La Gualdra 699 / Cine
Uno de los momentos más significativos en la historia del cine fue el surgimiento de la corriente conocida como la Nueva Ola Francesa o Nouvelle Vague, a finales de los 50. Estuvo caracterizado, entre sus múltiples aspectos y facetas, por la búsqueda de una ruptura respecto a las convenciones cinematográficas que se percibían como tradicionales en aquel momento, siempre priorizando la libertad creativa, la innovación técnica y la visión personal del autor.
La que posiblemente sea conocida como la película emblema de este movimiento, así como una de sus más experimentales es Sin aliento (À bout de soufflé, 1960) del mítico Jean-Luc Godard, cinta que logró revolucionar el lenguaje del cine al integrar una serie de elementos que hasta entonces no se habían utilizado: desde jump cuts o cortes abruptos que rompían con la continuidad de la narración, rupturas de la cuarta pared, grabaciones con cámara en mano e iluminación natural, hasta la espontaneidad e improvisación en el guion escrito por Godard.

Nouvelle Vague (2025) es construida como si fuera un falso making of, pues se enfoca en los veinte días de filmación de esta singular obra cinematográfica, centrando su atención en las típicas anécdotas del detrás de cámaras, así como en los pleitos, problemas y dificultades que se presentaron dentro del mismo, la mayoría generados por la particular forma de trabajar del director francés.
Dirigida por el prolífico Richard Linklater (Before Sunrise, 1995; Boyhood, 2014) la cinta inicia con un joven Jean-Luc (Guillame Marbeck) desesperado por debutar con un largometraje, pues sus otros compañeros de la Cahiers du Cinema, legendaria revista de crítica cinematográfica, ya han filmado sus respectivos debuts. Entre ellos se encuentran célebres realizadores como Francois Truffaut, Claude Chabrol, Éric Rohmer y Jacques Rivette, por mencionar algunos.
Para llevar adelante su ópera prima, Godard se alía con el productor Georges de Beaugard (Bruno Dreyfust), el fotógrafo Raoul Coutard (Matthias Penchinat) y consigue como actores protagónicos a su viejo amigo Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin) y a la estadounidense Jean Seberg (Zoey Deutch).
Grabada en blanco y negro con un aspect ratio cuadricular de 1:37, lo que le otorga una textura que remite a la misma obra que homenajea, la cinta de Linklater logra reconstruir el París de esos años con un enorme cuidado al detalle, al mismo tiempo que hace un profundo tributo y carta de amor a las figuras clave de la Nueva ola francesa, esos héroes personales que sin duda han influido en su propio trabajo.

Uno de los aspectos más refrescantes de Nouvelle Vague, y que logra separarla de otras biopics, reconstrucciones de períodos pasados o películas sobre hacer cine, es la decisión de Linklater de despojarla de cualquier atisbo de solemnidad. El cineasta reconoce que el quehacer cinematográfico puede ser, entre muchas otras cosas, un ejercicio para pasar el rato o un juego entre amigos, unidos e inspirados por el mismo impulso creativo y por un sentido de rebeldía compartido. Las imposiciones y reglas establecidas al final son lo de menos, lo importante es disfrutar el simple y llano proceso de crear algo para después compartirlo.
Como el mismo Godard antes que él, Linklater sabe que el cine es un trabajo colectivo, de realización y de repetición constante. Hacer y repetir, una y otra vez, hasta que se nos agote el tiempo, o bien, hasta que demos nuestro último aliento. Los acomodos, como siempre, vendrán después, ya sea en el cuarto de edición o, en un sentido más amplio, en la posteridad, influencia y legado que pueda generar cualquier obra cinematográfica hecha con genuino talento.
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