El pasado 7 de agosto se conmemoraron veinte años de la partida del hijo predilecto de Tepetongo. Me refiero a Severino Salazar (1947-2005), escritor zacatecano que hizo de su pluma un ejercicio creativo de representación no solo del cielo azul y la tierra colorada, sino también de una serie de personajes ricos en complejidad, insertos en el entramado de la diversidad sexogenérica. Hoy decido mostrarle a Zacatecas que en las venas de sus historias y personajes siempre ha fluido la sangre de lo “desviado”, y con mucha honra.
A Severino no lo conocí en vida. Fue a través de las letras dispersas en diversos libros que pude adentrarme en su trayectoria, en su esencia, y en el genio que lo caracterizó durante sus años de producción literaria. Hace algunos años llegué a él por un ejemplar de Donde deben estar las catedrales, adquirido en la vetusta librería de El Quijote. Luego, un obsequio trajo a mí Mecanismos de luz y otras iluminaciones, y más tarde me sumergí en Las aguas derramadas. Recuerdo la edición número 4 de la extinta revista El son del corazón, que hace siete años le dedicó sus páginas al gran escritor de Tepetongo.
Y sin lugar a duda hay que rescatar los textos de Alberto Paredes en Pro Severino, libro que reúne los inéditos del crítico publicados en La Jornada, y que dejan ver la historia de una amistad atravesada en el tiempo. Fundada en los afectos, la lectura, la escritura.
Leer a Severino es percibir la conflictiva relación entre el homosexual zacatecano y el catolicismo. En su obra hay un esbozo de la transición entre el fluir de la propia naturaleza y el choque con un mundo de supersticiones religiosas que repercuten en la construcción de la identidad y en la percepción social. Pero no encierro su legado en una sola temática: Salazar fue mucho más. Creó un cosmos literario repleto de paisajes, amor, honestidad e inteligencia.
Desde sus estudios en Inglaterra, Severino comprendió que los grandes escritores no necesitan escenarios grandilocuentes. Como Faulkner con Misisipi o Rulfo con Comala, decidió que Tepetongo sería su universo literario. En sus obras, lo local se vuelve mítico y lo íntimo, universal. Sus personajes arrastran culpas como Sísifo, se pierden como Perséfone y se iluminan como Dionisos. En Donde deben estar las catedrales, por ejemplo, el amor homosexual condena a los vértices de un triángulo trágico: Crescencio Montes, Baldomero Berumen y Máxima Benítez. La represión moral y religiosa no es solo contexto: es conflicto interno, es herida abierta.
Cuando decidí aventurarme en las letras de Severino, noté los múltiples vínculos con lo diverso. Basta con leer “Jesús, que mi gozo perdure” para navegar por un entramado de personajes con identidades trans, homosexuales, y observar cómo la historia y la vida cotidiana los orillan a la tragedia. Basta con revelarse ante quien lee el fabuloso nombre de Terry Holiday para entender el compromiso del autor en reflejar con sus letras las múltiples bondades artísticas y humanas que encierra la diversidad sexogenérica.
Hace tiempo que seguía las publicaciones de Antonio Marquet y, un día, por fin me decidí a entrevistarlo. Sobre Severino, me permito aludir a una confidencia: “Una de sus creaciones más logradas fue él mismo. Excelente conversador. Era una fiesta permanente. De ocurrencias, de joterías y de malevolencia. Era muy agudo y venenoso. Era como una bebida espumosa, siempre burbujeante.” Quien lo lee no lo percibe en un primer encuentro: hay que adentrarse a la catedral que construyó.
En Zacatecas no debe dudarse de la existencia de la homosexualidad, de la transexualidad. Se está y se resiste. En el arte, en la universidad, en las calles y en las iglesias. Se resiste a través de la producción literaria, como en el caso de nuestro Severino, pero también en la amistad y los encuentros colectivos. Mucha sangre y tinta ha corrido para ensamblar en la sociedad un espacio que configure la existencia de lo “desviado” como algo meramente humano.
Severino es huella.
Y como toda huella, permanece.
En la tierra colorada, en los cuerpos que aman distinto, en las letras que resisten.
Porque en Tepetongo, y en Zacatecas, también se escribe con tinta desviada.



