarnos. Las comunidades que dejan de hacerse preguntas suelen terminar repitiendo respuestas. La unidad no consiste en pensar igual, sino en conservar la disposición para seguir conversando, incluso cuando las diferencias incomodan.
Quizá el mayor desafío del movimiento no sea la marcha de este año. Tampoco la del siguiente. Pienso más bien en los otros trescientos sesenta y cuatro días. Las leyes pueden reconocer derechos. Los gobiernos cambian. Los símbolos se multiplican. Las comunidades, en cambio, necesitan tiempo, memoria y conversaciones para sostenerse. Dentro de unas horas las calles volverán a llenarse de banderas, música, abrazos y consignas. Ojalá también se llenen de memoria. Ninguna generación empieza de cero: todas reciben una marcha que alguien más construyó. Algún día otras personas heredarán la nuestra. La pregunta es qué comunidad encontrarán cuando llegue su momento de marchar.



