La Gualdra 712 / Río de palabras
Por Juan Carlos Macías Berumen*
En una tarde particularmente fría y lluviosa, al retirarme de la biblioteca en la Cámara Radcliffe, pasé mi tarjeta de estudiante por el lector de la puerta principal, escuché el pitido que indica que ésta se abrirá y guardé la credencial en la cartera sin darle importancia alguna, igual que lo hacía todos los días. Apenas di unos pasos fuera del edificio, me di cuenta de algo que no había notado antes; esa credencial ya tenía un lugar fijo, entre mi licencia de conducir y mi credencial para votar, como si llevara años ahí y no apenas unas semanas. Seguí caminando bajo la lluvia dándole una y otra vuelta a esa constatación mínima.

Mientras avanzaba, pensé en la diferencia evidente que existía entre esas tres tarjetas. Dos de ellas me acompañarían durante años, seguirían siendo útiles, cumpliendo una función específica. La otra dejaría de servir pronto, en cuanto termine la estancia, en una semana o poco más. Aun así, ocupa el mismo espacio, recibe el mismo trato, se guarda con la misma naturalidad. Se me ocurrió entonces que probablemente la seguiría llevando conmigo mucho después de que haya caducado, e incluso puede que la muestre a algunas personas e imitando al Gran Gatsby diga algo como: “siempre la llevo conmigo campeón, es un recuerdo de mis días en Oxford”. La idea me pareció irónica y divertida. Pronto la tarjeta salió de mi mente y mi atención se trasladó a la particular manera de organizar la verdad que tiene Gatsby en la novela a la que le da nombre. Me di cuenta entonces de que, tal como sucede cuando se mira a través de un caleidoscopio, hay ocasiones en que basta sostener la mirada en un punto específico durante cierto tiempo para que el mundo, junto con todo lo que contiene, parezca ordenarse. Claro es que apenas se retire la mirada del pequeño cilindro regresará a él el caos de las cosas sin forma.
Pensé que algo parecido ocurría con esa tarjeta, con la forma en que un objeto deja de cumplir su función inmediata y empieza a adquirir otra, menos práctica, sostenida por la manera en que se lo nombra y se le inserta en un relato. La caminata continuó sin interrupciones. Al llegar a la parada del autobús había demasiadas personas, así que decidí seguir caminando bajo la lluvia. Una vez en el hotel, saqué mi cartera y la dejé en la mesa de siempre, puse agua a calentar y no ocurrió nada más. Sólo me quedó la impresión de que muchas cosas empiezan a existir de otra manera cuando se ordenan a través de una mirada distinta, y de que gran parte de lo que se considera real depende del tiempo que observamos y desde el ángulo en que lo hacemos.
* Estudiante del Doctorado en Estudios Novohispanos, 6ª generación, de la Unidad Académica de Estudios de la Humanidades UAZ.
Referencia de las fotografías:
Cámara Radcliffe de la Universidad de Oxford, fotografía de Juan Carlos Macías B.



