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sábado, 24 septiembre, 2022
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De la responsabilidad

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

La película sobre Gloria Trevi, escrita por Sabina Berman, revive la historia de la cantante y también las dudas éticas, psicológicas e incluso filosóficas que el caso plantea, entre otras: las integrantes del clan, sobre todo las de más edad, incluida Trevi, ¿estaban en calidad de víctimas o de cómplices?, ¿qué les impedía pedir ayuda?, ¿por qué encubrían lo que sucedía aun en la seguridad de sus hogares?, ¿tienen las condiciones psicológicas para considerarlas imputables?, etc.

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Otros casos delictivos, sobre todo los que involucran menores de edad plantean la misma disyuntiva: ¿Cuándo es uno responsable de lo que hace? ¿A qué edad, en qué condiciones?, ¿cómo puede entenderse el absurdo del país del norte que permite a los jóvenes de 18 años comprar armas, pero no alcohol? ¿A qué se atribuye el poder mágico de la mayoría de edad para disminuir el número de equivocaciones en la vida?

Menores o adultos, cada persona actuante (o no) se supone a sí mismo haciendo lo correcto, al menos en ese momento. Aún más, supone que eso es también, en alguna medida, lo correcto para los demás. Sartre lo explica de la siguiente manera: “Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de lo que elegimos, porque nunca podemos elegir mal; lo que elegimos es siempre el bien, y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos”.

Eso parece mucha responsabilidad. Pero, ¿es que en nuestras decisiones no importan nuestras circunstancias, nuestro contexto, la educación que recibimos, la información a la que tenemos acceso? Claro que importa; Sartre lo explica: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”, y Galeano, lo dice mejor: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos” ¿Somos siquiera capaces de pensar por nuestra cuenta? ¿De qué fuentes abreva nuestro pensamiento?

En ese contexto, donde hasta la educación ha sido considerada como instrumento de dominación, no puede soslayarse el papel que la prensa juega en un sentido u otro del pensamiento. Ese es el debate entre quienes dicen Je suis Charles Hebdo (yo soy Charles Hebdo) y quienes dicen lo contrario, en referencia al semanario satírico francés atacado por extremistas en días recientes, presuntamente motivados por las burlas de esa publicación a Mahoma.

Si bien el rechazo al ataque, y el lamento de las muertes son generalizados, hay también un fundado temor de que el sentimiento de indignación derive en lo que justo, comienza a suceder: el fortalecimiento de una ola anti-islam, en ataques a mezquitas, detenciones arbitrarias y discriminación contra quienes sean o parezcan musulmanes, etc.

Los europeos islamófobos como el grupo Europeos Patrióticos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA por sus siglas en alemán) encuentran un saludable contrapeso en los grupos organizados de izquierda, y también, fortuitamente, en la historia de Ahmed Mebaret, policía musulmán cuyo asesinato quedó grabado en vídeo cuando intentaba frenar a los atacantes de Charles Hebdo, mientras defendía con su vida al semanario que se burlaba de sus preceptos religiosos.

El debate ético no se ha hecho esperar: ¿tienen derecho los medios de burlarse de una religión? Pregunta por un lado la BBC Mundo. “Las religiones, como todas las otras ideas, merecen críticas, sátiras y sí, nuestra falta de respeto sin miedo”, dice por el otro Salman Rushdie. Mientras la Asociación Musulmana del Reino Unido reclama que cuando en 2011 Anders Breivik mató a 77 en nombre del cristianismo los medios occidentales no fueron contra una religión, sino simplemente contra un desequilibrado mental.

No hay respuesta absoluta a estos cuestionamientos, ni verdad indiscutible que haga cesar el debate.

Muy probablemente quienes trabajan en Charle Hebdo creían hacer lo correcto. Quienes los mataron también.

La tan añorada tolerancia por la que marcharon ayer millones en el mundo no se dará por generación espontánea. Para ser posible requerirá por principio de cuentas, de la capacidad de dudar de la posesión absoluta de la verdad y la razón, y después, la capacidad empática de tratar de comprender la posición del otro.

Requerirá, en el caso de la prensa, asumir que la libertad lleva implícita la responsabilidad de lo que se publica, pero también, de lo que se calla.

En ese contexto, mucha falta harán periodistas como Julio Scherer, quien se decía capaz de ir a los infiernos si el diablo le ofrecía una entrevista. Qué interesante habría sido conocer la perspectiva del mayor villano de la historia. n

 

  1. Sartre, Jean Paul en El existencialismo es un humanismo. Editorial Sur, 1980 p. 16
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