El sentido común es como el oxígeno:
cuanto más asciendes, más se diluye.
-John Lewis Gaddis, Grandes Estrategias.
No hay novedad alguna al expresar que la conversación pública tiene tiempo deteriorándose. La competencia democrática por el poder, vía la persuasión de las mayorías necesarias para obtener el triunfo electoral, llegado el momento, ha provocado las más riesgosas estrategias en búsqueda de tal objetivo. El problema es que, como también se ha dicho reiteradamente en los últimos años, al descomponerse el lenguaje, no solo se rompe la posibilidad de una conversación civilizada e inteligente, sino también se abre la puerta para la justificación de todo medio, con tal de llegar al fin.
En este contexto, la polarización se ha convertido en un elemento por descontado en nuestras democracias. Y con ello la justificación de la mentira, el engaño y la terquedad. Al grado tal de que ya no es extraño, sino muy común, que coexistan verdades paralelas en torno a un mismo hecho o tema. Más allá de las perspectivas divergentes, válidas, justificadas y entendibles, hay ya cierto cinismo en la clase política que puede, sin temor a la consecuencia, escabullirse del buen deber de aceptar la realidad y, en su caso, explicarse, rendir cuentas y someterse a las consecuencias de cualquier postura, decisión u omisión asumida.
Así pues, la congruencia es una virtud tan frágil como la rectitud del vicioso anónimo. Se extingue apenas es descubierta la cómoda postura del acusador que se ve envuelto en la condición que antes señaló.
Ninguna de estas condiciones es novedosa. Lo que sí ha cambiado es la velocidad: la vorágine informativa que nos inunda a diario, sin matices, en la competencia por el clic o en la desinformación deliberada como estrategia, nos arrastra con una prisa que no deja tiempo para procesar lo que ocurre antes de que ya haya sido reemplazado por el siguiente escándalo. Así, la consecuencia (que existe y que siempre llega) pierde su efecto pedagógico. Nadie escarmienta porque nadie tiene tiempo de ver el final de la historia, o porque no hay diferencia sustancial entre las alternativas.
No hay reglas, ni instituciones que, por lo pronto, puedan hacer frente a este fenómeno. El contexto en el que estamos inmersos, dejó sin eficacia la contención de ciertas actitudes. Existía, quizá por mero instinto de supervivencia política, una conciencia de la autocontención y la prudencia, impuesto por cierto control político desde la cúspide del poder (fueran las cúpulas partidistas, el liderazgo político o el centro institucional). El tiempo ha sido generoso en la historia reciente para dar prueba de que los excesos acumulados en el ejercicio del poder traen consecuencias sistémicas. Sin embargo, como muchos otros fenómenos, parece que el tiempo se nos ha acelerado. Al extravío de proyectos políticos de izquierda y derecha por igual, la consecuencia ha sido inevitable apenas se desarrolla la siguiente elección, cumpliéndose, como si fuese axioma matemático, la teoría del péndulo.
Pero no parece ser suficiente la experiencia reciente, y menos aún, la histórica, que, aun con su tardanza, es inobjetable. No hay abuso, sea escandaloso o secreto a voces, cuya consecuencia, tarde o temprano, no pase factura política. Los populismos de derecha e izquierda que hoy son la regla en las democracias occidentales, dan prueba de tal necedad. Populismos, por cierto, que pronto dejan de ser populares, abriendo la puerta a que otros actores políticos, que, usando la misma estrategia de simplificar lo complejo, pronto los sustituyen, pasando inmediatamente de señaladores a señalados por las mismas prácticas, solo que con mensaje diferente (a veces).
Cabe en este estado de la cuestión, preguntarse ¿a quién sirve la política, como arte, actividad o profesión, si ésta ha sido desprovista de todo contenido, credibilidad y/o legitimidad? Seguro estoy que, a nadie, pero menos aún a quienes pretenden hacerla, y al prestarse al pragmatismo absoluto, la deshacen. El sentido común, como el oxígeno de Gaddis, no escasea en las alturas por casualidad: se diluye porque quienes ascienden dejan de necesitarlo, o eso creen, hasta que el aire se acaba.
@CarlosETorres_



