En las aguas abiertas del Caribe mexicano, donde el mar suele imponer su propio ritmo, la zacatecana Lorena Flores Aguilar decidió enfrentarlo con algo más que preparación física: lo hizo con determinación, gratitud y una convicción personal que comenzó a construirse apenas siete años atrás. Madre de tres hijos y abuela, esta nadadora master se abrió paso en una de las competencias más exigentes del calendario internacional de natación en aguas abiertas, el Cruce Cancún–Isla Mujeres, demostrando que el deporte también puede ser un espacio de reinvención personal.
El 8 de marzo de 2026, en el marco del Día Internacional de la Mujer, Flores Aguilar participó en la edición especial femenina del cruce de 10 kilómetros entre Cancún e Isla Mujeres. Fue la única representante de Zacatecas entre 150 nadadoras provenientes de distintos países y estados de la República. De ellas, 104 lograron concluir la prueba dentro del límite establecido de 4 horas con 30 minutos.
La zacatecana finalizó el recorrido con un tiempo oficial de 3 horas, 53 minutos y 27 segundos, colocándose en el lugar 13 de su categoría y en la posición 66 de la clasificación general. Más allá de los números, su participación estuvo marcada por condiciones particularmente complejas: el mar presentó oleaje intenso, corrientes fuertes y una marcada “surada”, fenómeno que levanta el mar y genera olas constantes a contracorriente, convirtiendo el trayecto en un desafío incluso para nadadoras experimentadas.
Para Flores Aguilar, sin embargo, el desafío comenzó mucho antes de esa mañana en el Caribe. Su historia con la natación no inició en la infancia ni en un entorno competitivo. Hace apenas siete años, a los 38 años de edad, comenzó a aprender a nadar desde cero. Sin una formación previa en el deporte, decidió lanzarse al agua impulsada por una inquietud personal que pronto se transformaría en pasión.
Cuatro meses después de comenzar, ya nadaba distancias de tres y cinco kilómetros en aguas abiertas. Fue en ese momento cuando descubrió que el mar representaba algo más que un reto físico: era también una forma de reencontrarse consigo misma.
Desde entonces comprendió que nunca es tarde para empezar ni para desafiar los propios límites. Aquella primera experiencia en el agua encendió una chispa que, con el tiempo, se transformó en el objetivo de completar uno de los cruces más emblemáticos de México: nadar de Cancún a Isla Mujeres.
El camino hacia esa meta no fue inmediato. Durante años intentó inscribirse en la competencia, pero los lugares se agotaban rápidamente. Mientras esperaba la oportunidad, comenzó a competir en circuitos de larga distancia como Oceanman, donde logró completar pruebas de 10 kilómetros y clasificar a dos finales mundiales de maratón acuático, obteniendo un sexto y un cuarto lugar en mar abierto dentro de su categoría.
Aun así, su objetivo siempre permaneció claro: realizar el cruce entre Cancún e Isla Mujeres. La idea de ir de costa a isla, enfrentando corrientes cambiantes y desafiando al mar abierto, representaba para ella una meta personal cargada de significado.
Prepararse para una prueba de esta magnitud implicó reorganizar su vida cotidiana. Sin contar con un equipo que concentrara todos sus entrenamientos, optó por dividir su rutina en dos sesiones diarias: una a las 5:30 de la mañana y otra a las 19:00 horas.
En promedio, su preparación consistió en nadar entre 20 mil y 22 mil metros por semana, tratando de mantener constancia, especialmente durante el último mes previo a la competencia. La exigencia física se combinaba con el cansancio acumulado de la rutina diaria, noches con poco descanso y la necesidad de sacrificar reuniones sociales o momentos de ocio.
En lo personal, encontró respaldo en su familia. Sus hijos, ya independientes, han sido un apoyo constante que la motiva a continuar con sus objetivos deportivos.
Sin embargo, para Flores Aguilar, la natación no se explica únicamente en términos de preparación física. Existe una dimensión emocional que la impulsa cada vez que entra al agua.
Hace siete años, una experiencia en el mar cambió su perspectiva de vida. Desde entonces, cada entrenamiento y cada competencia se convierten en una forma de agradecimiento. Según relata, cuando nada en aguas abiertas, lo hace guiada por el corazón y por la conexión que siente con el mar.
Esa conexión fue puesta a prueba durante el Cruce Cancún, edición Mujeres. Después del kilómetro seis, las condiciones del mar comenzaron a pasar factura. El oleaje y las corrientes provocaron un agotamiento que no había experimentado ni siquiera en el cruce general del año anterior, donde había logrado completar la distancia en 3 horas con 23 minutos.
En ese punto surgieron las dudas. Por momentos pensó que no lograría terminar. Sin embargo, encontró una motivación más profunda: recordar por qué estaba ahí y por quiénes estaba nadando.
El simbolismo de la fecha también pesaba. Se trataba del primer cruce femenino realizado el 8 de marzo, una jornada que representaba la fuerza y la presencia de las mujeres en el deporte.
Durante ese tramo del recorrido ocurrió un encuentro inesperado que terminó marcando la competencia. Se encontró con una amiga nadadora proveniente de Ciudad Madero, con quien decidió continuar el trayecto. Desde ese momento nadaron juntas, alternando el ritmo para apoyarse mutuamente mientras el mar seguía imponiendo su dificultad.
Un kayak de apoyo se acercó poco después para orientar la dirección, ya que entre las olas la visibilidad era prácticamente nula. Con esfuerzo y coordinación lograron mantenerse en ruta hasta completar la travesía.
Representar a Zacatecas en un evento de esta magnitud tuvo un significado especial para la nadadora. Más allá del resultado, para ella fue una oportunidad de compartir escenario con figuras destacadas del maratón acuático, entre ellas la pionera mexicana Nora Toledano Cadena, así como otras competidoras de trayectoria internacional.
Flores Aguilar también subraya el papel de sus entrenadores y clubes en este proceso. Forma parte de los equipos Golden Shark, de la alberca Centenario bajo la dirección del coach Adrián Ibarra, y Kukulkanz, que entrena en la Alberca Olímpica de Guadalupe con el coach Omar Espino. Ambos espacios han sido fundamentales para perfeccionar su técnica y mantener la motivación en cada nuevo reto.
En la natación, asegura, no ha encontrado obstáculos por ser mujer; al contrario, ha recibido apoyo de compañeros, amigos, familiares e incluso de su entorno laboral. Sin embargo, en el camino hacia esta competencia vivió una experiencia difícil.
Un día antes de abordar el avión hacia Cancún, mientras se hospedaba en un hotel, su vehículo fue vandalizado. Al bajar por sus pertenencias, descubrió que habían roto el cristal y robado todo su equipo de natación, incluyendo boyas, hidratación, alimentación y ropa. El hecho resultó especialmente duro, ya que ni el hotel ni las autoridades le brindaron apoyo.
A pesar de ello, decidió continuar con su participación. Tras completar el cruce, su mirada ya está puesta en nuevos objetivos. Hace ocho meses participó en el World Aquatics Masters Championships 2025, donde logró colocarse en el lugar 17 dentro del top 20 de su categoría. Ahora su meta es regresar más fuerte y competir en World Aquatics Masters Championships 2027, que se celebrará en Budapest, con la aspiración de alcanzar un lugar dentro del top 10.
Mientras tanto, continúa entrenando con la intención de mejorar su desempeño en aguas abiertas.
Para Flores Aguilar, nadar largas distancias es una experiencia que revela más sobre la persona que sobre el propio mar. Cada kilómetro recorrido se convierte en una forma de descubrir la propia fortaleza.
Su mensaje para otras mujeres es claro: atreverse. No se trata únicamente de competir, dice, sino de vivir la experiencia y demostrar que es posible elegir los propios sueños. Ser madre, trabajadora y al mismo tiempo una mujer que se enfrenta a retos deportivos.
Ella misma se define como una mujer que no fue atleta de toda la vida, sino una mamá que decidió creer en sí misma. Y en el mar, encontró el lugar donde esa decisión se volvió posible.



