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sábado, 13 agosto, 2022
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A propósito de Echeverría

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

El pasado fin de semana se dio a conocer el fallecimiento de Luis Echeverría Álvarez, presidente de México entre 1970 y 1976. Las condolencias fueron superadas por la condena casi unánime a su figura y su legado de autoritarismo, juego maquiavélico y represión, amén de sus políticas de carácter económico que, se presume, dieron al traste con un modelo que había resultado, hasta ese momento eficaz, y cuyo análisis nos puede llevar a entender que, de cualquier forma, el muy famoso e irrepetible “milagro mexicano” ya había sido superado. El impacto de nuestra alianza con el vecino norte había dejado de dar el impulso necesario para mantener ese nivel sostenido de crecimiento.
Los retratos personales de este político,lo dibujan como un hombre calculador, un burócrata que se amalgamó con el régimen al que servía, de tal forma que se creyó ente y no persona. Indescifrable hasta en tanto no alcanzó la cúspide del poder. Dio la imagen de un hombre incansable, aunque lo era, pues humano al fin, cuando menos unos minutos tenía que dormir. Al respecto, otro expresidente, Miguel De la Madrid, que sí dejó memorias públicas, escribe en éstas su preocupación por el inmenso poder que gozaban los titulares del Ejecutivo, al asombrarse cómo, al final del sexenio, Echeverría, en las juntas interminables que solía tener con sus colaboradores, llegaba a quedarse dormido, y el resto de los participantes tenían que esperar ahí, sin saber si despertarle o esperar a que se reincorporara del sueño a la reunión en desarrollo.
Otro asunto que cabe mencionar, también respecto a Luis Echeverría, son sus simulaciones. Simuló ser un estadista y responsabilizarse de los actos del régimen al que servía, aunque esto no es cierto, y se demuestra en inmediata comparación con su antecesor, igualmente detestado en el devenir histórico de México: Gustavo Díaz Ordaz. Mientras que este último asumió la responsabilidad entera de lo sucedido en 1968, una responsabilidad política que le correspondía inherentemente, pero que, en la oscuridad de lo sucedido, se filtraron versiones que daban un rol mucho más activo y de tomador de decisiones a su Secretario de Gobernación, en este caso Luis Echeverría, este último no actuó igual ante su propio acto de represión: en los sucesos del 10 de junio de 1971, descargó la responsabilidad, la sanción (mínima y exclusivamente política), en el entonces regente del Distrito Federal, Alfonso Martínez Domínguez, rival suyo en la sucesión presidencial. La segunda de sus simulaciones lo fue su honestidad. Mucho se ha dicho y escrito sobre su interés en zonas turísticas y particularmente en Quinta Roo, territorio al que elevó a Estado en su mandato presidencial, así como sus intereses en otros sectores como el editorial. En este sentido, el ex gobernador de Yucatán, Carlos Loret de Mola, en sus Confesiones de un Gobernador, así como en su texto titulado Los últimos 91 días, hace sendas denuncias públicas respecto a su patrimonio, así como al de su operador, aún vivo, Augusto Gómez Villanueva.
No está por demás leer los retratos que sobre este personaje han hecho figuras como Julio Scherer (Los presidentes y La terca memoria); Enrique Krauze (La presidencia imperial) y el ya citado Carlos Loret de Mola (Confesiones de un gobernador y Los últimos 91 días).
A propósito de Luis Echeverría: el presidencialismo sigue siendo objeto de estudio, debate y análisis en México. Tanto poder, en tan pocas manos, nunca nos ha dado resultado, y, sin embargo, poco poder en demasiadas manos, pareciera que solo fragmentó al Estado… ¿luego entonces? ¡Estado de derecho y cultura democrática! Ah, la inalcanzable aspiración (no por ello renunciable).

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@CarlosETorres_

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