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El voto naranja y la orfandad de la oposición

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

La reciente aprobación del llamado “plan B” en materia político-electoral, particularmente en lo relativo a la contención del gasto público, volvió a exhibir no sólo las tensiones del sistema de partidos en México, sino algo más profundo: la crisis intelectual y estratégica de la oposición tradicional.

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La decisión de Movimiento Ciudadano de votar a favor de una reforma orientada a reducir el derroche de recursos públicos fue leída con mezquindad —y no poca torpeza— por parte del PRI y el PAN. Acostumbrados a una lógica binaria donde oponerse sistemáticamente sustituye a pensar políticamente, ambos partidos reaccionaron no frente al contenido de la reforma, sino frente a la incomodidad de quedar exhibidos.

Porque lo que hizo Movimiento Ciudadano no fue un acto de alineamiento automático, sino algo más elemental y, a la vez, más escaso en la política mexicana: hacer suyo un reclamo ciudadano añejo y generalizado. La crítica al despilfarro en estructuras legislativas locales, al exceso de regidores y a los salarios ofensivos para una sociedad empobrecida no nació en el oficialismo; es una demanda social persistente.

Negarlo o descalificarlo no es sólo un error político: es una muestra de desconexión.

En los últimos años, buena parte de la oposición ha extraviado no sólo el rumbo, sino la capacidad de articular un proyecto alternativo. Su actuación se ha reducido a una consigna vacía: estar en contra de todo y a favor de nada. Pero lo más grave no es la negatividad, sino la ausencia de ruta. Sin propuesta, sin narrativa y sin horizonte, ha optado por el cómodo refugio de la descalificación permanente.

En contraste, el reacomodo del andamiaje político e institucional que ha traído consigo la llegada de Morena al poder ha sido leído con mayor inteligencia por Movimiento Ciudadano. Sin adscribirse al oficialismo, ha optado por una lógica distinta: revisar, comprender y, en su caso, proponer. Es, si se quiere, una forma de oposición funcional: no renuncia a su identidad, pero tampoco se condena a la irrelevancia.

Esa postura lo coloca, incluso, por encima de quienes hasta hace poco se asumían como aliados naturales de la llamada Cuarta Transformación. Tanto el Partido del Trabajo como el Partido Verde evidenciaron, en este episodio, algo más que una simple discrepancia: exhibieron una contradicción de fondo. Lo que en campaña abrazaron como bandera —la austeridad, la eliminación de privilegios, el combate al derroche—, en el momento de traducirse en decisión política concreta, lo eludieron. No es un matiz: es una renuncia. Y en política, las renuncias a los principios que se pregonan no pasan inadvertidas.

Pero si algo resulta particularmente revelador —y en el fondo coherente con su historia reciente— es el papel del PRI en este debate. Ver a un partido que hizo del gasto sin control una forma de gobierno erigirse ahora en defensor de su permanencia no sólo evidencia una contradicción: exhibe una desconexión profunda con el momento que vive el país. Es esa misma desconexión —esa insistencia en defender lo indefendible— la que hoy lo tiene al borde de su propia desaparición. No es un error aislado, es una forma de hacer política que el electorado ya decidió dejar atrás.

El fondo del “plan B”, más allá de sus implicaciones técnicas, apunta a un tema de mayor calado: la reducción de una clase política inerte que, en muchos casos, aporta poco al funcionamiento institucional. La proliferación de diputados locales sin incidencia real y la persistencia de figuras como la del regidor —cada vez más percibida como ornamental— forman parte de un modelo que la ciudadanía ha comenzado a cuestionar con mayor intensidad.

Desde la teoría política, autores como Giovanni Sartori advertían que la calidad de la democracia no depende únicamente de la competencia electoral, sino de la capacidad de los partidos para representar intereses reales y construir alternativas viables. Una oposición que renuncia a esa tarea termina por vaciarse de contenido.

En otras latitudes, las experiencias de oposición inteligente han demostrado que es posible disputar el poder sin caer en la negación sistemática. La adaptabilidad, lejos de ser traición, es condición de supervivencia política.

En México, la disyuntiva es cada vez más clara: o la oposición abandona la inercia reactiva y asume una lógica propositiva, o seguirá transitando hacia su propia irrelevancia.

Movimiento Ciudadano, con esta decisión, ha entendido algo que otros se niegan a aceptar: en tiempos de cambio, no basta con resistir; hay que saber leer el momento y actuar en consecuencia.

Al final, la política también tiene memoria. Y hay posturas que no se olvidan: se acumulan. 

Jaime Enrique Cortés Acuña.

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