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Soberanía y etnogénesis wixarika: «El milagro», la primera comunidad tradicional fundada en Zacatecas

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Por: Guillermo Andrés Espinosa Rubio •

Para la mayoría de nosotros basta tener como horizonte vital conformar un hogar, hacer una familia y ver crecer esa descendencia hasta el preciso momento que ellos repliquen ese mismo deseo; sin embargo, a pocos, o a casi nadie, le pasaría por la mente la idea de fundar desde cero una comunidad. No me refiero aquí a ejercicios esotéricos de colectividad como en aquellos enclaves utopistas bohemio-burgueses en medio de algún bosque o isla virgen. Hablo más bien de la decisión, esencialmente política, de levantar un pueblo desde sus cimientos físicos y simbólicos. Un acto de esta naturaleza irrumpe como un relámpago que fractura la cotidianidad y que, recurriendo a pensadores políticos tan antitéticos como Hanna Arendt y Carl Schmitt, no podría calificarse de otro modo más que como un “milagro”. Aun fuera del ámbito teológico, este acontecimiento, fundacional e irrepetible, es precisamente lo que el mara’akame wixárika Margarito de la Cruz ha llevado a cabo este año en territorio zacatecano. 

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Aún más singular que Margarito sea un practicante asiduo, quizá hasta un especialista en estos extraños fenómenos que la antropología ha denominado como de etnogénesis, procesos casi siempre acompañados de largos conflictos y defensas del territorio. Años atrás, Margarito dejaría una huella profunda en la comunidad de San Lorenzo Azqueltán, en donde fungió como su cantador (oficiante religioso) durante más de un lustro. Allí fue una pieza esencial para que el pueblo tepecano, tras más de un siglo de letargo, revitalizara los rituales y peregrinaciones, el corpus de tradiciones que generalmente se engloba bajo el término de “el costumbre”. Fiel a la idiosincrasia wixárika de la polisemia y la ambigüedad, aprovechando las ventajas que ofrece una cultura de la oralidad frente al dogmatismo de la tradición escrita, Margarito hizo factible aquella síntesis tepecano-wixárika, con una virtud casi soberana. 

No obstante estas credenciales, lo más probable es que Margarito nunca figure en los tratados de filosofía o de historia política, ni siquiera en los de la historiografía regional. Al parecer, su gesta tampoco es un tema de interés para las instituciones locales de antropología e historia, más ocupadas en administrar un patrimonio petrificado que en registrar los procesosvivos de emergencia cultural -la génesis de dicho patrimonio- y a los pueblos originarios que habitan y reconfiguran este agreste territorio. De este modo, la historia de Margarito corre el riesgo de sufrir la misma suerte que la de don Pedro de Haro, aquel mestizo zacatecano (nacido en la comunidad de San Luis, Monte Escobedo) quien, tras ser adoptado por una familia wixárika, se convirtió para ellos en uno de sus más notables luchadores sociales, logrando recuperar miles de hectáreas a favor de su pueblo en San Sebastián Teponahuaxtlán. Inmortalizado en la memoria de aquella comunidad wixárika, Pedro de Haro ha sido, sin embargo, sistemáticamente olvidado en los anales oficiales de Zacatecas. En más simbólicas coincidencias, la nueva comunidad de Margarito echó raíces a escasos metros de la tierra que vio nacer a aquel dirigente. Como en un sistema de intercambio de dones, si ayer un zacatecano, en su devenir wixárika, ofreció justicia territorial a su comunidad adoptiva, hoy un wixárika que deviene zacatecano le otorga a nuestra sociedad una oportunidad única de justicia y memoria histórica: de hacerle repensar su propia herencia étnica. 

La trascendencia de este acontecimiento, sin embargo, no ha pasado inadvertida para todos. Fueron los propios wixaritari radicados en la capital de Zacatecas los primeros en reconocer la magnitud de este hito: siendo Haiku Yuawi la única organización en visitar esta comunidad y a su xiriki (adoratorio familiar).Respetando las vías del ritual tradicional y ofreciendo su ayuda para nutrir esta nueva pariya (raíz) que es el nombre wixárika que Margarito pensó, junto a “el Milagro”, para bautizar este asentamiento. En palabras del propio mara’akame: 

“Me llegan mensajes, como quien dice me duermo con la oreja en la tierra, me está diciendo [qué hacer], si no se respeta es una tristeza. En mi localidad, en mi trabajo con mucho cuidado paso yo, con respeto (…) Nunca fuimos a dar a nuestro Jalisco, que éramos de Azqueltán , que éramos de Rancho del Medio , que Mamillas, que Cañadas, nada fue. Nosotros ya acá estamos [en Zacatecas], aquí nos quedamos (…) Ya no se puede cambiar, por mi familia aquí van a seguir, siempre les he dicho, los pasos que estamos haciendo nunca se va terminar, ustedes le van a seguir, las oraciones que estamos dando aquí lo van a contener en su mente, en su corazón”.

La cristalización de la primera comunidad tradicional wixárika fundada en Zacatecas es un modelo a seguir para las reivindicaciones sociales de los pueblos originarios, en un estado que continúa invisibilizando y negando aquella honda matriz. El milagro wixárika ocurrido en tierras zacatecanas invita a valorar su relevancia histórica como un tributo a la voluntad cabalmente soberana de Margarito y su familia, quienes escuchando con “la oreja en la tierra” a sus deidades naturales, lograron hacer florecer esta comunidad, como una tutú (flor/peyote) aun en las condiciones más adversas. 

 

Alumno del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Actualmente elaborando una tesis doctoral sobre la población wixarika en Zacatecas.

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