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Reforma electoral, sí; cualquiera, no

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Ojalá los tropiezos, que no son pocos, y tampoco fueron inadvertidos en su momento, de la llamada reforma judicial, nos permitan aprender la importancia, casi obvia, pero igualmente ignorada, de un diseño complejo a la hora de redactar proyectos de ingeniería constitucional (Sartori). Tampoco es que pueda pensarse en una reforma perfecta. Ésas no existen. Un ingrediente inherente a todo diseño de políticas públicas (permitiéndome una analogía inexacta), es su carácter cíclico, que une dicho diseño con la posterior y anterior evaluación de los resultados que se alcanzaron. En el mundo complejo en el que vivimos apostar por la rigidez constitucional no parece ser una opción. Pero tampoco tiene porque sacrificarse por ello la seguridad y certezas jurídicas. La forma en que definimos quién toma las decisiones y lleva la representación en una democracia que no puede, por más que se pretenda, ser directa, es sin duda una fuente de certidumbre para todas las personas y sus derechos, pero también una fuente indispensable e insustituible de legitimidad. 

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Es, sin embargo, muy difícil hoy construir una reforma de consensos. La clase política está cada vez más polarizada. Aunque alguna oportunidad hay si se actúa partiendo de la regla de que, en política, más allá de sí ésta es democrática o no, como lo ha demostrado la historia, ninguna victoria ni derrota lo son para siempre. Con este antecedente, apunto tres ingredientes que me parecen indispensables para la reforma electoral por venir:

Primero, la reforma debe entenderse como elemento de un sistema complejo que, empero, debe mantenerse armónico y articulado. Es decir, al alterar la composición del Poder Legislativo, por ejemplo, se deben contemplar los impactos en los otros órganos del Estado. Debo insistir que, al modificarse las reglas constitucionales de dos poderes y los órganos constitucionales autónomos que suelen cohabitar la órbita de éstos, estamos modificando, de facto, nuestro sistema político-constitucional y por tanto el análisis no debiera limitarse al sistema electoral, sino ya a una Reforma del Estado. En los hechos desde la reforma al poder judicial entramos a una dinámica cuyos resultados e impactos no son, ni serán aún, menores a lo que se conoce como eso, una reforma del Estado.

Segundo, en el debate que dio paso a la desaparición de algunos órganos constitucionales autónomos, prevaleció la narrativa del “fortalecimiento del Estado”, confundiendo al poder ejecutivo con aquél. No debemos permitirnos el mismo error básico. El Estado lo es todas sus instituciones, no solo el poder que, dada nuestra cultura e historia, es el predominante. Y en ese sentido me enfoco: la reforma debe sí o sí fortalecer el alcance, herramientas y capacidades del Estado para sobreponerse a los poderes fácticos que hoy participan en las contiendas electorales con miras a la captura de las instituciones, todas, en todos los niveles de gobierno. Esto implica un fortalecimiento, no de un poder en particular, sino de los instrumentos que hoy están repartidos en diversos entes, para que sea este conjunto articulado de instituciones las que, en un equilibrio de poder, lo ejerzan democráticamente, en plena legalidad.

Finalmente, la reforma no puede pasar por alto las décadas acumuladas de experiencia y capacidades instaladas, tanto en los órganos electorales como en la ciudadanía entera. Mecanismos como la ciudadanización de la jornada electoral, el uso de las tecnologías, e incluso, la insaculación para la designación de ciertos cargos, debe considerarse una buena práctica para potenciarse.

Dado el contexto político, es claro que la coalición gobernante no requiere sino un consenso interno, no obstante, ignorar su propia narrativa histórica, la de un movimiento democrático que se gestó en la oposición, la disidencia, la insubordinación a la imposición y el legítimo reclamo de condiciones equitativas para la competencia por el poder, podría ser más costoso que escuchar a quiénes, aún sin esa historia en su ADN, hoy les reclaman lo mismo. Atender dicha demanda con la razón, no implica someterse a los vicios del pasado remoto ni reciente, sino dotarse de la fuerza de la congruencia entre la promesa que fue y la victoria que es.

@CarlosETorres_

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