La colonización de México inició con la invasión militar española, fortalecida por la inmediata y creciente ocupación territorial. Pero no se trató solo de un asunto económico mediante el cual los extranjeros se apropiaron de tierras, de las riquezas que en ellas encontraron y de muchos de los pueblos originarios a quienes esclavizaron para explotarlos en los procedimientos de saqueo. La colonización también incluyó los procesos de enajenación ideológica y cultural y; dentro de ellas, una narrativa de los acontecimientos históricos que se fue reforzando por mecanismos sociopsicológicos de dominación.
La enajenación económica no es otra cosa que la separación del humano con respecto a la propiedad. Desde que existe la sociedad capitalista, esa separación se acentúa por diversos mecanismos de apropiación, por parte del Capital, de los medios para producir y de los necesarios para subsistir. La enajenación (o alienación) ideológica es, asimismo, una separación de la capacidad propia de pensar a partir de sus condiciones de clase. La primera es miseria económica y la segunda es miseria de conciencia.
La colonización fue la apropiación completa, por la vía de la fuerza militar, del continente americano (en nuestro caso) por el continente europeo. El objetivo fue la explotación y el saqueo de todo tipo de riqueza para fortalecer el naciente capitalismo en el viejo continente. A esa invasión militar europea devino la necesidad de justificar el establecimiento de relaciones de sometimiento y dependencia con respecto al exterior.
Resulta obvio, y natural, que los invasores asentados en suelo mexicano vieran como parte de su seguridad y garantía de sus privilegios el respaldo, y en su caso intervención directa, en los asuntos internos en las naciones intervenidas, pues finalmente la transferencia hormiga de riqueza, de América a Europa, se hacía a través de los gachupines. Hasta ahí puede entenderse perfectamente la dependencia militar, política e ideológica que, por ejemplo, se irradiaba desde la corona española a la Nueva España (lo que hoy es México).
Con la guerra de independencia política que culmina en Septiembre de 1821, no se rompe la dependencia económica con respecto a Europa, sólo sufre una transformación. La presencia de un capitalismo europeo ya en esplendor, y en período premonopólico, urgió que las colonias pudieran reconvertirse en zonas capitalistas pero subordinadas al capital extranjero. Ya no se trataba solo de esclavos y saqueo de recursos naturales, resultaba necesario alentar relaciones expresamente capitalistas que también permitan saquear (apropiarse) parte del valor que produce la Fuerza de Trabajo (colonialismo industrial).
En ese proceso, y hasta la fecha, los imperios económicos operan promoviendo la explotación “nacional” en manos de las burguesías domésticas y; paralelamente, a través de ellas la explotación “extranjera”. En el caso hipotético (sin conceder) de que el capital extranjero no se asienta para explotar de forma directa a la Fuerza de Trabajo, al menos puede recibir la parte de la plusvalía que se cristaliza en el mercado mundial por la compra de los bienes de producción que produce y exporta.
En ese contexto, es muy visible la existencia del Subdesarrollo frente al Desarrollo. El primero depende económica, científica y tecnológicamente del segundo. Éste último se distingue en que, al haber logrado una fuerte acumulación y concentración de Capital (alentada por su política de colonización) también se le facilita inventar e innovar en ciencia y tecnología. Por lo mismo, crea bienes para los procesos de producción de su propio crecimiento y desarrollo, al tiempo que exporta y vuelve dependientes a sus compradores.
A esta dependencia económica le corresponde una dependencia de narrativa neocolonizadora (discurso ideológico y político) que la justifica, que encubre las relaciones de desigualdad. Llevadas al terreno político, convoca al injerencismo y a la intervención que, en grado extremo, aplica medidas económicas (aranceles, bloqueos, boicots comerciales, financieros, etc.) produciendo sufrimiento humano en su afán de doblegar y someter a los pueblos que pugnan por una mayor independencia y defensa de su soberanía, recursos materiales y humanos. Lo anterior se arropa de campañas de desprestigio basadas en distorsiones y francas mentiras, con las cuales nos imaginamos una realidad inexistente, de la que pensamos y opinamos. Venezuela y Cuba solo son dos ejemplos.
La beligerancia descarada del imperio gringo, en la antesala de su eminente caída, ha ayudado a muchos a entender las relaciones de desigualdad en el mundo. No obstante, sigue habiendo una corriente de desposeídos que; creyéndose fifís al nivel de Salinas Pliego, similares y conexos, no ocultan ni muestran vergüenza por su adoración a quien los oprime. Personajes relevantes de la política de nuestros pueblos osan aplaudir las ilegales y criminales actitudes de un imperio interesado en someter al mundo para apropiarse de lo ajeno. Es de imaginar a conservadores levantando altares a un imperio al que le rezan pidiendo ser invadidos, saqueados y masacrados.



