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miércoles, 10 agosto, 2022
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Investigación

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

Durante los 1970 la planta docente de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) presentaba una enorme debilidad académica. El número de personal capaz de realizar investigación de “calidad” era muy reducido. Si se asume que son las personas con grado de doctorado quienes monopolizan la investigación, en el periodo 1981-1982 había cero doctores (véase Jorge Ernesto Quintero Félix “Formación y perfil de los académicos en la UAZ” en “Tópicos zacatecanos” vol. 1, Maestría en Ciencia Política, UAZ.). Gracias al cambio en el modo de promoción se logró incrementar esos números: si en 1984 había seis docentes con doctorado, en el año 2000 ya eran 106, o el 5.9% del total de la planta laboral (véase tabla en la página 224 en Nydia Castillo, Julio Rodríguez “La UAZ: universidad y desarrollo” UAZ/PROMEP/Cozcyt/Gobierno del Estado/Tribunal superior.). De ese tiempo a la fecha el número de doctores ha aumentado. De acuerdo con el Plan de desarrollo institucional del rector Rubén Ibarra Reyes, de un total de 1013 docentes de carrera (medio tiempo y tiempo completo) el 65.3% tiene doctorado, es decir, 661 doctores en la UAZ. Si se toma como total de docentes de la universidad la cifra de 3500, aproximadamente, el número de doctores representa el 18.9% de la planta laboral de académicos. No todos los que planearon ciertos rectores, pero más de lo esperable dadas las políticas de contratación de varios dirigentes universitarios. Y ante ese cambio cualitativo, de acumulación de un buen número de docentes bien preparados, capaces de publicar, registrar patentes, dirigir tesis de doctorado y demás parafernalia de la vida académica seria ¿qué les ofrece el contrato colectivo de trabajo UAZ-SPAUAZ (CCT)? Muy poco porque, aunque reconoce la existencia de investigadores como grupo laboral distinto al de docentes, no queda claro si puede haber una contratación para pura investigación sin clases frente a grupo. De la cláusula 20 del CCT se sigue, en buena lógica, que sí puede haberlos. Dice así: “Los profesores e investigadores podrán ser: ordinarios, visitantes y eméritos”. Aquí parece abrirse la posibilidad, y más adelante se añade: “Los profesores podrán ser únicamente de asignatura o de carrera y podrán tener parte de su carga asignada a labores de investigación y extensión previa autorización del Consejo de Unidad Académica respectivo… los investigadores serán únicamente de carrera”. ¿Qué significa esto? Que el contrato prevé investigadores dedicados únicamente a la investigación. Lo que resulta razonable ya que un proyecto de esa naturaleza requiere dedicación exclusiva. De la consulta a contratos previos se deduce que esta cláusula no ha cambiado con los años. También es claro que los profesores pueden realizar investigación si los permiten los Consejos de Unidad al asignarles horas para esta actividad. Sin embargo, en los resolutivos del Congreso General de Reforma de 1998-1999, si bien se reconoce que docencia e investigación son independientes, se dice respecto de las actividades sustantivas: “…cada una de estas actividades tiene su propia lógica, sus tiempos y sus particularidades y guardan una autonomía relativa entre ellas”. Hasta aquí todo en consonancia con lo contratado. La doctrina perniciosa aparece a continuación: “El reto consiste en garantizar un equilibrio: un investigador que sepa interactuar en situación docente y en situación expositiva de difusión, lo cual no puede ser determinado sino por las propias capacidades, intereses y decisión de los académicos”. De estas afirmaciones llenas de matices algunos líderes dedujeron que se debe imponer a todos los académicos la carga de extender, crear y enseñar el conocimiento. Un docente “tridimensional” capaz de realizar todas las actividades sustantivas. ¿Funcionó? A 20 años de distancia se ve que no se estuvo a la altura del reto, y los docentes no arribaron a la ansiada “tridimensionalidad” ni se generó un procedimiento que “facilite la movilidad de los que ejercen docencia hacia la investigación y viceversa”. Lo que sí ocurrió fue el crecimiento de la planta calificada para realizar investigación. También se burocratizó la actividad del investigador al volverse un fiel seguidor de los formularios del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). De nuevo con referencia al plan de desarrollo del Dr. Ibarra Reyes, para 2021 había en la UAZ 272 miembros del SNI. ¿Es posible que todos los universitarios lleguen un día ser miembros del SNI?, ¿aunque sea un periodo? Quizá, pero para eso se necesitan políticas dirigidas, primero, al grupo de los investigadores para consolidarlos, y segundo, hacia todos los docentes a través de la creación de incentivos para que dejen de reiterar el índice de un libro y perorar contenidos obsoletos. También se necesita reformar el modelo UAZ Siglo XXI para incluir la investigación como elemento fundamental de la universidad. En esa ruta se encuentra ya el Dr. José de Jesús Araiza Ibarra con el desarrollo de un amplio proyecto al respecto. La motivación es simple: existe mucha arbitrariedad en la determinación de las cargas de trabajo de los investigadores, y demasiados espejismos que pretenden transformar la universidad en una escuela rural, dedicada en exclusiva a las clases frente a grupo. El escollo más importante en cualquier ruta de la transformación universitaria es la voluntad de operar cambios, para bien, en el CCT.

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